Patricia del Río

Periodista

Niños sentados horas en la computadora, tratando de vivir a través de una pantalla. Profesores trabajando día y noche, monitoreando por WhatsApp a sus alumnos. Autos en la calle atravesando la ciudad, con furia, como si las reglas de tránsito también estuvieran en cuarentena. Hombres y mujeres vendiendo caóticamente lo que pueden, buscando pan para los suyos. Familiares desesperados en la puerta de los hospitales, rogando saber si su madre sigue viva. Médicos sacrificándose sin equipos especiales de protección. Hijos recibiendo las cenizas de sus padres que murieron solos en una sala helada de UCI. Peruanos varados lejísimos de casa pidiendo volver. Un país asfixiándose en los pasillos de los hospitales.

Han pasado 88 días y han sido demasiados. Han pasado 88 días sin mirar el cielo y sin poder trabajar. Han pasado 88 días en que el enorme esfuerzo desplegado por los ciudadanos parece no haber servido de nada: seguimos acumulando muertos que ni siquiera podemos contar y se nos avecina una de las crisis económicas más duras de nuestra historia. Las cifras no engañan y están ahí para quien quiera mirar al monstruo de frente: somos el país con más excedente de muertos del mundo, y el que tendrá la caída del PBI más grande de la región.

Reconozcámoslo, hemos perdido la batalla. Al presidente Vizcarra se le ve cada día más desolado, los alcaldes están como paralizados, y el coronavirus se pasea como un huracán que nos ahoga, que no nos da tregua.

Toda crisis es una oportunidad, dicen. Parece que nunca para nosotros. Nos fuimos a dormir con hambre en los ochenta, esquivamos bombas y ataques terroristas por más de una década, fuimos testigos del desmantelamiento del Estado, asistimos a la podredumbre más inmoral de las autoridades corruptas. Nos hemos ido de cara muchas veces, demasiadas. Y cada vez que hemos logrado levantar cabeza hemos dejado las tareas más importantes para después. Descuidamos servicios fundamentales como la educación y la salud, no nos dio la gana de fortalecer el Estado y tener instituciones eficaces. Acumulamos el dinero del crecimiento económico bajo el colchón y nos negamos a construir una sociedad que preservara la dignidad de sus ciudadanos.

Y ahora tenemos a los niños mirando el parque desde sus ventanas. A los trabajadores apiñándose en los paraderos para conseguir movilidad. A esa mujer llorando porque no le arranchen su mercadería. Al microempresario rogando porque le dejen abrir su tienda. Al agricultor regalando sus papas que no llegan a los mercados. Tenemos un país cansado. Agotado de saber que le toca nuevamente caminar cuesta arriba. Harto de tanto reto y de tan frágil resultado.

Saldremos adelante sí, pero ya fue demasiado.

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