Enfermos de COVID-19 respiran con la ayuda de oxígeno en el hospital regional de Iquitos. (Foto: Ginebra Peña/AFP).
Enfermos de COVID-19 respiran con la ayuda de oxígeno en el hospital regional de Iquitos. (Foto: Ginebra Peña/AFP).
Patricia del Río

Periodista

Inhalar, exhalar. Ejercicio fundamental para mantener la calma. Para poder enfocarnos en el presente y calmar la ansiedad. ¿Cómo alcanzar el sosiego cuando el cuerpo ya no atrapa el aire? ¿Cómo apelar a la tranquilidad cuando un sistema de salud es incapaz de ofrecerle a los ciudadanos algo tan elemental como una bombona verde, que significa el pasadizo entre la vida y la muerte? Una mujer en Juanjui grita desesperada por un balón de oxígeno ante la mirada ya ni siquiera compasiva, sino vacía, de quienes esperan estar en pocas horas en la misma condición. Unas enfermeras claman por oxígeno en Tarapoto para salvar a bebes prematuros, que llegaron antes de tiempo a este inhóspito mundo. Imposible olvidar la imagen de una de ellas prendida de un ventilador manual tratando de darle vida a esa vida que se esfuma. Inadmisible presenciar a los pacientes del hospital Loayza, arrodillarse ante el ministro de Salud, rogando por que salve a sus familiares, que esperan atención en una silla de ruedas bajo la llovizna helada del invierno.

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En “El último aliento de César”, Sam Kean, un reconocido autor de divulgación científica, sostiene que cada vez que exhalamos el aire de nuestros pulmones, algunas de las moléculas que expulsamos se quedarán cerca y las volveremos a respirar, otras no llegarán muy lejos, pero la mayoría se unirán a las masas anónimas de la atmósfera y se dispersarán por todo el globo. De acuerdo con su teoría, bastante bien explicada, es posible que parte de esas partículas se queden dando vueltas en el mundo, y que una bocanada de aire hoy, contenga parte del último suspiro de Julio César cuando lo apuñalaban en el Senado, o que en esa respiración de usted cuando lee esta columna, esté la fuerte exhalación final del ejecutivo que decidió saltar al vacío antes de que se desplomaran las Torres Gemelas. Nuestro aire está lleno de aires de los hombres y mujeres que poblaron este mundo. En la respiración de las autoridades que parecen no encontrar el camino para abastecerse de un recurso elemental que no debería ser difícil de conseguir, están los últimos suspiros de los niños de Tarapoto, del marido de la señora de Juanjui, de esa madre cuyos hijos llegaron tarde con el balón, después de haber recorrido toda la ciudad y haber pagado más de cinco mil soles por él.

Ha dicho el presidente que será la historia quien juzgue si su gestión ha sido eficiente o no. Pero tal vez en veinte años, cuando tenga el privilegio de dar una enorme bocanada de aire, estará inhalando ese que hoy les falta a los peruanos, y quién sabe si en ese preciso momento, la historia se transformará en una simple exhalación que le recuerde que tal vez pudo hacer un poco más. Escuchar más.