"Deprime constatar, todos los días, que aquellos a los que les otorgamos el poder de mejorar nuestro país lo utilicen para fines subalternos, mezquinos y vergonzantes". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Deprime constatar, todos los días, que aquellos a los que les otorgamos el poder de mejorar nuestro país lo utilicen para fines subalternos, mezquinos y vergonzantes". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

es un país de poco más de 700 km2 en el que viven 5 millones 612 mil ciudadanos. El 90% posee vivienda propia, los niños reciben una de las mejores educaciones del mundo y los índices de criminalidad son bajísimos… pero está prohibido mascar chicle. Los maniáticos de ese ejercicio inútil de mover la mandíbula por horas para no tragar nada (me disculparán pero siempre he pensado que es un acto más de rumiantes que de personas) no encuentran quien les venda goma de mascar.

Este dato curioso suele citarse mucho para ejemplificar que este pequeño país vive bajo un régimen político bastante peculiar: la democracia, tal cual la entendemos no es su fuerte; y un solo partido político monopoliza la oferta electoral. El Estado funciona como un ente rector que organiza al detalle la vida de sus ciudadanos, pero que, al mismo tiempo, promueve el desarrollo económico con un criterio absolutamente liberal.

Se trata de un régimen inquietante porque nos obliga a cuestionarnos un aspecto fundamental: ¿delegamos libertades a cambio de bienestar? La respuesta no es fácil y hay mucha bibliografía que se puede consultar al respecto. Sin embargo, a diferencia de otras sociedades donde el Estado se impone de manera vertical, Singapur ha logrado que sus ciudadanos internalicen el valor del bien común. Las leyes se respetan no por miedo, sino porque eso favorece a los demás. No se trata de una sociedad perfecta, pero a través de la educación y de la demostración de que cada dólar que se recauda es de los ciudadanos, los singapurenses llevan tatuado en su ADN que lo que es bueno para la comunidad es bueno para el individuo.

Duele caminar por Singapur y pensar en nuestro país. Leer, desde el otro lado del mundo, que el Congreso desperdicia el tiempo y el dinero de todos los peruanos intentando fiscalizar a las encuestadoras (porque no les gustan sus resultados), buscando petardear a la Sunedu (porque se les acabó el negocio a grandes universidades bamba), o colocando a individuos incapaces en comisiones importantísimas (solo por fastidiar al Ejecutivo); agota. Deprime constatar, todos los días, que aquellos a los que les otorgamos el poder de mejorar nuestro país lo utilicen para fines subalternos, mezquinos y vergonzantes.

Nos desgastamos tratando de impulsar grandes reformas políticas, buscando fortalecer nuestras instituciones y nos estamos olvidando que mientras no les reclamemos a nuestras autoridades que cumplan con su deber de servir al ciudadano, ningún cambio tendrá sentido, ninguna democracia será eficiente.

En Singapur hace años se prohibió mascar chicle. Tirarlos a la vereda o pegarlos en las paredes se había convertido en una pésima costumbre que malograba los espacios públicos que resultaban imposibles de limpiar. En el tenemos a poderosos padres de la patria usando recursos de todos los peruanos para pegar todos los días y sin ninguna vergüenza sus chicles baboseados bajo las mesas de su curul.