Marlene Dietrich: la estrella fatal del cine
Marlene Dietrich: la estrella fatal del cine
Dante Trujillo

En 1979 se estrenó una película llamada ‘Gigoló’. En esta David Bowie encarna a un joven coronel que vuelve a Berlín tras el fin de la Primera Guerra Mundial, y se encuentra con una ciudad desconocida: libertina, decadente, fascinante. Sin embargo, pronto el coronel tendrá que estacionar su turbación cuando la necesidad lo obligue a buscarse el sustento. Y es así que una noche conoce a la baronesa Von Semering, la intrigante madame que dirige un club de prostitutos bisoños. Una especie de espíritu tutelar de la capital alemana, convertida en un inmenso cabaret.

Pues bien, nadie, ninguna actriz viva del mundo, acaso ningún ser humano, podía representar mejor ese papel —y esa ciudad, y ese tiempo— que .

No se tiene idea de qué hizo o exactamente cuánto le ofreció el director David Hamings para convencerla de volver al cine luego de 15 años de alejamiento voluntario. Lo que sí es sabido es que, tras terminar la filmación, la Dietrich regresó a su departamento en el número 12 de la avenida Montaigne, en París. Tenía 78 años. Se encerró con whisky, libros de poesía, recuerdos. La diva se recluyó dentro de su propia leyenda. Y no salió más.

BERLÍN ERA UNA FIESTA

“Levanta el muslo, muy quieta, de manera casi pasajera, como sin querer, y ese único movimiento equivale a una orgía entera”, dijo una vez Max Brod refiriéndose a Marie Magdalene Dietrich, Lena para la familia, Marlene para sí misma y, por ello, para el mundo. Como muchos berlineses, hombres y mujeres, el involuntario albacea de Kafka cayó subyugado. Sin embargo, más que su mirada, su voz o sus piernas, desde que Dietrich era una adolescente tuvo claro que su poder radicaba en la ambigüedad. Y la usó como arma de seducción masiva.

La joven huérfana de un oficial iba para violinista, pero una sospechosa lesión en la muñeca segó la que parecía más una vocación de la madre. Desde entonces prefirió la sierra musical, una larga cinta metálica tocada con un arco para producir sonidos inquietantes y lastimeros. Prefirió eso y el espectáculo. Y también el humo, la piel, el ritmo de la noche.

Además de trabajar como corista y actriz teatral en compañías de todo tipo, durante los veinte la veinteañera Marlene participó, por lo menos, en 18 películas silentes, aceptando papeles que fueron de la casi invisibilidad a cercanos al protagónico. Hay, sin embargo, dos que destacan durante la fase alemana del mito: en ‘Tragedia de amor’ (1923) conoció a Rudolf Sieber, su único marido y padre de su única hija. Nunca se divorciarían, pero lo que comenzó como una relación liberal, terminó convirtiéndose en una entrañable y lejana amistad; y en ‘Bajo la máscara del placer’ (1925) se topó con Greta Garbo, reflejo, rival y según muchos amante de Dietrich, aunque ambas negarían conocerse incluso hasta décadas más tarde.

Cuando se acercaba a la madurez de sus 30 años, las cosas comenzaron a complicarse nuevamente en Alemania ante la inminencia del nazismo. El futuro no pintaba bien, pero antes de terminar como una cabaretera del montón, la Dietrich —quien siempre repitió que era una chica con suerte— tuvo el encuentro más importante de su carrera. Sucedió la noche en que el director Josef von Sternberg la vio sobre un escenario, y decidió que esa belleza rubia de ojos caídos era la que estaba buscando para protagonizar su próxima cinta.

‘El ángel azul’, de 1930, no es solo la primera película sonora de Europa, ni un clásico de culto, ni el primer protagónico de la aspirante. En la piel y el espíritu de Lola-Lola —la lasciva vedette que seduce, arrastra y pierde al severo profesor Rath— nació un arquetipo universal: la femme fatale. Y Marlene Dietrich era su mismísima esencia.

LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Otra vez los ambiguo: mientras ella siempre repetía que se lo debía todo, Von Sternberg dijo: “No le di nada que ella no tuviera. Lo único que hice fue potenciar sus atributos, hacerlos más visibles para que todos los notaran”. Esto fue —se cuenta— hacerla bajar 15 kilos, quitarle las muelas del juicio para afilar sus rasgos; enseñarle a pintarse, depilarse las cejas, ahondar la voz, devorar la cámara con los ojos, y todos los trucos que realzaron su esplendor germano. Parece que se hicieron amantes. El hecho es que el director la llevó a Hollywood para que firmara con la Paramount y se convirtiera así en la respuesta del estudio frente a la MGM, que tenía en sus filas a Garbo, la divinidad europea.

