"Si llegado ese momento no hacemos un enorme esfuerzo por aferrarnos a lo que fuimos antes de que el mundo se convirtiera en este páramo de muertos, enfermos y hambrientos, los que sobrevivamos a esta pandemia habremos construido nuestra salvación sobre la base del salvajismo, de la deshumanización".
"Si llegado ese momento no hacemos un enorme esfuerzo por aferrarnos a lo que fuimos antes de que el mundo se convirtiera en este páramo de muertos, enfermos y hambrientos, los que sobrevivamos a esta pandemia habremos construido nuestra salvación sobre la base del salvajismo, de la deshumanización".
Patricia del Río

Periodista

El hombre es el único animal que entierra a sus muertos. Que elabora ritos y ceremonias para dejar ir a los suyos. Es un rasgo cultural que claramente nos aleja de la bestialidad. Nos recuerda que merecemos ser despedidos y recordados. Que no se trata simplemente de dejar atrás al caído, y seguir el camino como si fuéramos una manada. Desde las civilizaciones más simples hasta los imperios más complejos, los seres humanos entierran, creman, arrojan al río, hacen un altar en medio de la naturaleza, echan mano de cientos de formas distintas para decir adiós.

¿Pero qué pasa cuando los muertos empiezan a convertirse en números? Cuando los reportes de personas a las que mata un virus omiten los nombres, obvian los apellidos. Desde ya hace varias semanas la muerte en el Perú y el mundo es un guarismo. Un frío dígito que se duplica o triplica según el país, según las circunstancias. ¿Quiénes están detrás de esos 530 fallecidos que reportaba hasta ayer el Ministerio de Salud? ¿Quiénes eran? ¿A qué se dedicaban? ¿El fallecido número 529 era mujer o hombre? ¿Niño o anciano?

No sabemos, no podemos saber, no queremos saber. Cuando ocurrió el accidente en Villa El Salvador que mató de una llamarada a 34 personas, en la radio cada vez que dábamos la noticia de un fallecido más, leíamos el nombre de cada uno de los muertos. Nos negábamos a contarlos como quien calcula la cantidad de platos que necesita para servir el almuerzo. Si hoy intentáramos hacer lo mismo, nos pasaríamos horas dando nombres y apellidos, otorgándoles identidad a quienes se fueron mientras luchaban aferrados a una máquina que intentaba regalarles el aire que les negaba la vida.

La peste no da tregua. La velocidad con la que se apilan cadáveres en morgues, cementerios y crematorios nos deja petrificados. Nos congela el alma y se instala en nosotros un salvaje instinto de supervivencia. Acaparamos, nos volvemos hostiles, desconfiamos del otro. Y un compatriota que camina por los cerros y carreteras tratando de llegar a su casa se convierte en una imagen habitual. Una anciana pidiendo alimentos se suma a la que escuchamos en otro canal pidiendo lo mismo. Un hombre que se desploma en la calle sofocado por la tos deja de impresionarnos. Y llega ese momento en que, como las bestias, abandonamos a un caído y seguimos avanzando como una manada que intenta no extinguirse. Y entonces empezamos a ignorar quién es ese que murió porque preferimos que el número esconda al ser humano.

Si llegado ese momento no hacemos un enorme esfuerzo por aferrarnos a lo que fuimos antes de que el mundo se convirtiera en este páramo de muertos, enfermos y hambrientos, los que sobrevivamos a esta pandemia habremos construido nuestra salvación sobre la base del salvajismo, de la deshumanización.

Si dejamos que la peste nos animalice, de nada nos servirá haberla derrotado.

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