“Que corran descalzos, pues, hacia el turbulento valle el gobernante y sus críticos a platicar sobre por qué es tan beneficioso para la patria no tomar decisiones y dejar que todo se deteriore y se envilezca”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“Que corran descalzos, pues, hacia el turbulento valle el gobernante y sus críticos a platicar sobre por qué es tan beneficioso para la patria no tomar decisiones y dejar que todo se deteriore y se envilezca”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
Mario Ghibellini

Periodista

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De todas las prendas que, a consecuencia de la expulsión del paraíso, los descendientes de Adán y Eva nos hemos visto obligados a llevar, ninguna tan perniciosa como los zapatos. Auténticos calabozos de cuero, ellos oprimen las pobres extremidades con las que nos sostenemos sobre este planeta y son causa habitual de juanetes y desencuentros. No hay manera de enfrentar el mundo con una mirada fresca e intercambiar tesis sobre cómo mejorarlo mientras semejante tortura agrie nuestro espíritu: aunque Hegel olvidó mencionarlo, no hay dialéctica posible con los ‘chuzos’ puestos.

Lo sabía Nikita Kruschev cuando –según quiere el mito– se sacó uno de los armatostes soviéticos sobre los que caminaba y aporreó su mesa durante una Asamblea General de la ONU, y lo saben también los infantes que, año tras año, entonan cierta enojosa cantilena sobre los zapatitos que ajustan y las mediecitas que dan calor en las actuaciones del nido.

Seguramente usted estará de acuerdo con ese lugar común que afirma que lo único que hace falta para enderezar lo que está chueco en este valle de lágrimas es mantener los pies sobre la tierra. Pero en realidad, harían bien los que recitan esa máxima en agregar siempre que hay que mantenerlos descalzos, pues es claro que solo así podrá uno absorber directamente las enseñanzas de esa madre universal. Y si además se coloca luego un sombrero para evitar que esas ideas se le escapen de la cabeza, mejor.


–Moody’s blues–

Todo esto viene a cuento a raíz de un desafío que el lanzó esta semana desde Junín a los críticos de su Gobierno. En particular, a aquellos que últimamente le han enrostrado su incapacidad de tomar decisiones fundamentales para el funcionamiento de nuestra democracia y nuestra economía. “Vamos al Vraem a debatir sobre la gran crisis y el problema que tiene el país, , señores”, les dijo… Provocando, por supuesto, una cierta perplejidad entre aquellos a los que el discurso iba dirigido y entre la ciudadanía en general.

¿Qué podrían tener que ver, en efecto, las razones por las que hasta ahora el jefe de Estado no resuelve si despacha al ministro del Gobierno o si confirma a en la presidencia del BCR con el hecho de que quienes se lo cuestionan interpongan habitualmente una suela entre sus pies y el humus primordial? De primera intención, uno diría que nada. Que aquello fue simplemente un disparate con el que intentó aturdir a los incautos. Pero una reflexión más fina, que tome en consideración los argumentos expuestos líneas arriba, sugiere otra posibilidad.

¿No podría acaso el mandatario estar compartiendo con nosotros más bien un secreto valioso? ¿Una lección de vida que quiere trasladar al manejo de la cosa pública? Quién sabe: a lo mejor, aquello de debatir pata en el suelo es un novísimo ‘modus operandi’ ya vigente en el Ejecutivo. Y si ese es el caso, ha de ser difícil permanecer por horas en la sala en donde se celebran los Consejos de Ministros… ¡Pero la de iniciativas brillantes que deben salir de allí!

Después de todo, ¿a qué nos han conducido 200 años de gobernantes embutidos en solemnes ‘chancabuques’? ¿A qué, tanto betún? ¿A qué, tanto pasador bien anudado? Pues a convertirnos en la república atravesada de deficiencias que hoy padecemos. Y, además, si miramos más allá de nuestras fronteras, de seguro encontraremos abundantes muestras de ese mismo problema.

Los melancólicos analistas de que esta semana , por ejemplo, ¿no habrán llegado a la conclusión de que tenían que tomar esa ingrata medida solo porque la horma de sus ‘Clarks’ los estaba torturando?

Y la violencia desatada por contra la población que no comparte su visión fanática del islam, ¿no será tal vez una derivación de la mala idea de producir babuchas de una sola talla?

Concedámosle, pues, al presidente Castillo un poco más de profundidad en sus diagnósticos y asertos sobre la situación que nos aqueja. No por gusto ha estado tantos años dedicado a la enseñanza. Es más: si aguzamos la perspicacia, podríamos detectar en realidad en su arenga de Junín el probable estreno de un tópico retórico y hasta literario que ya habría querido tener a su disposición Horacio, hace dos mil años.


–Lluvia de tacones–

La figura del intercambio de puntos de vista sobre la gran crisis del país en medio de la campiña del Vraem no se aleja mucho, efectivamente, de la atmósfera que caracteriza al ‘locus amoenus’ o al ‘beatus ille’ de la tradición clásica. Pero añade el toque magistral de la liberación de los rigores asfixiantes que la vida urbana les impone a los pies de los personajes entregados a esa faena.

De hecho, en esta pequeña columna queremos proponer una denominación latina –como Dios manda– para el tópico en cuestión y se nos ocurre que la de ‘omittamus calceos’ (“abandonemos los zapatos”) sería muy conveniente.

Que corran descalzos, pues, hacia el turbulento valle el gobernante y sus críticos a platicar sobre por qué es tan beneficioso para la patria no tomar decisiones y dejar que todo se deteriore y se envilezca. Pero eso sí: al primero que diga una burrada, que le llueva un zapatazo.