Aún en 1930 filmaron ‘Marruecos’, coprotagonizada por Gary Cooper. La película tiene lo suyo, pero lo que causó revuelo fue ver en una escena a la rubia vestida de frac besando a otra mujer: jamás se había visto en el cine algo tan escandaloso. La dupla grabó cinco películas más en las que la diva, que ya era la actriz mejor pagada del mundo, hizo de cabaretera, de espía, de princesa, de puta. El público norteamericano no prestaba atención a su aptitud interpretativa —de hecho, está entre las diez mayores estrellas femeninas de la historia, según el American Film Institute—, sino solo se preguntaba hasta dónde llegaría la corrupción de esa señora que usaba pantalones y fumaba en la pantalla, si era bisexual o tan solo una provocadora que cenaba hombres. Y Dietrich supo decir o callar lo que quiso para alimentar el misterio.

La promiscuidad fue otro ingrediente de su mitología. “Las mejores piernas del mundo”, que se rumoreaba estaban aseguradas en un millón de dólares, habrían rodeado, entre otros, entre muchos otros, a la poeta Mercedes de Acosta, a John Wayne, a Gary Cooper, a James Stewart, a Errol Flynn, a Kirk Douglas, a Yul Brynner (con quien tuvo una larga relación), a Frank Sinatra, a Richard Burton, a Maurice Chevalier, al escritor Erich María Remarque, a Stefan Lorant, a John Gilbert, a Douglas Fairbanks Jr., al general Patton, a Noël Coward, a Orson Welles, a Giacometti, a Edith Piaf, a la cantante Marti Stevens, incluso a JFK…  Sin embargo, en la biografía que escribiera la hija de Dietrich, Maria Riva, se sostiene que “ella no entendía nada de sexo”. Más anfibología: “Sobre sexo visual, sobre erotismo, sí: piernas, medias, ropas, cuerpo. Pero del sexo en sí pensaba que era algo vulgar y feo. No creo que nunca conociese el amor sexual real. Pienso que jugaba a ello, que lo pretendía, que hacía la farsa. Era una gran farsante”. Lejos de una actitud liberada, según la hija se trataba de la búsqueda incesante de una mujer necesitada de afecto.

(Alguna vez, Marlene dijo: “Nadie sabe por qué estoy tan apegada a mi hija. No saben que es lo único que tengo”. Y Riva escribió: “Dietrich era eso para lo que todos trabajábamos, la imagen, la leyenda. Nunca pensé en ella como una madre, nunca”).

EN PIERNA DE GUERRA

Entre París y Hollywood, mientras consolidaba su carrera con otros muchos directores, así como su imagen de vampiresa andrógina, la estrella cultivaba un aspecto menos conocido: el de enemiga declarada del Tercer Reich. Dietrich detestaba a Hitler y lo que estaba haciendo con su país, y se convirtió en una protectora de judíos en el exilio, consiguiéndoles refugio, comida y trabajo.

El odio era recíproco y —también— paradójico, pues se trataba de la hija de un militar prusiano, y físicamente el paradigma de la mujer germana que no solo apoyaba a los “cerdos”, sino que incluso trabajaba para ellos (recuérdese que buena parte de la industria del entretenimiento estadounidense estaba comandada por judíos). Mientras sus películas permanecían prohibidas en Alemania desde 1933, Goebbels, ministro de Propaganda del régimen, estaba obsesionado con llevarla a trabajar al país, y está demostrado que incluso Von Ribbentrop, jefe de Asuntos Exteriores, fue al menos en una ocasión a París para ofrecerle regresar por la puerta grande. En respuesta, aunque siempre se sintió orgullosa de ser alemana, Dietrich pidió y recibió la nacionalidad estadounidense. Y para mayor castigo, en 1939 protagonizó ‘Arizona’, donde hizo de vaquera cantante en saloons del Viejo Oeste.

(Cundía la leyenda de un plan para eliminar al Führer: Marlene viajaría a Berlín, y solicitaría entrevistarse con él. En algún momento una cosa debía llevar a la otra, y cuando ella entrase a la recámara de Hitler, completamente desnuda, lo asesinaría con un gancho de pelo envenenado).

También en tiempos previos al conflicto que se avecinaba, Dietrich conoció al que sería el amor de su vida: el actor y héroe militar Jean Gabin. Un romance fogoso entre la sofisticada reina alemana y el basto galán francés que se vio interrumpido cuando este respondió al llamado de su patria y partió a pelear al frente.

