Luis García Bendezú

A don Juan Letona Muñoz, vecino cusqueño de 87 años, no le gusta que fotografíen al Niño Compadrito. Según dice, los flashes de las cámaras dañan la piel de esta figura parecida a una momia y considerada milagrosa por sus fieles. Además, le desagradan los turistas que llegan a su casa sin humildad ni devoción. Le molesta que ellos, sin previo aviso, empiecen a registrar la imagen que se exhibe en una urna de vidrio. Don Juan Letona es un guardián celoso, él siempre exige respeto para el Niño Compadrito.

Encontrar al niño en el Cusco no es difícil. Basta poner su nombre en Google Maps para localizar su casa, a unos 500 metros de la Plaza de Armas. En el lugar, eso sí, no hay carteles y los vecinos evitan dar señas sobre él. Cuando se les pregunta, ninguno dice saber dónde está el Niño Compadrito. No obstante, un timbre con huellas de uso frecuente y cierta decoración dorada que sobresale por una ventana delatan que en una de esas casas de la calle Tambo de Montero pasan cosas fuera de lo común.

Aunque no le gustan los intrusos, Don Juan Letona no niega el ingreso a su vivienda. Como las visitas son bastante comunes y él ya es una persona mayor, el anciano abre la puerta con ayuda de una cuerda. Hay dos ambientes en la casa, accesibles tras subir por una escalera. El primero es una especie de capilla cuyas paredes están decoradas por completo con recuerdos y regalos de los fieles. Ahí, en una de las esquinas, dentro una urna de vidrio con joyas de plástico y marco dorado está el extraño Niño Compadrito.

Los investigadores y periodistas que han escrito sobre él coinciden: la figura es perturbadora. El Niño Compadrito mide unos cincuenta centímetros. Lo único visible de su cuerpo es el rostro, demasiado pequeño para ser –como se afirma- el de un niño de aproximadamente 13 años. El resto es decoración. El ídolo lleva un atuendo parecido al del Niño Jesús de Praga. Tiene una corona dorada, una peluca de cabellos marrones y rizados, ojos azules que parecen canicas, pestañas y dientes. El cuerpo está cubierto por un manto blanco con decoraciones doradas. Sobre su cuello cuelgan cruces y rosarios.

Pese a que parece una momia pequeña, los devotos del Niño Compadrito lo encuentran bello. En varios afiches y recuerdos que dejaron sus fieles, se resalta su hermosura y se le agradece por los milagros concedidos. Los devotos, por lo general, firman con sus iniciales. L.L.V.V. escribió, por ejemplo: “Mi bebé, gracias por todos los favores, te pido me sigas ayudando en mi recuperación para estar totalmente bien de salud. Te pido que bendigas a mis padres y hermanas, bendice mi relación para que día a día nos llevemos mejor y juntos logremos fortalecer nuestro amor. Estoy a dos semestres de culminar mis estudios, ayúdame a ser la mejor”.

A decir por los numerosos carnets de policías que cuelgan en la capilla, muchos agentes cusqueños de la Policía Nacional del Perú son devotos del Niño Compadrito. También hay copias de títulos universitarios, identificaciones de trabajadores de Essalud, afiches de restaurantes, fotografías, imágenes de la Virgen María y decenas de juguetes. Todos estos objetos son testimonios de la fe que le tienen vecinos del Cusco al niño.

Velas y milagros
En la segunda habitación de la vivienda hay un pequeño velatorio rodeado de bancas. Ahí los fieles se sientan para rezar y pueden observar al Niño Compadrito a través una ventana. En la puerta de este cuarto se sienta don Juan Letona, quien distribuye pequeñas velas de nueve colores diferentes. Con ayuda de un lapicero, los devotos escriben sus peticiones al niño.

A cada color se asigna una característica. Así, las velas azules se usan para pedir éxito en los estudios; las velas celestes para la paz; verde para el trabajo, amarillo para dinero, etc. Hasta hace un tiempo se vendían velas negras, pero don Juan Letona suspendió este hábito debido a que se relacionaba al Niño Compadrito con la maldad, según reportes periodísticos.

La historia de estas velas negras la detalló hace unos meses a El Comercio el antropólogo Harold Hernández Lefranc, uno de los principales estudiosos de las devociones populares en el país. Según comentó, los vecinos del Cusco recurren al Niño Compadrito muchas veces para que les “replique” el mal que otras personas les causan. 

“Si ves con detenimiento las velas negras, encuentras cosas marcadamente violentas. Hay una vela que recuerdo con detenimiento, decía: “Niño Compadrito, por favor, mi madrina me hace mucho daño, me pega. Por favor, provócale un accidente, que la atropelle un carro”, contó el antropólogo a este Diario.

Para Hernández, el culto al Niño Compadrito también tiene vínculos con la ideología andina. “El Niño Compadrito es un niño que está creciendo, se está haciendo adulto. Tiene ojos de vidrio de colores. Las mujeres, sobre todo, sueñan con él. Es un travieso, un pillo. Hay cierta aprensión sobre el niño porque es muy poderoso para hacer el mal, en el sentido de castigar”, explicó.

Un veto que continúa
El Comercio se comunicó hace unas semanas con el Arzobispado del Cusco para recoger su opinión sobre la devoción  que genera el Niño Compadrito. Entre las muchas historias que circulan en torno a esta imagen se cuenta que en la década de los setenta el monseñor Luis Vallejos Santoni intentó proscribir esta devoción por considerarla una idolatría. 

Los relatos populares aseguran, incluso, que la violenta muerte de Vallejos –quien falleció en 1982 cuando viajaba en un auto del Cusco hacia Chonta- tiene que ver con su oposición al Niño Compadrito.

Aunque el arzobispo metropolitano del Cusco, el monseñor Richard Alarcón Urrutia no quiso dar una respuesta directa, a través de la Oficina de Prensa el arzobispado comunicó lo siguiente: “La Arquidiócesis del Cusco mantiene la misma opinión del monseñor Luis Vallejo Santoni (Arzobispo del Cusco 1975 - 1982), quién proscribió oficialmente en 1976 esta imagen”.