Ser cholo en la PUCP (2), por Carlos Meléndez
Ser cholo en la PUCP (2), por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

Mi de la semana pasada presentó una anécdota personal sobre la discriminación social en la durante los años noventa. Las reacciones desbordaron mis expectativas por su magnitud y ferocidad. Solo el primer posteo del link en el Facebook de El Comercio generó 761 comentarios. En Twitter llegó a ser ‘trending topic’ el día de su publicación y al siguiente. Estos comentarios y reacciones son una rica fuente de evidencia empírica de prejuicios y estereotipos gatillados ante un incentivo (en este caso mi columna), merecedora de análisis. ¿Qué encontramos al destilar espaldarazos y odios?

Colegas de Social Data Consulting sistematizaron los referidos comentarios del Facebook de El Comercio y tuits para ensayar un “sentiment analysis” de sus contenidos. Excluyendo las palabras que evocan el título del artículo, las diez más empleadas están relacionadas con consideraciones clasistas (‘clase’, ‘social’, ‘misio’) y con distinciones de raza (‘racismo’, ‘color’, ‘negro’ ), lo cual subraya que clase y raza se imbrican en el imaginario colectivo de la discriminación social. Si ampliamos a veinte palabras, aparecen términos peyorativos acerca del autor (‘complejo’, ‘jajaja’, ‘acomplejado’; con menor frecuencia ‘resentido’). Continúan aquellos relativos al clasismo (‘pitucos’) y al racismo (‘piel’, ‘blancos’). En Twitter predominaron los halagos a la columna porque las críticas fueron indirectas, sin etiquetar al autor. El debate, sin embargo, ocurrió, aunque esquivando la confrontación directa. Un tema como la discriminación es preferible hablarlo a espaldas de quienes lo abordan explícitamente. 

Si proseguimos el análisis de manera cualitativa, encontramos que las críticas se concentran en el autor –franca estrategia de “asesinato de la reputación”– para esquivar el tema de fondo. Las detracciones practican formas de discriminación más sutiles (“es una columna mal escrita”) o reproducen prejuicios sin sustento y calumnias (“utiliza –el testimonio– vilmente para refrendar sus intereses”). Si nos concentramos en la destrucción del mensajero, eludimos cómodamente lo sustantivo: ningún espacio social –ni siquiera el que se ufana de progresista– escapa a la discriminación estructural en nuestra sociedad. Sobresale la reacción defensiva, violenta y visceral de integrantes de la comunidad PUCP (“Meléndez practica una autogestión del racismo”), lo cual abona a mi hipótesis del falso progresismo. El verdadero progresista no niega la existencia de prejuicios clasistas (ni se siente ni se concibe emancipado de ellos), los asume como dados y a partir de esa premisa construye sus relaciones sociales. Catalogar de “resentido” un testimonio (que no agrada al ‘establishment’ de lo “políticamente correcto”) devalúa la discriminación y divide las narrativas entre “memoria histórica legítima” y “lamentos acomplejados”. Es llamativo también que las élites de derecha coincidieran más en ver la paja en el ojo ajeno.

Arrullamos un peligroso volcán dormido de racismo, clasismo, sexismo, xenofobia y exclusión de “otredades”. Este tipo de vilipendios es objeto de mi análisis profesional (“los antis” políticos en el Perú y América Latina). Por eso me satisface contribuir al debate sobre discriminación social en nuestro país, ya que resulta más tabú de lo que creemos. Finalmente, “para esto estudié Sociología”, para invitar a mirarnos más allá de nuestra autocomplacencia.

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