Bailar pegados, por Carlos Meléndez
Bailar pegados, por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

Se van formando las parejas para el baile electoral. Los reflectores en la pista enfocan el coqueteo que dos viejos conocidos –el Apra y el PPC– ensayan a ritmo de marinera. Para quienes ven con simpatía este cortejo, aseguran que se construye un pacto de gobernabilidad de los dos políticos más experimentados vigentes: Alan García y Lourdes Flores. Para sus detractores, se trata de un ejercicio inútil, hasta adverso, que devela que el pragmatismo desesperado está por encima de los principios fundacionales. Unos y otros, sin embargo, aguardan con expectativa el desenlace.

¿Por qué dos viejos partidos con antecedentes de antagonismo unirían sus trajinados cuadros partidarios en un mismo proyecto? La crueldad que impone la valla electoral es una razón de peso, pero no la única. Los pactos partidarios sirven como señales de acuerdo político, prevén sinergias programáticas entre sus promotores y alientan una visión de largo plazo. Retomando mi argumento esbozado hace algunas semanas, las alianzas pueden interpretarse –también– como gestos para garantizar gobernabilidad y como intento de representación política. 

El posible binomio Apra-PPC aporta señales de gobernabilidad para los poderes fácticos. Se trata de agrupaciones con políticos profesionales, entrenados en lidiar con el ruido político y con línea directa con los “dueños del Perú”. A pesar del desgaste de la imagen pública del Apra y de la “guerra civil” en el PPC, no se duda del oficio político de la mayoría de sus integrantes. Pero tal coalición aparece tardíamente cuando –en términos programáticos– representan la defensa del modelo económico. No se trata de un acuerdo democrático entre un partido socialista y una democracia cristiana como sucedió con la Concertación chilena, sino se parece más a la derechista Alianza (UDI y Renovación).

Por otro lado, ante el imaginario popular, la dupla Apra-PPC se traduce en sinónimo de establishment político, de clase tradicional, de perpetuación del statu quo. De concretarse la unión, puede favorecer a sus competidores, quienes se mueven con mayor comodidad en el campo del anti-establishment: Keiko Fujimori y César Acuña. 

Precisamente, la posición explícitamente antifujimorista de Lourdes Flores contribuye al ahondamiento de esta división política que cobra más vigencia que el convencional continuo ideológico. Coincido con Hugo Neira en que el eje izquierda-derecha es universal y está vigente, pero creo además que la división pro/anti-establishment (político), más allá del infortunado anglicismo, emerge con mayor agudeza, especialmente cuando un gran sector de peruanos convive en la informalidad y de espaldas al Estado.

Hay puntos positivos por considerar en una eventual participación del PPC con el Apra, pero pasaría por el rol que cumpliría Flores. La ex candidata presidencial mantiene simpatías en una porción del electorado que resultan decisivas cuando de campañas “todo-o-nada” se trata (por ejemplo, la revocación en Lima). Además, mermaría el apoyo a Pedro Pablo Kuczynski en determinados bolsones electorales donde el pepecista y el ‘pepekausa’ confluyen (como por ejemplo, sectores conservadores arequipeños). Una eventual alianza Apra-PPC puede contribuir a que García remonte y se socave el apoyo de Kuczynski, pero –a la vez– puede ser contraproducente porque ahonda la división entre “El Perú avanza” y “El perro del hortelano”. En cualquier caso, se requiere convencer a Flores de mayor protagonismo (¿plancha presidencial?). Es decir, que se anime a bailar “pegadito” con García. ¿Estará dispuesta?