El dogma de la cerrazón, por Pedro Llosa
El dogma de la cerrazón, por Pedro Llosa
Pedro Llosa Vélez

En el siglo XVIII, el filósofo escocés Adam Smith dedicó años de estudio a intentar descifrar qué hacía que algunas naciones fueran ricas y otras pobres. El producto de ese trabajo fue su monumental obra “Una investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, libro fundacional de la economía y el mayor intento hasta entonces por abordar y sistematizar una pregunta de esas dimensiones. Al igual que con la “justicia” o la “libertad”, los orígenes de la riqueza o la naturaleza de las inequidades materiales han ocupado la mente de innumerables pensadores desde la antigüedad hasta nuestros días.

En el Perú, sin embargo, esta interrogante parece haber sido resuelta por unos señores que, desde el campo del derecho, aseguran que la pobreza no tiene ningún misterio y que más bien ese es el estado natural del hombre. El señor Alfredo Bullard, columnista de este Diario, sostiene que la riqueza se crea principalmente gracias a la “acumulación y uso del capital”, y ello es lo único capaz de contrarrestar la pobreza. Él y otros “libertarios” refuerzan su punto disparando contra una retaceada línea de Michel de Montaigne donde este sostiene que “la pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los ricos”, a (vale recordar aquí el inolvidable artículo de Diego de la Torre titulado: “Vallejo, Ribeyro y Montaigne”, El Comercio, 13/3/12).

No es el fin de estas líneas rebatir la torpe descontextualización de esta cita de Montaigne, pero sí reparar en lo que hacen con ella quienes quieren defender posiciones que nada tienen que ver con las batallas intelectuales del pensador francés. Nuestros libertarios locales viven en la eterna búsqueda de argumentos que sustenten la utopía de un universo desregulado donde el Estado no intervenga y los mercados resuelvan todo. Pretender que lo dicho por Montaigne no obedece a un tiempo y contexto y presentarlo como un enunciado autónomo y atemporal, obviamente lo ridiculiza, y basta con poner cualquier ejemplo minúsculo en donde ricos y pobres no se tocan para sustentar que ambas, riqueza y pobreza, son fenómenos independientes y que una se reduce cuando la otra crece. 

Es razonable pensar que la riqueza de un país no es estática y que esta se crea con trabajo e inversión, pero es ingenuo sostener que el mercado desregulado –a secas– va a darnos una sociedad justa y funcional. Las políticas redistributivas, que en diferentes medidas son aplicadas por todos los países, buscan crear reglas que faciliten la convivencia y la movilidad social, que eviten los abusos de poder, la perpetuación de injusticias estructurales, la imperfección y las fallas de los mercados. Para nuestros libertarios toda política redistributiva resulta estéril porque ella no crea riqueza. Ignoran que si en una sociedad pobremente educada, poscolonial, informal y fracturada por todos los frentes, el crecimiento económico no va de la mano de una permanente reformulación de sus políticas educativas, de una revalorización de lo público y de un firme proceso de institucionalización (todo lo cual obliga a repensar las formas de redistribuir lo público), lo único que lograremos será perpetuar las enormes desigualdades que tenemos hoy. La economía no es, por definición, un “juego de suma cero”, donde lo que uno gana otro lo pierde, pero donde los mercados son desregulados y disfuncionales, es más fácil que termine siéndolo. 

En un país que modernizó su comercio en tiempos de un gobierno que destruía instituciones y propagaba la cultura combi, abogar por una desregulación extrema resulta algo irresponsable. Desatender de un plumazo varios siglos de discusión filosófica sobre inequidades económicas y creer que se tiene la explicación y la cura para uno de los problemas sociales más complejos de la humanidad es pretencioso y desubicado, pero suficientemente rocambolesco como para seguir ganando adeptos que engrosen la cerrazón. 

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