“La desigualdad social empieza en los primeros mil días de la vida”, es la sentencia de Boris Cyrulnik que nos debiera estallar en la cara y el corazón".
“La desigualdad social empieza en los primeros mil días de la vida”, es la sentencia de Boris Cyrulnik que nos debiera estallar en la cara y el corazón".
Patricia del Río

Periodista

Ha sido el responsable de que la palabra ‘resilencia’ forme hoy parte de nuestro vocabulario. Ha sido el encargado de hacernos entender que los seres humanos, a pesar de las más terribles atrocidades, tenemos la capacidad de salir adelante. Hablamos de Boris Cyrulnik, el reconocido neuropsiquiatra francés que partió de su propia experiencia vital para tratar de entender el alma humana. Nacido en 1937 en el seno de una familia judía, Cyrulnik se inauguró en este mundo viendo cómo desaparecían todos sus familiares que eran enviados a los campos de concentración.

Boris Cyrulnik estaba destinado a ser nadie. A ser un joven traumado, poco ‘exitoso’. Y se convirtió en un intelectual respetadísimo que hoy asesora al presidente Macron en definir políticas públicas para la primera infancia. Gracias a su influencia, en Francia es obligatorio que todo a partir de los tres años tenga enseñanza preescolar. Es fundamental que, como él mismo señala en una reciente entrevista en el diario “El País”, el se haga cargo de velar por esos primeros años de una criatura que pueden ser determinantes para superar casi cualquier obstáculo que le ponga la vida. El psiquiatra confiesa que su resiliencia fue producto del contacto que tuvo con su madre antes de que ella muriera. Que el amor que le dio en épocas terribles y la preocupación por mantenerlo a salvo y estimularlo intelectualmente lograron compensar la avalancha de carencias que enfrentó después.

Cyrulnik nos pone frente a una tragedia que en el no estamos queriendo mirar: un niño que llega al preescolar y proviene de una familia que lo ha cuidado, alimentado y querido maneja un vocabulario de entre 800 y 1.000 palabras; los que provienen de hogares pobres, disfuncionales, violentos solo manejan alrededor de 200. Hablan menos, entienden menos, serán peores alumnos.

“La desigualdad social empieza en los primeros mil días de la vida”, es la sentencia de Boris Cyrulnik que nos debiera estallar en la cara y el corazón. En el Perú, insistimos en defender un modelo que se rige por reglas de libre mercado y de libre competencia, sin asegurarnos de que todos estén en condiciones de competir. Seguimos poniendo todas las esperanzas en un crecimiento económico que solo alienta las desigualdades, cuando la corrupción y la ineficiencia se roban las oportunidades de los más pobres.

El Gobierno acaba de anunciar con bombos y platillos la reducción de la anemia del 43,5% al 40,1% en el país de niños entre 6 y 35 meses. A los 35 meses un niño ya cumplió 1.065 días de vida. Eso quiere decir que a más del 40% de los niños del Perú se les acaba el tiempo para ser alguien. Y hay zonas, sobre todo rurales, en las que ese porcentaje puede bordear el 70% u 80%. Así que no se trata de ser pesimistas; pero, por respeto a esos niños a los que estamos condenando a una vida a medias, ahorrémonos las celebraciones.