"Hemos perdido la sonrisa, la furia, el desconcierto". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Hemos perdido la sonrisa, la furia, el desconcierto". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Patricia del Río

Periodista

Se acabó la cuarentena y es hora de entrar a una nueva normalidad: distanciamiento social, nada de abrazos y besos, y a ponerse las mascarillas. Barbijo, tapabocas, nasobuco, llámenlo como quieran. Ese pedazo de tela que solo deja al descubierto nuestros ojos es el símbolo del . Equivale a la manzana de Apple, al pajarito azul de Twitter. Probablemente, durante mucho tiempo, los niños dibujen a su papá y mamá con la cara parcialmente tapada.

Pero tal vez lo más relevante de esta nueva vida, rarísima, en la que nos toca estar son aquellos aspectos que no se pueden graficar en la pintura de un niño. Son lecciones que no se pueden poner en un manual de comportamiento.

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Hemos perdido la libertad. Ya no podemos decidir a dónde ir ni con quién. No somos capaces de diseñar nuestro futuro como queremos sino como podemos. Nuestros sueños se quedaron encuarentenados hasta que la realidad nos permita hacerlos realidad. Hoy no somos libres, y ya sabemos que la libertad es un bien que no dura para siempre.

Hemos perdido la sonrisa, la furia, el desconcierto. Los ojos no son suficientes para reflejar nuestros sentimientos. Se expresa emoción con la boca, los pómulos, la gestualidad. Si los ojos son el espejo del alma, lo que se ve últimamente son oquedades que empozan el terror y la resignación. Que transmiten desconfianza en el otro. La mascarilla no solo divide nuestro rostro en dos, sino que hace las veces de mordaza. De bozal que reprime nuestras ganas de gritar.

Hemos perdido la espontaneidad. Nada de correr a abrazar al abuelo o apachurrar a la mamá. Nuestros ancianos más que objetos de afecto se han vuelto objetos de cuidado. O tal vez el cuidado sea la única forma de querernos en estos tiempos. Los saludos desde el balcón, las horas conversando a través de una pantalla, reemplazaron la comilona familiar de los domingos.

Hemos perdido la dignidad. Gritar por un poco de aire, esperar a la intemperie por una cama, tener que escoger a quién conectas a un respirador. No acompañar a los tuyos en su último aliento, entregar a tus seres queridos a un sistema de salud precario. Vender hasta lo que no tienes para cubrir los costos de las clínicas privadas… Cuando clamas por vida, por respeto, tu dignidad entra en confinamiento temporal obligatorio.

Hemos perdido aquello que nos define: dignidad, libertad, sueños... Pero todavía nos quedan tablas para salvarnos de este naufragio: la convicción de que no podemos dar por sentado nada en la vida, que debemos agarrarnos con las uñas de lo que tenemos; y por supuesto tener fe. Fe en nosotros mismos, esa fe que tantas veces nos ha sacado adelante y que como dice el brasileño Gilberto Gil, no acostumbra fallar.