“Ninguna de las dos, en realidad, hizo otra cosa que reafirmar que son las que son. Y también, por cierto, las que la gente cree que son”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“Ninguna de las dos, en realidad, hizo otra cosa que reafirmar que son las que son. Y también, por cierto, las que la gente cree que son”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Mario Ghibellini

Periodista

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Abrumados por , tendemos a olvidar que estamos en medio de un proceso electoral. Apenas 50 días nos separan de la fecha fatídica en la que nos tocará ceder al delirio de que alguno de los actuales postulantes a la presidencia es siquiera pasable o entregarnos al amargo consuelo del voto nulo; y sin embargo, nuestra atención está predominantemente en otro lado. No pretendemos, desde luego, sugerir con esta observación que las miserias de la hora presente sean poca cosa, pero sí que quizás convendría no olvidar que la cita del 11 de abril tiene que ver con los muy probables proveedores de miserias futuras y que darle una repasadita a lo que andan diciendo por estos días los aspirantes a ceñirse la banda embrujada no estaría de más.

Esta semana, de hecho, el evento conocido como permitió a los interesados hacerse una idea de lo que cuatro de los candidatos más notorios –no vamos a cometer el exceso de llamarlos ‘importantes’– sostienen que harían de llegar al poder.


–Ego sum qui sum–

A través de las pantallas de la televisión o las computadoras, , , y comparecieron, efectivamente, durante dos días consecutivos ante sus potenciales electores para exponer sus puntos de vista sobre materias como salud, economía y lucha contra la corrupción. Y aunque, en honor a la verdad, hablaron mucho y dijeron poco, el trance sirvió por lo menos para dejar en claro en dónde se ubican políticamente algunos de ellos. O, para ser más precisos, algunas de ellas.

Ocurre que durante las dos jornadas del mencionado evento fueron las representantes de Fuerza Popular y Juntos por el Perú (dicho sea de paso, el consultor económico de esta pequeña columna nos ha hecho notar que, para ser consistente, la organización que postula a Verónika Mendoza debería llamarse “Juntas y juntos por el Perú”) las que se robaron el show. Fueron sus posiciones encontradas las que ganaron el centro del escenario, mientras que las intervenciones de los desdibujados caballeros cumplían apenas una función de entremés. Forsyth rompió su silencio y con él, la ilusión de que a lo mejor tenía algo relevante que comunicarle a la ciudadanía. Y Guzmán recitó solo lugares comunes tratando de persuadir al respetable de que, por comunes que fueran, el Partido Morado los había enunciado primero.

Las señoras, por su parte, tampoco fueron un desborde de proyectos afiebrados, pero por lo menos se recortaron de una manera nítida sobre el fondo difuso de la cháchara sin molde que pretenden vender como definición política tantos de los aspirantes presidenciales que compiten con ellas. Por eso, lo singular del enfrentamiento que protagonizaron fue que no les demandó moverse de sus esquinas.

Ninguna de las dos, en realidad, hizo otra cosa que reafirmar que son las que son. Y también, por cierto, las que la gente cree que son. Es decir, Keiko se presentó como la defensora de la Constitución aprobada bajo el gobierno de su padre, la partidaria de enfrentar los problemas del país con “mano dura” y la mejor amiga del sector privado, mientras que Verónika habló del cambió de Constitución hasta durante las intervenciones de los moderadores, rechazó el uso de la “mano dura” en cualquier terreno y puso al sector privado en la lista de los sospechosos de todo lo que se le antoja inmoral. En un momento de éxtasis, habló incluso de “erradicar el lucro de la educación” con un brillo en los ojos que ha de haber puesto a temblar a los dueños de los colegios que no dependen del Estado, así como a los universitarios que se ayudan dando clases de matemáticas a domicilio.

Se plantaron, pues, las señoras Fujimori y Mendoza como dos contendoras inmóviles que apenas chocaban entre sí a través de codazos tácitos y cuyo principal objetivo era confirmar en esa aparición pública la imagen que habían transmitido en las semanas previas. La una, al proclamar que de llegar a Palacio ; y la otra, al demandar la reactivación de .

¿Qué conseguían con eso? Pues, a juicio de esta pequeña columna, no poca cosa.


–Sobre lodo–

Lo que cada una de ellas ha logrado con este gesto redundante, en efecto, ha sido rascar la olla en el extremo del espectro ideológico que ocupa. Keiko les ha insinuado a los votantes de Rafael López Aliaga, Hernando De Soto y Alberto Beingolea que ella es su verdadera carta ganadora para el 11 de abril, y Verónika ha hecho lo propio con los seguidores de Marco Arana, Pedro Castillo y José Vega Antonio. Las generaciones pasan, pero el poder seductor de la tesis del voto perdido no se desvanece.

¿Qué es lo que debería seguir en sus estrategias? La lógica dicta que tendrían que avanzar sobre los electores del centro, huérfanos hasta ahora de un candidato capaz de aglutinarlos a todos. Pero en ese camino, Fujimori se topará inexorablemente con el recuerdo de la infame performance parlamentaria de Fuerza Popular durante los últimos cinco años; y Mendoza, con .

¿Lograrán ellas salvar tales escollos en el próximo episodio de esta campaña? Difícil predecirlo, pero lo cierto es que solo así procederán a salir de sus esquinas y a trenzarse en una gresca que tendrá algo de lucha sobre lodo. ¡No se la pierda!