"¿Cuánto vale la vida en el Perú, donde la viveza le gana al respeto? ¿En qué momento empezamos a contar mujeres muertas como si lleváramos la cuenta de alguien que está saltando soga?". (Ilustración: Giovanni Tazza).
"¿Cuánto vale la vida en el Perú, donde la viveza le gana al respeto? ¿En qué momento empezamos a contar mujeres muertas como si lleváramos la cuenta de alguien que está saltando soga?". (Ilustración: Giovanni Tazza).
Patricia del Río

Periodista

La vida. Esa capacidad de levantarnos todos los días y llenarnos los pulmones de aire para saber que seguimos acá. Esa certeza de que hoy estarás para cuando tu hijo regrese del colegio. Ese regalo que damos por sentado cuando tenemos salud, y que maldecimos no haber aprovechado cuando caemos enfermos.

Millones de hombres y mujeres en nuestro país luchan por sus vidas en cada acción que realizan. Salen de sus casas con la esperanza de que terminarán bien su día, a pesar del tráfico, del desorden, de la . Si los peruanos tuviéramos que analizar a cada momento los riesgos a los que nos exponemos simplemente por vivir, nos esconderíamos aterrados, suplicando que la muerte nos pase de lado.

Y es que hay una cultura tanática que se ha instalado en la sociedad que resulta cada vez más intolerable. Un adolescente puede acabar sus días sin haber vivido casi nada, porque alguien más quiere su celular. Una mujer es asesinada y tratada como una res en un camal, porque alguien se cree con derecho a cercenarla. Un pueblo entero desaparece por la crecida de un río porque las autoridades que hicieron los estudios correspondientes de zonas peligrosas se los dieron al coordinador de desastres naturales, que a su vez creó un comité de prevención, que le entregó la información a un alcalde que no supo qué hacer con ella. Kafkiano.

Una condición esencial para la convivencia es el respeto al otro. Es el poder mirar a nuestro vecino convencidos de que sus sueños no son menos importantes que los nuestros. Pero ya no ocurre en nuestro país, donde ya no existen mínimos aceptables de sobrevivencia. Donde la ineficiencia del Estado ha dejado a los ciudadanos en una especie de jungla informal donde triunfa el que deja todos sus escrúpulos de lado, con tal de hacer dinero. Y lo vemos en el empresario que construye de cualquier manera un puente para ganar más plata, y en el chofer de un bus que se estrella por intentar llegar más rápido a su destino.

El gran biógrafo Stefan Zweig analizó la obra del escritor Honoré de Balzac y señala una característica pavorosa: los personajes de Balzac son usureros, arribistas, hijos despiadados, aprovechadores de la miseria humana que empozan en la pequeñez de sus almas; el resultado de haber vivido en una sociedad que moldea monstruos. Son el producto de un entorno en el que los que tienen poder, aunque sea mínimo, tratan al otro como una bestia de carga, al que hay que utilizar hasta hacerlo reventar.

Tal vez vaya siendo hora de preguntarnos, ¿cuál es ese molde con el que estamos formando a nuestros ciudadanos? ¿Cuánto vale la vida en el Perú, donde la viveza le gana al respeto? ¿En qué momento empezamos a contar mujeres muertas como si lleváramos la cuenta de alguien que está saltando soga? ¿Qué se quebró para que dejara de sorprendernos que 20 murieran en un segundo en una carretera o en un huaico? ¿En qué clase de bestias estamos a punto de convertirnos?