Autocrítica politológica, por Carlos Meléndez
Autocrítica politológica, por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

Esta semana la Universidad Católica del Perú fue sede del Octavo Congreso Latinoamericano de Ciencia Política, donde se reunieron más de mil politólogos del continente. La oportunidad sirve de pretexto para una breve autocrítica sobre los aportes y limitaciones de una disciplina que, aunque aún adolescente, gana notoriedad en el debate público y prestigio entre los estudiantes. Por ejemplo, a pesar de contar con solo una década de oferta universitaria de pregrado, está entre las diez carreras mejor pagadas para sus recientes egresados –según el último informe del Ministerio de Trabajo–.

La exposición pública de la Ciencia Política en el Perú no es proporcional a sus contribuciones al entendimiento de la realidad nacional. Hagamos un breve inventario sobre sus grandes ‘hallazgos’ relativos al funcionamiento de la política en el país: vivimos en una “democracia precaria”, “sin partidos”, con un “Estado débil” que salvaguarda “ciudadanos sin república”, gobernados por “políticos desolados”. Tal originalidad carece –prácticamente– de autoría, pues estas nociones se han convertido en su argot y glosario básico ante la opinión pública. Dicha innovación conceptual se reduce a adjetivaciones medianamente ingeniosas para decir lo mismo que ya sabemos. La verborrea catapultada a instrumento metodológico.

Asimismo, la Ciencia Política en el Perú carece todavía de perfil propio. Deambula entre taras comunes a la Sociología y la Economía: el ensayismo ‘wishful thinking’ de la primera, y la ansiedad por la predicción de la segunda. La ausencia de información disponible (la tan preciada data) y el superficial manejo de la existente condicionan un quehacer más cercano a la especulación ilustrada que a la rigurosidad científica. Corroborando tal ilusa pretensión, el antropólogo Carlos Iván Degregori advertía de la existencia de politólogos que se asumían como “portadores de una nueva verdad científica desideologizada”. 

Lamentablemente, sus principales escuelas reproducen el centralismo y la discriminación que critican en otras esferas de la realidad. Las facultades limeñas, con más redes y contactos con la academia extranjera (fundamentalmente gringa), muestran insuficiente vocación para la colaboración y la cooperación con sus parientes pobres. Por ejemplo, la presentación de la “Revista Andina de Estudios Políticos” –única publicación politológica peruana indexada internacionalmente, creada por estudiantes sanmarquinos– no fue aceptada en el marco de este congreso. De esta forma se replica –consciente o inconscientemente– el abismo entre los claustros de la avenida Universitaria. Así, desde el ombligo del mundo politológico se ahonda la estigmatización de la universidad pública como proclive a la corrupción y a la mediocridad académica, mientras se desvalorizan loables esfuerzos emergidos de la escasez de recursos.

Tampoco es evidente contribución palpable alguna –ni desde la investigación ni desde la intervención– proveniente de las canteras politológicas nacionales. Cuando se le exige participación en la solución de desafíos concretos –como la reforma política– se distancia mucho más de la rigurosidad científica que predica; se vuelve especulativa, adversa a la comprobación empírica, reacia a poner a prueba su hipótesis nula. Con ello favorece el escepticismo sobre su utilidad y su profesionalismo para desarrollar la institucionalidad política del país. ¿Acaso a la Ciencia Política peruana le resta conformarse con un magro rol secundario entre las ciencias sociales?