Un día sin tiendas, por Rolando Arellano C.
Un día sin tiendas, por Rolando Arellano C.
Rolando Arellano C.

Doctor en Administración de Empresas

La apertura inminente de Cuba a la economía internacional me hizo recordar una experiencia que tuve hace poco más de 20 años en esa isla caribeña. Una experiencia surrealista para alguien como yo, cuyo trabajo es analizar la sociedad desde la óptica de los mercados y del intercambio. Se las cuento para que cada quien saque sus propias enseñanzas.

Como profesor en la en Canadá, país que nunca rompió relaciones con , a comienzos de la década de 1990, se me encomendó ver formas de ayudar a ese país a entender temas básicos sobre el funcionamiento del comercio. Para ello viajé a la isla con mi esposa y tuvimos la oportunidad de salir de y de las rutas turísticas tradicionales y, solos los dos, visitar algunos lugares de  la vida diaria de los cubanos.

Eran pueblos interesantes, con calles muy limpias aunque en mal estado, uno que otro auto  detenido por allí y casas que necesitaban con urgencia una mano de pintura. Las personas, todas, eran delgadas, pero se veían  saludables; vestidas muy  austeramente, con ropas que habían ya recibido muchas lavadas, pero aseadas y  correctas. 

¿Alegría caribeña? No recuerdo ese detalle, pero en general veíamos gente más bien seria, quizá por estar muy atenta a nuestro paso. Si bien tratábamos de transitar inadvertidos, eso fue imposible, pues era evidente que todos se conocían y no recibían visitas de fuera hace buen tiempo. Sin duda, más que observar, éramos nosotros los observados.

Todo resultaba interesante hasta que empecé a notar que algo faltaba. Así, me comenzó a llamar la atención la tranquilidad de las calles. Casi no circulaban autos y los pocos que se veían eran muy antiguos, y, por tanto, grandes demandantes de la tan escasa gasolina. Sentí entonces un gran silencio. No se oía ruido de autos, pero tampoco música ni radios. Como en las películas de suspenso.

Luego comprendí que no había vendedores. Caminando cuadra tras cuadra nos dimos cuenta poco a poco de que, como podíamos imaginar, no había bancos ni bodeguitas ni panaderías ni restaurantes. Tampoco ambulantes que se acerquen a ofrecer golosinas, periódicos o cosas parecidas. 

Con más detalle, vimos que, más allá de algunas pintas políticas, tampoco había paneles publicitarios. Nada que nos diga tome tal cosa o viva en tal sitio. Y allí comprendimos cuánto de nuestra vida urbana está teñida, para bien o para mal,  por el intercambio de bienes y servicios. 

Algunos podrán decir que así es mejor, que la gente vive más tranquila, pero no estoy seguro de que podría darles la razón. Creo que quien lo diga, haría como yo cuando pienso que preferiría irme a vivir en el campo que soportar los problemas de la ciudad, pero sé que si lo hago no duraría fuera más de tres meses.  

Por cierto, vimos algunas “tiendas”, que eran almacenes oficiales, y una especie de restaurantes populares, donde se podía conseguir alimentos y algo de ropa, pagando con una especie de bonos de racionamiento. Lo que muestra que no podemos vivir sin intercambio. 

Por último, recuerdo que, con sed de tanto caminar en ese clima tropical, buscamos comprar un refresco, y no encontramos dónde conseguirlo. Hasta que unos señores se acercaron para brindarnos un vaso de jugo de naranja. ¡Sin cobrarnos un peso!