China: copiar no copiar, por Rolando Arellano
China: copiar no copiar, por Rolando Arellano
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

China nos ha enseñado a hacer el papel, la pólvora, los tallarines, el compás, la seda y el arroz chaufa. Hoy, con su sorprendente crecimiento económico, nos enseña que para ser relevantes en el mundo debemos usar nuestras propias ventajas diferenciales.

En efecto, durante los últimos 50 años todas las teorías sobre el desarrollo hablaban de que para crecer era fundamental disponer de alta tecnología, pues la industrialización intensiva en capital era la única forma de obtener riqueza. Para desarrollarse, decían, era indispensable adquirir de los países desarrollados las máquinas y herramientas que nos permitan producir como el Primer Mundo.

¿Y qué pensaban de China? Esa nación-continente era, según todos los expertos, un país inviable. Superpoblado, tradicional y extremadamente pobre, además de comunista, no tendría ninguna posibilidad de desarrollo en el corto o mediano plazo porque estaba muy lejos de los avances científicos requeridos para el crecimiento.

Pero en dos décadas China pasó a ser una de las grandes potencias del mundo y será quizás la mayor de todas en un futuro próximo. Y lo hizo de una manera simple y totalmente lógica, aunque no bien entendida por muchos: usando la gran ventaja comparativa que le daba su inmensa cantidad de mano de obra barata. Sí, esa que los grandes teóricos señalaban como un lastre para el crecimiento de la economía.

¿Deberíamos entonces los latinoamericanos copiar a China, usando nuestra mano de obra barata para desarrollarnos? De ninguna manera, porque la gran enseñanza que debemos sacar de su éxito es justamente la de no copiar la forma de desarrollarse de otros, incluyendo la de China. Más bien, debemos buscar nuestras propias fortalezas, esas que otros no tienen y que por tanto ningún teórico o analista externo puede señalar como valiosas.  

¿Será quizás nuestra ventaja la gran habilidad de los millones de empresarios que no valoramos porque no tienen patentes ni aparecen en artículos científicos? ¿O nuestra naturaleza virgen, cada vez más escasa en el mundo y por tanto de inmenso valor? No lo sabemos aún, pero con seguridad no será algo que copiemos de otros y que siempre nos pondría en desventaja frente al original. Lo único que debemos copiar es la enseñanza de no copiar. 

¿Significa que no debemos adquirir tecnología o aprender de los países desarrollados? Por cierto, debemos hacerlo y mantenernos lo más actualizados que podamos, como lo hace China. Pero sin olvidar que hoy ese país lo hace con la fuerza que le dio crecer gracias a usar su gran valor diferencial. Fuerza que hace que nuestros dirigentes visiten ese país en su primera salida, antes que Estados Unidos, Europa o Japón.