Ciudadanos de a pie, por Rolando Arellano C.
Ciudadanos de a pie, por Rolando Arellano C.
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

El problema del es uno de los más irritantes para la población, al punto que este ha decidido en muchos lugares hacia qué candidato se inclinó la balanza electoral municipal reciente. Creemos que para solucionarlo, las autoridades que asuman el poder deben entender que este no es un problema de vehículos, sino de personas. 

Una evaluación simple diría que el caos actual se debe a que hay muchos vehículos en una ciudad que no está preparada para ellos. Por tanto, la solución pasa necesariamente por realizar obras para que estos puedan circular de manera más eficiente. ¿Correcto? No exactamente, porque a nadie le interesa que los vehículos circulen más rápido; lo que las personas quieren es que los individuos (dentro de esos vehículos o fuera de ellos) circulen con mayor rapidez. Como dice la frase popular, eso “no es lo mismo ni es igual”.

¿Pero no es cierto que facilitando la circulación de los vehículos se facilita también la de los individuos que se desplazan en ellos? Ciertamente es así, pero se facilita solo para quienes van en los vehículos, y muchas veces con ello se dificulta el camino de los muchos que se desplazan sin ellos. Así, la frase “el ciudadano de a pie”, que en política se refiere a la gran mayoría de menores recursos, adquiere en este punto una definición literal que nuestras autoridades parecen haber olvidado. Son “ciudadanos de a pie” los millones de vecinos que se desplazan caminando mucho más frecuentemente que en auto, combi o bus, y que no reciben ninguna facilidad para hacerlo.

Trate el lector de cruzar a pie el óvalo de Javier Prado con Panamericana Sur, desde San Borja hacia el Jockey Plaza. Si lo logra, verá que hizo una excursión de más de un kilómetro, parecida a las de ‘canopy’, esas que hacen los turistas en la selva, sobre la copa de los árboles. Pruebe también dar una vuelta integral al óvalo de Higuereta, en la intersección de Tomás Marsano con Benavides, donde no hay ninguna protección para el pase de peatones. Al hacerlo, se ahorrará el costo de ir a hacer canotaje en Lunahuaná, por toda la adrenalina que habrá generado. Y cruce la Panamericana Norte a cualquier altura de Los Olivos o Independencia, donde la única preocupación de los policías de tránsito son los autos, descuidando a los miles de “imprudentes” peatones que se atreven a ir de un lugar a otro. 

Por cierto, nadie se opone a que se facilite al tránsito de los vehículos, sobre todo los del transporte público, pues todos los usamos, pero diversas razones lógicas nos dicen que ello debe ser secundario al bienestar de los peatones. En primer término, porque los peatones son más frágiles que los vehículos y, por lo tanto, merecen mayor protección de la autoridad. En segundo lugar, porque estimulando a los peatones reduciremos un poco el uso de los vehículos y además promoveremos el ejercicio físico. Pero quizá la más importante razón para las autoridades recién electas es la consideración de que cada persona es un voto, tenga o no tenga vehículo. Y hay muchos más personas “de a pie”, es decir, muchos más votantes peatones, que dentro de un vehículo. 

Y usted lector, que tiene sentimientos encontrados frente a este artículo, no se olvide que también es un peatón al igual que toda su familia.