Big Brother, por Rolando Arellano
Big Brother, por Rolando Arellano
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

¿Puede el mercado hacer que la sociedad funcione correctamente, haciendo inútil la en las relaciones económicas? Hoy que muchos piden leyes para regular los mercados, controlar los alimentos, vigilar a las universidades o fijar los salarios, la pregunta adquiere gran importancia. Y por eso pienso en mi hermano Jorge.

Mi hermano Jorge es mayor que yo por año y medio, por lo que compartimos épocas de colegio. Casi no tuvimos amigos comunes, pues la diferencia de edad contaba mucho, pero si por casualidad algún alumno mayor quería abusar conmigo, Jorge estaba allí para ayudarme. Jorge era mi ‘’, pero no como el de la novela “1984”, que era como llamaba al Estado que permanentemente vigila y controla, sino que era el contrapeso que yo necesitaba cuando el terreno se ponía desigual, por la fuerza inconveniente de algunos. 

¿Se justifica la intervención del Estado en el mercado? Pensando en Jorge, creo que sí, porque el Estado debe fomentar el equilibrio, ayudando a interactuar mejor a consumidores y empresas. ¿Debe intervenir el Estado si una empresa abusa de su poder con sus clientes? Pienso que sí, de la misma manera que debe hacerlo cuando alguien pone precios por debajo de sus costos, haciendo ‘dumping’, para acabar con la competencia. 

Y aunque creo que el mercado puede arreglar en el largo plazo la mayoría de desequilibrios, a veces no se puede esperar a que eso ocurra. Con mi crecimiento natural se acabarían los abusos en la escuela, pero mientras tanto hubiera tenido muchas heridas y raspones de batallas desiguales. Es casi imposible que una empresa haga ‘dumping’ durante largo tiempo, pero puede causar mucho daño en el corto plazo. 

Entonces, ¿en el Perú debería intervenir más el Estado en el mercado? Me encantaría decir que sí sin reservas. Pero, viendo la situación de muchas de nuestras instituciones estatales, lo pienso dos veces y concluyo que, sin dejar de financiar carreteras, escuelas y otros facilitadores del crecimiento, sí debería intervenir más en el mercado, pero con una filosofía distinta a la actual. Como la de Jorge, quien me ayudaba mucho, sobre todo diciéndole al abusivo lo que podría ocurrirle, e interviniendo solo ante un gran desequilibrio (si hubiera actuado más, quizá yo no habría aprendido a defenderme solo).

Y, por ejemplo, me parece que hoy ayuda más al mercado el “”, del Ministerio de Agricultura y Riego, que transparenta los precios para agricultores, comerciantes y consumidores, que poner a miles de policías a controlar a los acaparadores. Y creo que funcionaría mejor publicar ránkings sobre la calidad de la formación en las universidades, que buscar que algunos funcionarios definan lo que estas deben enseñar. Y que es más útil educar a la población sobre hábitos nutricionales, que ponerse a prohibir alimentos. 

Todo eso porque con el tiempo entendí que la mayor ayuda de Jorge no estaba en meterse en mis cosas para defenderme o ayudarme, sino en que todos sabían que él estaba en el patio de al lado, listo a intervenir en caso de abuso. Y creo que en temas de mercado por el momento así debería ser nuestro Estado: un ‘big brother’ al que podamos recurrir cuando tengamos problemas, y no uno que intervenga tanto que nos haga desear haber sido hijos únicos.