José Miguel Silva

Mientras se alista para participar de una gala de poesía en la Feria La Independiente que se realizará este sábado a las 8 p.m. en la sala Kuélap del Ministerio de Cultura, el poeta y académico acepta esta entrevista en la que comparte sus reflexiones en torno al proceso creativo y también se anima a tocar diversos temas como el proceso comunicativo y la utilidad de las redes sociales.

-¿Escribir sigue siendo una etapa sumamente obsesiva para usted?

En mi caso, la poesía es una especie de urgencia, visita o llamado que aparece cada cierto tiempo. Y a lo largo de mi vida esa visita regresa cada tres o cuatro años. Por ejemplo, terminé “La espalda de frontera” (Paracaídas Editores, 2016) y no he escrito más poesía. Ahora tengo apuntes para un par de poemas pero nada más.

-Entonces es algo que aparece por temporadas…

Sí. Cada cierto tiempo uno siente la necesidad de escribir. Uno mira, escucha las cosas de manera distinta, siente el lenguaje de otra manera y esa modificación, ese cambio en las percepciones, esa especie de desasosiego interior pide la escritura, la realización poética. Y en mi caso son lapsos que duran unos días, a veces unas semanas. Y en ese momento escribo los borradores de algunos poemas que luego corregiré con objetividad y a lo largo del tiempo.

-¿Es de los autores que casi se asocian con el editor o más bien de los que entregan el libro listo para la imprenta?

Normalmente dejo terminado el libro. En todas las aventuras de mis libros simplemente entregué el texto para que lo publiquen.

-Usted es muy crítico de las redes sociales y allí se repite mucho el cuestionamiento en torno a que “hoy cualquiera es poeta”. Es más, uno puede pagar su propio tiraje de ejemplares y publicar un poemario.  ¿Cuál es el filtro que define si estamos ante un buen poeta o ante lo contrario?

El único filtro es el tiempo. Percibo, eso sí, que hay una inflación poética. Hay muchísimas voces y posibilidades. Aunque eso ocurre en cualquier actividad que uno pueda imaginar. Son muchísimos los que están en el partidor, pero la cuestión está en que persistan, que no sea todo simplemente una aventura efímera. Creo que quien se encarga de seleccionar o señalar qué discursos, escrituras o aventuras poéticas son valiosas es el tiempo. Uno no sabe si lo que está haciendo es simplemente un incendio en el instante o algo que puede perdurar. Por ejemplo, mi termómetro no tiene que ver con un plazo temporal muy largo. Pienso que un libro es  bueno si después de 15 o 20 años de aparecido todavía es interesante y se sostiene. Si un libro o unos poemas, dos décadas después, aún soportan una lectura, pues significa que hay algo bueno en ellos.

-Dejando de lado el aspecto físico, sino más bien en su trabajo como poeta, ¿ha cambiado mucho Carlos López Degregori en las últimas dos o tres décadas?

He cambiado en lo que pienso, en mis convicciones y en mis ideas. Pero creo que poéticamente tengo una obra muy coherente, que se alimenta de sí misma. Yo siento que desde mi segundo poemario, “Las conversiones”, aparecido en 1983, he estado escribiendo casi un único libro. Y probablemente en lo que me quede de tiempo de vida seguiré insistiendo en él. Ahora, indudablemente hay ciertas constantes en el lenguaje. Existen cambios y transformaciones pero es una visión de la poesía que ha permanecido a lo largo del tiempo. Y un lenguaje que es fiel a sí mismo.

-¿Y los temas?

Mis temas van cambiando pero reaparecen libro tras libro. Por ejemplo, la identidad fracturada, el vacío, la desesperanza, el amor, la pasión. Son núcleos temáticos que están en todos los libros, y que son casi temas permanentes en la poesía.

-En estos tiempos de velocidad, urgencias, redes sociales y  gasto de ‘megas’, ¿cree que la poesía es contradictoria con el ritmo en el que fluye la sociedad?

Por supuesto. La poesía tiene su propio ritmo, su propia exigencia y su propio tiempo. Y este tiene mucho que ver con su tiempo interior. La poesía es principalmente una aventura que uno emprende con uno mismo. Es observar la realidad, las cosas, y descubrir en estas ciertas zonas que nos exceden, que son inexplicables, incomprensibles. Y el poema señala esos elementos. Yo creo que la poesía tiene su propio tiempo. Me parece que la poesía debe estar alejada de las redes sociales. Yo tengo Facebook pero cada vez lo visito menos frecuentemente. Uno pierde demasiado tiempo en él. Hay que postear menos.

-Parece demasiada información a la vez…

Sí. Es tanta la información y la banalidad, y me parece que las personas no se detienen a leer. El problema hoy en día con las redes sociales, con la literatura y con la poesía es la temporalidad cada vez mayor. Todo es instantáneo y rápidamente reemplazado.

