Martín Vizcarra. (FOTO: GEC)
Martín Vizcarra. (FOTO: GEC)
Pedro Tenorio

Analista político

Hablemos claro: el presidente Martín Vizcarra sabía perfectamente que la “expropiación” de las clínicas era una vía intransitable para su Gobierno. Lo que destrabó esta dura negociación fue la posibilidad creciente de aplicar el artículo 82 de la Ley General de Salud que le permite al Estado asumir, vía administración directa, el control de dichas entidades en medio de la emergencia. Lo más probable es que el Gobierno no hubiera logrado un manejo eficiente de las clínicas, pero el daño económico para estas habría sido catastrófico y eso las decidió a cerrar el acuerdo. Así, Vizcarra ganó esta partida.

Además, había un problema reputacional en juego y las clínicas entendieron que les venía jugando en contra. El presidente supo leer el momento político y ensayó una postura que iba a ser respaldada por la opinión pública, como de hecho ocurrió. Pero plantear una expropiación inminente, por más que estuviera amparada en el artículo 70 de la Constitución, no era más que un “farol”, claramente una posibilidad remota. Expropiar trae consigo un procedimiento largo y engorroso (se requiere ley del Congreso y Vizcarra no tiene bancada, ¿recuerdan?), oneroso (porque se debe pagar un justiprecio, en efectivo, y que incluya las posibles pérdidas del expropiado) y “suicida”, administrativamente hablando, pues el Estado peruano carece de gerentes eficientes.

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Fue una movida eminentemente política y funcionó. Y le otorga alivio económico a cientos de familias angustiadas por deudas con la salud privada a consecuencia de la expansión –creciente– del coronavirus. Sin embargo, el problema para quien juega pensando en los aplausos de la tribuna es que deja en segundo plano hacer los goles realmente decisivos: se regodea en maniobras y juegos de salón, pero no gana el campeonato. Y es allí donde millones de peruanos terminamos perdiendo.

La jugada decisiva no es política, es técnica. No valen de nada los aplausos de hoy si mañana la gente va a pasar de atiborrar hospitales públicos a sobrepasar la capacidad de las clínicas porque los contagios no se detienen. Las cifras evidencian la expansión y contención deficiente del virus.

Pero la tribuna no parece conocer los antecedentes del juego: una parte alienta la intervención estatal en la economía (“en otros países se juega así”, reclaman) cuando la experiencia nacional confirma que nunca fue la mejor receta. Saber lo que ocurrió en el Perú durante la década de los 80 debería bastar, máxime cuando observamos lo mal que administra el Estado aquello donde sí le corresponde intervenir. Los jugadores andan muy confundidos: el Ejecutivo no nos gobierna como se necesita y el Congreso nos regala el show que nos sobra. Así vamos.