"Solo un radicalismo de tinte religioso puede llevar a esta política de ley a anunciar algo que ni siquiera le correspondía anunciar". (Foto: PCM)
"Solo un radicalismo de tinte religioso puede llevar a esta política de ley a anunciar algo que ni siquiera le correspondía anunciar". (Foto: PCM)
Fernando Vivas

Columnista, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

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En mi filosofía práctica, a la se le explota. Y al conflicto social, se le previene. No se cierra, se negocia. No se hace de la relación entre la y su entorno una religión que satanice sus desencuentros; ni se convierte un proceso técnico inconcluso en una decisión política radical.

A la mina se le explota, y esto no va para los mineros que no necesitan arenga para operar; va para todos los vecinos del entorno extractivo, sus dirigentes y frentes de defensa. Antes de gritar ‘cierre’, que reclamen por todas las vías que las regalías, inversiones, contrataciones de personal y de proveedores e inversiones sociales de las empresas lleguen de manera eficaz a la población.

Si en los gobiernos subnacionales hay trabas y/o incapacidad para invertir el aporte minero, pues hay que asistirlos técnicamente y facilitarles su ejecución. Los candidatos de derecha llevaron propuestas creativas para romper la maldición de la minería que genera conflictos porque la población demora en ver, o no ve lo suficiente, su huella en el desarrollo. Hernando de Soto planteó que las comunidades y vecinos de zonas mineras puedan negociar derechos de propiedad sobre el subsuelo; los fujimoristas plantearon que el 40% del canon vaya directamente al bolsillo de la gente.

Bueno, pues, en lugar de concentrarse en vacar al presidente, que sean proactivos en el debate sobre cómo acelerar el impacto benéfico de la minería. La izquierda no se ha concentrado en pensar en esas soluciones creativas que eviten conflictos sociales, sino en cómo capturar más renta para el Gobierno Central. Y a la primera ocasión en que encuentra dirigentes que piden el cierre definitivo de las minas, ¡zas!, declara –ella, mujer apegada a las normas– que cuatro minas se cerrarán y no habrá procesos de ampliación.

Solo un radicalismo de tinte religioso puede llevar a esta política de ley a anunciar algo que ni siquiera le correspondía anunciar. La idea de que el ‘extractivismo’ se opone en esencia a un presunto orden bucólico natural y orgánico, y que no puede coexistir con la agricultura ni siquiera respetando estándares ambientales, ha causado mucho daño en el Perú.

El debate está otra vez sobre la mesa de diálogo. Este conflicto en Ayacucho no es similar al de Las Bambas, donde ningún frente de defensa pide el cierre de la operación. Aquí sí hay dirigentes que enarbolan las banderas de ‘no más operaciones en cabeceras de cuenca’ y otras que dejarían a la minería sin territorio. Por eso, la solución consiste en demostrar cuanto antes que Estado y empresarios se pueden poner de acuerdo para que la gente sienta que la mina en su región les sirve de algo.