“Hoy, repetimos hasta el cansancio que no hay cama para tanta gente, pero, para ser sinceros, nunca hubo”.
“Hoy, repetimos hasta el cansancio que no hay cama para tanta gente, pero, para ser sinceros, nunca hubo”.
Patricia del Río

Periodista

El nos ha puesto desafíos que no nos sentimos capaces de enfrentar, porque parte de esta carrera de obstáculos se basa en problemas por décadas irresueltos. En necesidades ignoradas. En habernos acostumbrado a aplaudir nuestras cifras macroeconómicas (que, efectivamente, son un ejemplo) sin habernos esforzado en que toda esa riqueza ayudara a que la vida de los ciudadanos fuese más digna.

No se puede pretender que nuestro sistema de salud responda con eficiencia a la avalancha de enfermos que llegan diariamente a los hospitales, cuando hemos tenido uno de los presupuestos más bajos de la región y una incapacidad obscena para ejecutar el poco dinero que había. ¿Qué podemos esperar de un servicio al que antes del coronavirus se le morían los recién nacidos por falta de incubadoras? Hoy, repetimos hasta el cansancio que no hay cama para tanta gente, pero, para ser sinceros, nunca hubo. Los peruanos han vivido acostumbrados a que los peloteen de un hospital a otro, negándoles atención urgente.

No se puede esperar que hoy les llegue ayuda a los más necesitados si gracias a la precariedad de las condiciones laborales de millones de peruanos, los que no eran pobres ayer, lo son hoy. Nos hemos jactado de impulsar el crecimiento de una clase media muy frágil, a la que el primer zamacón devolvió al grupo de los que no sobrevive sin asistencia del Estado.

No se puede exigir que la ayuda económica que está impulsando el Gobierno se canalice de manera eficiente, cuando nunca hubo un interés real ni del sistema financiero ni del Estado en dotar a cada peruano de una cuenta bancaria, de una nueva identidad que lo volviera un sujeto de crédito, un individuo identificable para otorgarle un bono.

No se puede pedir que los grandes mercados se conviertan de la noche a la mañana en un modelo de orden y pulcritud, cuando los peruanos hemos estado acostumbrados a caminar en pasadizos angostos, repletos de mercadería, sin el respeto mínimo a las normas de seguridad y salubridad.

No sé por qué nos sorprendemos tanto cuando vemos la situación , Loreto y las comunidades amazónicas, si, por siglos, la selva ha sido el lugar más olvidado del Perú, donde los índices de educación y salud siempre son los más bajos.

No entiendo el asombro cuando desaparecen medicamentos esenciales en las farmacias o se vuelven carísimos, si el Estado nunca ha logrado satisfacer la demanda de los que se atienden en el sistema público, y en el sector privado la competencia no es lo suficientemente importante para lograr un equilibrio de precios.

Nos hemos embelesado con la solidez de nuestro crecimiento económico. Hemos mostrado con orgullo las altísimas calificaciones con las que nos evalúa el mercado internacional, pero nos olvidamos de apostar por la calidad de vida de nuestra gente, de ofrecer una educación y una salud dignas del país que pretendíamos ser.

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