"Palabras nuestras o prestadas, todas las lenguas del mundo tienen expresiones tristes y bellas de esta catarata de incertidumbres que nos quitan el aire y nos nublan el futuro". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Palabras nuestras o prestadas, todas las lenguas del mundo tienen expresiones tristes y bellas de esta catarata de incertidumbres que nos quitan el aire y nos nublan el futuro". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

Extrañar. Curiosa palabra. Viene del latín ‘extraneare’, que originalmente se refería a algo ajeno, raro. Con el tiempo pasó a designar aquello que nos es absolutamente familiar y conocido, pero que ya no lo tenemos al alcance. Podemos extrañar algo tan simple como un sabor, algo entrañable como una mascota o algo irreemplazable como una persona.

Son días extraños estos, en los que extrañamos tanto… Pasan las semanas y nos embargan deseos tan simples como revolcarnos en la arena de la playa. No sé, ustedes, pero yo sueño con el mar, y no puedo recordar la última vez que me tomé el trabajo de bajar a esas playas que tenemos tan cerca para zambullirme en el Pacífico, hoy más pacífico y solitario que nunca. En suajili, una lengua hablada en el África, existe una frase que podría definir esta añoranza: “Maji Ya Bahari Ni Kwa Ajili Ya Kutazama”, que significa: “El agua del mar es solo para ser contemplada”. Los suajilis la usan para expresar aquello que está cerca y a la vez es inalcanzable. Cuando un pueblo nómade caminaba días y llegaba al mar, de nada le servía esa agua para saciar su sed.

Sed de mar y sed de naturaleza. De un horizonte que traspase las paredes de nuestras casas y habitaciones. Ella Frances nos cuenta en su libro sobre las palabras del mundo que ‘komorebi’ quiere decir en japonés: “La luz que se filtra a través de las hojas de los árboles”. Ha empezado el otoño y algunas tardes son más frías, pero a través de nuestras ventanas se filtra un sol que no abrasa, pero sí ilumina. Que no acalora, pero sí acoge. Un sol que, como señalan los japoneses, se filtra a través de las hojas de los árboles que se empiezan a poner amarillentas, un sol que casi se puede mirar de frente, pero al que nosotros nos toca espiarlo desde la ventana.

Hay cosas que ni sabemos que extrañamos hasta que alguna foto o una imagen nos obligan a reconocer la ausencia. Conocer a alguien nuevo, por ejemplo, parece una experiencia que no tendremos en mucho tiempo. Cuando salgamos de casa, la distancia social seguirá siendo una norma y así será difícil hacer nuevos amigos. ‘Tiám” significa en la lengua farsí: “El destello en tus ojos cuando acabas de conocer a alguien”, esa chispa especial que a veces viene seguida de una larga y linda historia.

En sueco se le llama ‘resfeber’ a la ansiedad deliciosa del viajero antes de emprender un viaje, y en inuit, lengua esquimal, ‘iktsuarpork’ es el “acto de salir a cada rato a la puerta a ver si aquel al que esperas ya llegó”. ¿Conoceremos nuevas tierras? ¿Recibiremos visitas lejanas?

Palabras nuestras o prestadas, todas las lenguas del mundo tienen expresiones tristes y bellas de esta catarata de incertidumbres que nos quitan el aire y nos nublan el futuro. Mi madre me decía el otro día que ella lo único que pedía era no sobrevivir a nadie. No ver morir a nadie a quien ama. En árabe hay un término para eso: ‘Ya’ Arbunee’, que quiere decir literalmente: “Tú me entierras a mí”. Sin palabras.

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