La policía impide el avance de los peruanos que quedaron varados en Lima durante una cuarentena. (REUTERS / Sebastián Castañeda).
La policía impide el avance de los peruanos que quedaron varados en Lima durante una cuarentena. (REUTERS / Sebastián Castañeda).
Enzo Defilippi

Profesor de la Universidad del Pacífico

En uno de los tantos memes que se han hecho virales en Internet, hay dos personas atendiendo dos stands. El que tiene el cartel que dice “mentiras reconfortantes” está lleno de gente. El otro, que dice “verdades incómodas”, está vacío. Probablemente se haya hecho viral porque refleja cómo somos los humanos.

El domingo pasado, Alfonso de la Torre, Piero Ghezzi y Alonso Segura publicaron un artículo en “La República” que contenía varias verdades incómodas sobre la evolución de la epidemia de COVID-19 en el Perú. Incómodas pero creíbles. La primera, que la cuarentena no ha funcionado como se esperaba; que, luego de cinco semanas de aislamiento social obligatorio, la evolución del número de hospitalizaciones, internados en UCI con ventilación mecánica y defunciones indica solo una moderada reducción en la tasa de crecimiento de la enfermedad. La segunda, que la tasa R, que mide el número de personas que el infectado típico contagia, se encuentra alrededor de 2 (debería ser menor que 1 para que la epidemia empiece a ceder). Para contextualizar cuán grave es esto, ellos citan a la canciller alemana Angela Merkel, que hace poco indicó que con una tasa R de 1,2 se coparía la capacidad del sistema de salud de Alemania en julio. Saquen su cuenta de lo que una tasa de 2 implica para uno tan precario como el peruano.

La reacción a esta información ha sido prácticamente nula. La gran mayoría de periodistas y analistas locales, usualmente proclives a opinar sobre cualquier cosa (la entiendan o no), no ha dicho ni pío. La misma reacción que cuando el presidente se ufanó de que nuestro país era uno de los que más pruebas habían hecho usando una cifra que sumaba test que sí sirven para diagnosticar el virus con otros que no (hubiese podido incluir pruebas de embarazo y antidoping y el poder explicativo de esa estadística no hubiese sufrido mucho). Esto revela lo poco que importa la verdad cuando de confirmar nuestros sesgos se trata. Y el sesgo aquí es el de querer creer que las cosas se están haciendo bien sin echarle un ojo a la evidencia.

Ante esa feísima realidad, ¿qué hacer? De la Torre, Ghezzi y Segura argumentan que, sabiendo lo que sabemos sobre la poca efectividad de la cuarentena, necesitamos un plan B. Uno que empiece por contarles la verdad a los peruanos y que se enfoque en lo que ha funcionado en los países que vienen combatiendo la epidemia con éxito: testeo, rastreo y aislamiento. Esto no debería sorprender a nadie, pero poco es lo que se ha hecho al respecto, especialmente en cuanto al rastreo y aislamiento. También recomiendan medidas “low tech” como el uso obligatorio de mascarillas y el aislamiento de ancianos y grupos vulnerables.

De acuerdo con los autores, el Estado debe estar preparado para reasignar y movilizar recursos por todo el país y generar mecanismos para aprender, adecuar y mejorar en ciclos muy cortos. Ellos finalizan su artículo aceptando que el reto es enorme, pero que confían en que el país estará a la altura si se le dice la verdad, por más dura que sea. Que sin ella no habrá dique que contenga la epidemia ni economía que la aguante. A mí no me queda más que estar de acuerdo con ellos.

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