Luis García Bendezú

En el imperio incaico la muerte tenía fuertes vínculos con la vida cotidiana. Según los historiadores, esta sociedad andina tenía conceptos espirituales y del tiempo distintos a los de la civilización occidental. Por ello, creían que sus antepasados permanecían en la tierra después de su fallecimiento. Los muertos formaban parte de su entorno e intervenían en la toma de decisiones. 

Narran varios cronistas que los mandatarios y curacas más importantes eran sometidos a misteriosas técnicas de momificación tras su deceso. Estas momias, en vez de ser apartadas de la vida pública, ocupaban lugares privilegiados en sus palacios. Ahí recibían cuidados, las veneraban, las sacaban en procesión y también podían realizar actividades civiles como contraer matrimonio.

“Las momias no fueron percibidas como muertos, sino como vivos. Como tales, podían tener hambre, sed y frío. Tenían que comer y beber, calentarse con fuegos, ser limpiadas y cambiadas de ropa. Además participaban en las fiestas, se visitaban mutuamente y también a sus parientes vivos”, explica a El Comercio el investigador alemán Stefan Ziemendorff, quien ha estudiado a fondo la historia de las momias incas.

Según Ziemendorff, un testimonio insólito sobre el tratamiento de las momias en el incanato lo ofrece el encomendero español Polo de Ondegardo, quien en 1559 había incautado varias momias de las panacas del Cusco. En 1571, Polo de Ondegardo relató que el jefe de una panaca había bebido con y en nombre de una momia. Se narra incluso que este jefe llevaba la momia consigo a cuestas para hacerla orinar.

Mantenían sus posesiones
La tradición prehispánica señala que los incas después de muertos no dejaban herencia. Las momias seguían ‘viviendo’ en sus palacios en el Cusco e incluso mantenían sus casas de campo en los alrededores de la ciudad imperial. Según Ziemendorff, Chinchero era una región que pertenecía a Túpac Yupanqui, Calca a Wiracocha y Yucay a Huayna Capac. Tras su muerte, estos gobernantes mantuvieron sus posesiones.

“A manera de ejemplo, el escribano conquistador Sancho de la Hoz escribe en 1534: “Cada señor difunto tiene aquí su casa y todo lo que le tributaron en vida, porque ningún señor que sucede puede después de la muerte del antepasado tomar posesión de su herencia. Cada uno tiene su vajilla de oro, de plata, sus cosas y ropas aparte, el que le sucede nada le quita”, cita Ziemendorff.

En general, en el Tahuantinsuyo las viudas podían volver a casarse. La excepción eran las esposas de los soberanos incas que debían permanecer junto a sus momias cuando estos fallecían. Y tanta vigencia tenían estos muertos en la sociedad incaica que podían seguir casándose. 

El historiador Waldemar Espinoza refiere que en un documento colonial de Cajamarca se constató que la hija de un cacique de esa ciudad fue enviada como esposa a Huayna Cápac por órdenes de su hijo Atahualpa. Esto a pesar de que el gran gobernante Huayna Cápac ya había muerto cuatro o cinco años antes.

Descontento
Ziemendorff resalta también que aunque los súbditos del incanato respetaban a las momias, las numerosas tierras que los muertos habían acumulado llegaron a irritar a Huáscar, cuando este asumió el poder en el Cusco. 

“Huáscar propuso que todos los recursos sean usados en adelante solo para los vivos. Varios historiadores piensan que esta revolución contra las momias puso buena parte de la nobleza inca (particularmente a la panaca de Pachacútec) al lado de Atahualpa e inclinó la balanza en la guerra entre hermanos”, relata el investigador.