(Portada de "La espalda es frontera")

-¿Y qué le dicen sus alumnos sobre esto? Porque muchos estudiantes dependen del Facebook…

Simplemente trato de entenderlos. No solo dependen del Facebook y las redes sociales, sino que la tecnología es para ellos la manera de relacionarse. Actualmente enseño cursos de lenguaje, es decir, un curso que tiene que ver con la cultura escrita. Y al entrar a clase veo a todos con su teléfono (en la mano). Y es imposible pelear contra los teléfonos porque ya forman parte de ellos (los alumnos). Luego llego a casa, tengo una hija de 27 años y otro que cumplirá 21 en dos semanas. Y este último casi duerme con el teléfono, porque esa es su manera de comunicarse. Si bien hay que entenderlos, me parece que ese no es el espacio para la poesía. Entiendo que hay algunos poetas interesados en las nuevas tecnologías, pero yo siento que mi universo poético está en otro lugar.

-Más celulares y cada vez más modernos no implican necesariamente una mayor ni una mejor comunicación…

Por supuesto que no. La incomunicación es el encierro personal, el autismo casi generalizado de toda la población. Esto es visible, muy evidente.

-¿Se pone a pensar cómo sería su vida si hubiera optado por ser médico?

Ese no era mi camino. En la vida uno va enfrenta varios caminos, posibilidades y alternativas. Y la mía no era la medicina, simplemente era un error vocacional cuando salí del colegio.

-A propósito de la publicación del libro “La voz oculta” (Fondo Editorial Universidad de Lima), del cual usted es uno de los personajes. ¿Qué gran enseñanza le dejó el poeta Eduardo Chirinos?

Fui muy amigo de Eduardo. Teníamos casi una pequeña hermandad y cuando él vivía en Perú nos veíamos con frecuencia. Luego,  cuando él ya vivía en el extranjero, retornaba a Lima dos veces al año: en medio año y en Navidad. Siempre nos reuníamos junto a Jorge Eslava y Ana María Gazzolo y conversábamos sobre muchísimas cosas. Sobre literatura, la familia, gustos y disgustos, no sé, de lo que nos pasaba simplemente. Siento un cariño y una hermandad muy grande hacia Eduardo.

-¿Si usted se pudiera evaluar como lector, cuál sería el veredicto?

Soy un lector desordenado. Generalmente el primer descubrimiento para las personas que escriben está en la lectura. En mi caso, descubrí la poesía cuando era niño porque a mi abuela le gustaba y me la leía. Entonces ese fue mi primer vínculo. Y a mí desde niño me gustaba mucho leer. Ahora, indudablemente mi infancia estuvo situada en otro momento. La televisión llegó al Perú a fines de los años cincuenta y se generaliza en los sesenta. El mundo, la manera que los niños tuvimos de relacionarnos, era distinta a la actual. Jugábamos, salíamos a la calle, y nuestra necesidad de ficción la canalizábamos mediante la lectura y el cine.

-¿Sigue disfrutando el cine tanto como hace un par de décadas? ¿Cada vez mira más o menos películas?

Sí (sigo disfrutándolo), pero me gustan cada vez menos películas. A veces trato de ver en Netflix o quizás volver a apreciar clásicos. Lo mismo me pasa con los libros. Más que buscar novedades, ahora trato de releer y buscar ciertas lecturas que las encuentro como ausencias y que las necesito. Por ejemplo, en este momento quiero leer algunas novelas del siglo XIX. Cada vez tengo en mis lecturas un menor interés por la actualidad, por los libros de moda. Poesía, por ejemplo, releo, o busco actores que probadamente me interesan.

-Si lo llevan a un país africano y le piden que se presente eligiendo un solo poema de toda su producción, ¿cuál sería?

Es una pregunta muy difícil. Creo que uno de los poemas que guarda un significado muy especial es el que cierra “Lejos de todas partes”. Se llama “Siempre es al sur”. Probablemente es uno de los que prefiero.

-Finalmente, ¿qué consejo le daría a los jóvenes que ansían ser poetas pero temen intentarlo por miedo al fracaso?

Les diría que habría que leer, vivir, caminar y, digamos, un poco afinar los sentidos. Hay que afinar la capacidad para ver, oír, cuestionar, y tratar de eludir las modas, las presiones de época y hacer lo que realmente sienten que deben hacer. Y si la poesía es realmente importante para ellos, pues que insistan, porque si no simplemente pasará como una  enfermedad juvenil.

(En "La voz oculta", Jorge Eslava compila entrevistas y diálogos con López Degregori y Eduardo Chirinos)

SOBRE EL AUTOR
Carlos López Degregori nació en 1952. Ha publicado una serie de libros entre los que destacan "Cielo forzado", "Las conversiones", "El hilo negro", "A quién debemos temer", "Flama y respiración" y hace un año "La espalda es frontera", editado por Paracaídas.

Actualmente se desempeña como profesor de la Universidad de Lima.

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