El mandatario anunció que planteará una cuestión de confianza por las reformas judiciales y políticas presentadas ante el Congreso. (Foto: Presidencia)
El mandatario anunció que planteará una cuestión de confianza por las reformas judiciales y políticas presentadas ante el Congreso. (Foto: Presidencia)
Pedro Tenorio

Analista político

Todo indica que el presidente Martín Vizcarra ganó una nueva partida ante la mayoría fujimorista en el Congreso: el anuncio de una cuestión de confianza al Gabinete por la demora en aprobar las reformas planteadas por el Ejecutivo generó, según anunció ayer el propio titular del Parlamento, Daniel Salaverry, que este se comprometiera a aprobar las normas solicitadas antes del 4 de octubre para ser consultadas, vía referéndum, en diciembre. Así –y con cara de pocos amigos– los voceros más caracterizados del keikismo, que durante la víspera denunciaban poco menos que un “golpe de Estado”, debieron retroceder y apurar el debate. Estamos ante el principal triunfo político del presidente en lo que va de su mandato, pero cuidado: lo que venga será más complicado para quien carece de fuerza propia en el Legislativo y le restan poco más de dos años y medio de gestión por delante.

Dado que el fujimorismo tuvo que reaccionar políticamente y de mala gana, es al propio Vizcarra a quien más le conviene manejar el momento con inteligencia y sentido de la estrategia. Colocó nuevamente a la mayoría naranja contra las cuerdas: aprovechó su pésimo papel en la Comisión de Justicia, donde el último viernes se abstuvo en una votación clave ligada a la reforma judicial, alimentando así la sensación de un colectivo distanciado de estos –urgentes– cambios. Vizcarra ganó la iniciativa política, sí, pero debería entender que el apoyo popular de hoy le puede ser esquivo más adelante, sobre todo cuando cumpla seis meses en el cargo y se enfrente a un balance de lo logrado. ¿Cuánto avanzó su gobierno en combate a la delincuencia, mejora en las prestaciones de salud, educación y tantos otros temas sensibles para la opinión pública como la reconstrucción del norte y la lucha contra la anemia infantil, por ejemplo? Un político hábil sabe que todo aplauso es efímero si no se sostiene en políticas que consoliden a quien está a cargo del timón del país y a su equipo. Le pasó a Kuczynski, no debería –no tendría que– pasarle a Vizcarra.

Para que ello no suceda un presidente debe gobernar y sus ministros trabajar, y mucho. Más resultados y menos discursos. Las reformas judicial y política son urgentes en la mente y el corazón de los ciudadanos, pero mañana surgirán nuevas urgencias. Si Vizcarra se embriaga con los aplausos, estará perdido en algunos meses y será blanco de un fujimorismo que no le perdonará el desafío de cerrar el Congreso. Pero antes de cualquier vendetta Fuerza Popular debería entender que estuvo en sus manos hacer suya la reforma –por su mayoría de votos, porque le convenía apostar por la institucionalidad– aun con todo lo que había por corregir, y simplemente dejó pasar la oportunidad. Nuevamente sus cálculos y análisis fallaron clamorosamente.