¿K o PPK? El mejor cuento gana, por Fernando Vivas
¿K o PPK? El mejor cuento gana, por Fernando Vivas
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

El relato más entretenido, dramático y contundente, gana el 5 de junio. Pero los dos actores en contienda –Keiko y PPK– son renuentes a narrarlos con convicción. Sobre todo PPK.

El de Keiko es un melodrama esperpéntico con padre preso e irredento; el de PPK es una aventura extrema de la tercera edad. Ambos son buenos relatos, pero debieran ser mejores si sus protagonistas se entregaran a su narración sin miedo ni pudor.

Si lo de Keiko es un melodrama, entonces le iría bien explotando cada situación que la oponga al padre, que la empuje al dilema de redimirlo o reivindicarlo, matarlo o rehabilitarlo. Lo hizo, tímidamente, en Harvard; lo hizo mucho mejor evaluando y descartando a los ‘albertistas’ Martha Chávez, Luisa María Cuculiza y Alejandro Aguinaga; volvió a hacerlo jurando de palabra y por escrito, “nunca más un 5 de abril”. Hasta le puso nombre al cuento, demostrando que sabe lo que está narrando: “la mochila pesada”.

Sin embargo, ha desaprovechado un estupendo ‘plot point’ (giro imprevisto que complica e intensifica el drama). Kenji, que representa a Alberto, se insubordinó, y ella, con todo su Comité Ejecutivo Nacional, salió a cuadrarlo. Pues fue un gesto insuficiente: debieron pasarlo por disciplina y suspenderlo de la dirigencia. Un abierto enfrentamiento entre el Bucaré (cuartel keikista) y la Diroes es lo que reclama el cuento.

PPK también ha desaprovechado una estupenda oportunidad. Su reciente viaje a Estados Unidos revivió los miedos terminales de los que está hecho su relato: que la salud frágil, que la onda extranjerizante, que los negocios pendientes. En su defensa, nos ha restregado una razón sentimental ajena a esos ejes del cuento: que no quería perderse la graduación de su hija menor.

Bah. Debió agarrar al toro por las astas, y decir que se hizo un chequeo médico y los doctores le han dado los años justos y necesarios para ser presidente. Decir que fue a liquidar, con enorme sacrificio y nostalgia, cuentas pendientes de una condición gringa que todos se la conocemos, así que, ¿para qué diablos ocultarla? 

PPK ha enfriado, inútilmente, sus motivos dramáticos. Desaprovecha la emoción terminal que da verlo en giras extremas. Es fresco y divertido, pero le falta ser más emotivo. En realidad, él no está seguro de lo que quiere contar. En el fondo, se asume el mejor técnico que tiene el país y eso no basta para una narrativa política. Por eso, la ciudadanía le ha construido una: el abuelo excéntrico y proactivo que quiere ser presidente moderno antes que se le vaya la vida, refrescando el modelo con su último aliento. Keiko está narrando mejor, pero PPK está a tiempo de asumir su cuento.