La trampa de la complacencia, por Enzo Defilippi
La trampa de la complacencia, por Enzo Defilippi
Enzo Defilippi

Profesor de la Universidad del Pacífico

“Nosotros no le vamos a decir a los peruanos qué hacer, le vamos a poner un espejo para que se vean desnudos, a ver si les gusta lo que ven”, dijo hace poco Ángel Gurria, el secretario general de la OCDE, cuando se presentó el volumen 2 del Estudio Multidimensional del Perú.

La OCDE es una organización que reúne a los países con los mayores ingresos del mundo. Para el Perú, pertenecer a este club es una buena idea porque nos obliga a llevar a cabo reformas políticamente complicadas pero necesarias para continuar nuestro camino al desarrollo. 

De acuerdo con la OCDE, el mayor reto que tiene el Perú para convertirse en un país desarrollado es evitar ‘la trampa del ingreso medio’: un período de desaceleración prolongada que ocurre cuando un país ya no puede seguir dependiendo de sus tradicionales motores de crecimiento. Coincidentemente con lo señalado en el Plan Nacional de Diversificación Productiva, la OCDE dice que los motores actuales, estrechamente relacionados con la expansión de la fuerza de trabajo, la acumulación de capital y el sector exportador de materias primas, son insuficientes para convertirnos en un país de altos ingresos.

En primer lugar, está la baja productividad del trabajador peruano promedio, que representa solo el 30% del promedio de la OCDE. Los sectores más productivos, como minería, finanzas y energía, representan menos del 4% del empleo, mientras que más de la mitad de los trabajadores trabajan en los sectores de menor productividad: comercio y agricultura. Incluso si pudiésemos mantener el crecimiento de los años recientes (algo poco probable luego de la caída más profunda y prolongada de nuestros precios de exportaciones desde la década de 1950), no dejaríamos de ser un país de ingresos medios hasta el 2029, lo que supone haber permanecido en esta fase más de 80 años. Corea tardó 27 años en salir, Portugal, 46; y Chile, 55.

En segundo lugar, señala que la brecha de conectividad del Perú con respecto a Alemania es un 35% mayor que la de Chile, y más de 2,5 veces la brecha promedio de la OCDE. La organización recomienda migrar de una estrategia basada en proveer infraestructura a otra centrada en reducir los costos y el tiempo de transporte (lo que implica priorizar la inversión en sistemas de manejo de tráfico, por ejemplo).

En cuanto a la informalidad, la OCDE recomienda que su reducción sea un objetivo central que no solo se aborde como un problema de productividad sino también como uno de inclusión social, habida cuenta de su naturaleza multidimensional. 

Lo que refleja el espejo de la OCDE es un país que ha recorrido, en los últimos veinte años, una parte considerable del camino al desarrollo, pero que aún está lejos de llegar a la meta. Para continuar es necesario implementar una serie de reformas estructurales, como la del mercado laboral, la de las pensiones o la de distribución del canon, que solo se pueden implementar con la colaboración del Ejecutivo, los gobiernos subnacionales, el Congreso y la sociedad civil. 

La otra opción es dejarse seducir por la complacencia, no hacer nada y esperar el siguiente ‘boom’ de materias primas. Al menos sabemos que nos encontrará muy cerca de donde estamos.