Finalmente, Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, y Marlene fue una de las más activas promotoras de los bonos de guerra. Sin embargo, su apoyo no se limitó a ello, y en 1943 dejó de lado su carrera para ir a apoyar a las tropas aliadas. Muchos otros artistas fueron a entretener y dar respaldo en las retaguardias, pero absolutamente nadie estuvo tanto tiempo con ellos como el “ángel azul”: hacía espectáculos de stand up comedy, tocaba la sierra y cantaba para ellos —fue entonces que se hizo celebérrima su interpretación del clásico ‘Lili Marleen’, un caso raro pues la balada triste del soldado terminó en el corazón de los guerreros de ambos lados de la línea de fuego¬—. Sin embargo, además de ello, acompañó de día a los batallones en África, Italia, Inglaterra, Islandia, Francia… donde estuvieran las tropas, conviviendo con ellos, tratando de hacerles más liviano el sufrimiento. Estuvo a punto de perder las piernas por congelamiento en Las Ardenas y presente cuando los aliados entraron, por fin, a Alemania.

Por todo eso recibió la Medalla del Valor de los Estados Unidos en 1947, ejemplo que siguieron luego los gobiernos de Francia, Bélgica e Israel, donde fue el primer ciudadano alemán en ser condecorado.

LA DAMA SE ESCONDE


Al acabar la guerra, Dietrich vio que su imagen fatal resultaba casi paródica, y que debía competir por protagónicos con nuevas estrellas que tenían la edad de su hija.

Convertida ya en abuela, escogerá menos películas que interpretar —al final de su carrera llegaría a contabilizar unas 65 producciones—, lo que no quita que haya participado en algunas nuevas cintas interesantes. Por ejemplo, en 1948 regresó a su país con Billy Wilder para grabar ‘Berlín-Occidente’, a la que siguieron ‘Pánico en la escena’, de Hitchcock; ‘Encubridora’, de Fritz Lang; ‘Testigo de cargo’, también de Wilder; y ‘Sed de mal’, de su gran amigo Orson Welles. Su última gran película sería un ajuste final de cuentas con la guerra: ‘El juicio de Nuremberg’, al lado de Spencer Tracy. El mundo entero tarareará con ella desde sus butacas su nueva versión de ‘Lili Marleen’. En esta conoció a un actor de reparto llamado Maximilien Schell, quien volvería a su vida de forma insospechada dos décadas más tarde. En 1965 Marlene se retiró de la actuación, salvo por el retorno anotado al principio de estas líneas.

Pero así como ganaba fortunas, las perdía como una botarate, y no estaba aún preparada para alejarse del público. Por eso “la chica con suerte” decidió reciclarse, y prefirió apagarse lentamente, como la belleza dorada de los ocasos.

Ya en 1953 había firmado un contrato de 30 mil dólares semanales para realizar breves presentaciones como cantante en Las Vegas. Nunca tuvo una gran voz, pero sus interpretaciones eran hipnóticas, así que, vestida con lujosos vestidos que simulaban desnudez, se paró sola sobre los principales escenarios de América, Europa, Asia y Oceanía para cantar los temas de sus películas y clásicos contemporáneos de Edith Piaf, Bob Dylan o The Doors, acompañada por la orquesta de Burt Bacharach, uno de sus últimos compañeros. Gracias a YouTube, todos podemos disfrutar hoy espectáculos hermosos como el concierto grabado en Londres en 1972.

Sin embargo, ni siquiera la Dietrich era eterna, así que con 75 años, luego de sufrir varios accidentes, decidió retirarse de los escenarios. No soportaba la idea de exhibirse deteriorada. Rudolf, su marido, había muerto en 1976 en su granja de pollos californiana. Y así es como volvemos al departamento de la avenida Montaigne.

Salvo poquísimos familiares —al principio su hija, luego alguno de sus nietos— casi nadie volvió a verla en más de una década. Se dedicó, se supone, a relajar su apariencia, a beber, a escribir poemas que fueron editados en 2005, y a leer en tres idiomas: cuando murió, tuvieron que regalar tres mil libros de su biblioteca. Este ostracismo fue roto parcialmente en 1984 cuando Maximilien Schell grabó un documental sobre ella sin ella; es decir, la diva no consintió que la cámara la captase en ningún momento, y pese a ello —o acaso por ello mismo— el film es una joya sobrecogedora. Se cuenta que le divertía verse resucitada en Madonna, y que solía hablar por teléfono con personalidades como Ronald Reagan o Mijaíl Gorbachov (las cuentas telefónicas podían superar los tres mil dólares), y que celebró con una gran borrachera la caída del Muro de Berlín.

Murió hace 25 años, el 6 de mayo de 1992. A su velorio en La Madeleine acudieron unas pocas personas, pero afuera de la iglesia había cientos de veteranos de guerra con el rostro sombrío. El cortejo fúnebre que llevaba sus restos al cementerio de Berlín-Schöneberg pasó casualmente por un mercado de flores: viejos, jóvenes, los mismos mercaderes le lanzaron miles de rosas. Y con muchas de ellas la enterraron.

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