"La discriminación lingüística es una de las más aberrantes en nuestro país". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"La discriminación lingüística es una de las más aberrantes en nuestro país". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

¿Cuántas veces has visto en televisión al típico personaje que habla como “serranito” del que todos se burlan, o has pensado que esa señora que dice “Pirú” es una mujer inculta? Si eres limeño habrás descubierto que el castellano que tú manejas es el que se asume como “normal” dentro de nuestra sociedad. Así como tú te expresas, sin acento ni formas sintácticas “raras”, ni palabras “mal” pronunciadas, nos hablan las autoridades, los profesores y los empresarios.

No existe una única manera de hablar el español dentro de nuestro país: el norte canta “¿di?”; a la selva no le gustan las esdrújulas ni las jotas, por eso comen platanos y fuanes; y en la sierra se arrastran las erres, se intercambian las vocales, y la casa no es de Juan, sino es su casa de Juan. Más suya imposible. Para cada una de estas variedades del español hay una explicación histórica absolutamente válida y generalmente fascinante.

La pregunta del millón, que ha saltado a la palestra a raíz de un video difundido por el Minedu sobre discriminación lingüística, es si existen castellanos mejores que otros. La respuesta es no. Todas las formas de hablar son válidas y cumplen su misión de comunicar entre los grupos que las utilizan. Sin embargo, en casi todas las sociedades en las que se hablan distintas variedades de una lengua, hay una que se considera mejor y que se valida como la culta. A esa manera de hablar el idioma se le entroniza como el español formal y estándar, y es la que se enseña en el ámbito académico, el que se usa para la escritura, el que se pone de referencia en los diccionarios de la Academia de la Lengua.

Y acá viene la parte donde todos quieren salir corriendo: esa forma de hablar “ejemplar” es y ha sido secularmente la que usan los grupos de poder. En Estados Unidos, el inglés es considerado una lengua más prestigiosa que el español, y el inglés que habla un bostoniano es más apreciado que el que habla un negro del Bronx. El español llegó de la mano de Pizarro y desplazó a las lenguas indígenas, y el castellano se impuso en la península ibérica gracias al poder de Isabel La Católica.

No se trata de buscar culpables ni resentidos, las estructuras de poder funcionan así, y el lenguaje es una de las herramientas más poderosas que existen para discriminar y dominar. El objetivo de todo sistema educativo es que los niños aprendan la forma estándar para que la usen en los contextos en que sea necesario, pero al mismo tiempo debería preservar y alentar el uso de las formas regionales para que no se pierdan, para que no sean materia de burla o exclusión.

La discriminación lingüística es una de las más aberrantes en nuestro país, no solo porque los que la ejercen ni se enteran de lo que están haciendo, sino porque además lo hacen en defensa de la cultura. Una cultura que no tiene nada que ver con la riqueza de nuestra sociedad, sino con la mezquindad y paranoia de sus ciudadanos.

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