Ricardo León

Periodista. Editor de la sección Nacional

jose.leon@comercio.com.pe

-¿Por qué se insiste tanto en Tiwinza, que es un lote de selva y que en realidad es inhóspito y no le sirve a ambos países?
–Ahí, en la última guerra, hubo una situación muy importante. Ahí murió mucha gente que la defendió y está enterrada. Nosotros tenemos que defender Tiwinza.
–¿Tu preocupación es porque hay muchos soldados muertos y enterrados en esa zona?
–Claro.
–Piensa en Francia, Bélgica o Alemania. Hay mucha gente de otros países que han muerto en las guerras y hay cementerios de esas naciones. El cementerio es propiedad privada del otro país, pero el terreno no es parte de dicha zona; es como la Embajada de Lima. Entonces, ¿por qué no hacemos eso?
–De repente hemos llegado al punto, a la solución. Me gusta tu tesis.
–Sería sencillo. Nadie tendría que pelearse. Se quedan con Tiwinza, hasta le hacemos una carretera que vaya desde la frontera. Tiene un kilómetro cuadrado, pero solo como propiedad.
–Estamos encontrando una solución. Tomemos esto con prudencia.

Historia bajo tierra

Aquel 26 de octubre de 1998, el hoy comandante del Ejército Clever Chuquillanqui era subteniente y las noticias sobre los acuerdos firmados en Brasil los escuchó por radio en su puesto de comando de la Sexta Región Militar (hoy la Sexta Brigada de Selva). Un año antes, él había sido asignado al puesto de vigilancia 1, en el extremo norte del Perú, cuando a pesar de que habían transcurrido ya dos años del conflicto de enero y febrero de 1995, había todavía eso que él califica como “una especie de guerra fría”. Eran frecuentes las escaramuzas entre tropas de ambos países, que casi literalmente se miraban cara a cara desde ambos lados de la frontera.

Eran frecuentes, además, los reportes de bajas militares y civiles por la acción de minas antipersonales. Solo durante diciembre de 1996, pocos meses antes de la llegada de Chuquillanqui a la zona donde ocurrió el conflicto, un menor ecuatoriano de 13 años murió al pisar una mina en la localidad de Shaime, y tres militares peruanos corrieron la misma suerte en un sector cercano.

Fue recién a partir del 2013 cuando el trabajo de desminado humanitario se hizo intensivo, durante los gobiernos de Rafael Correa y Ollanta Humala. Coincidentemente, la última víctima de una mina antipersona en la zona posconflicto fue el suboficial del Ejército peruano Miguel Travezaño Méndez, quien perdió parte de los pies al tropezarse con una que había sido enterrada en el distrito del Cenepa, cerca de los ríos Cangana y Cenepa, donde realizaba trabajos de búsqueda y desminado. Esto sucedió el 14 de octubre del 2014, dos semanas antes del VIII Gabinete Binacional.

Pasaron los años y el trabajo de desminado culminó en los sectores de Cenepa, Santiago y Achuime, y se espera concluir el retiro total de minas en el sector Tiwinza para el 2024. Según explica Chuquillanqui, hoy jefe del Departamento de Operaciones de Desminado Humanitario y de Artefactos Explosivos Improvisados, en estos días previos al aniversario 20 de los acuerdos se están retirando las últimas minas antipersonales en el kilómetro cuadrado del cual hablaron De Trazegnies y Mahuad.

Días atrás, un equipo de El Comercio recorrió el kilómetro cuadrado de Tiwinza, luego de un recorrido terrestre y aéreo que replicó los movimientos de tropas peruanas que viajaron en 1995 hasta la zona del conflicto. Luego de viajar a la base de El Milagro (en Bagua), el aeropuerto El Valor y la base de Urakusa, el helicóptero del Ejército aterrizó en un pequeño helipuerto de esta inhóspita zona.

Desde el cielo se ve el hormigueo de los equipos de desminado de ambos países, al lado de los campamentos. Desde el suelo, esto es lo más parecido a un museo de la guerra. En este espacio irregular, cubierto de bosques y de historia, se libraron los últimos choques entre las tropas de ambos países. Cuentan algunos militares que pelearon en este conflicto que el enemigo se encontraba apenas a pocos metros de distancia, detrás de los árboles, tan cerca que no podían verse pero sí escucharse. En el kilómetro cuadrado de Tiwinza aún quedan armas ya carcomidas por la selva y por el tiempo, utensilios de cocina, equipos de comunicación, restos humanos. El fin del conflicto fue desordenado y confuso: nunca se sabrá exactamente qué ocurrió en este pequeño y remoto territorio en disputa. Además de minas, hay una historia entera por desenterrar.

Ministerio de Defensa: “Pocos países en el mundo tienen una zona tan complicada para el desminado”
​Esta semana, tras una gestión del Centro Peruano de Acción contra las Minas Antipersonas (Contraminas), del Ministerio de Relaciones Exteriores, el embajador de la República Federal de Alemania en el Perú, Stefan Herzberg, entregó al ministro de Defensa, general EP (en retiro) José Huerta, una donación de su gobierno de bienes y equipos destinados al proceso de desminado humanitario que se lleva a cabo en el sector de Tiwinza, en la frontera con Ecuador.

En diálogo con este Diario, el ministro Huerta reconoció que el desminado en la frontera es una tarea larga, difícil y a veces impredecible. “Muy pocos países en el mundo tienen una zona tan complicada para el desminado. Es inaccesible, abrupta y los mapas de minas han cambiado porque estas se han desplazado a través de los años con las lluvias”, explicó tras una ceremonia en el Cuartel General del Ejército, en San Borja.

El general EP Alan Torrico, comandante general del Comando de Operaciones Terrestres, indicó que aún quedan por encontrar y retirar unas 6.500 minas en la frontera, pero además reconoció que es posible que haya más, debido a que en varios momentos del conflicto, ambos ejércitos podrían haber dejado campos minados no declarados.

“Tenemos que devolver a las comunidades nativas de la zona un territorio libre de minas para desarrollar sus actividades como ancestralmente lo han hecho”, explicó.
En 1997, más de dos años después del conflicto con Ecuador, se suscribió la Convención de Ottawa, a la cual el Perú está suscrito. Esta convención se refiere a la prohibición del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonas, y a su destrucción.

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