“El precio de la educación”, un perfil de Jaime Saavedra
“El precio de la educación”, un perfil de Jaime Saavedra
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Este perfil de , quien seguirá como ministro de Educación en el primer Gabinete de Pedro Pablo Kuczynski (PPK), fue publicado el 3 de mayo del 2015.

La educación es sagrada. Por eso, ni los más cargosos congresistas se meten con él. Hace poco lo oyeron 5 horas, atentos como párvulos, mientras les explicaba el PEN (Plan Educativo Nacional).

Si Humala y Cateriano tuvieran que mochar el Gabinete, ni de locos pensarían en la cabeza de Jaime Saavedra, grandota para su discreto 1,60 m, una pera mecánica que se acelera si le recuerdas lo tacaños que somos –3,5% del PBI– con el futuro del país.

Lo que más me atrae de él es que ataca la educación sin ser educador. Ha llegado a ella por la tangente, sin golpear pizarra con mota ni tragar tiza. Con él, nada de palmas magisteriales ni “bandada de palomas que regresan al vergel”.

A ejecutar políticas públicas nomás, que para eso tiene el CV justo. Es doctor en Economía de la Universidad de Columbia en Nueva York y ha trabajado en la línea de mando del Banco Mundial en temas de desigualdad y pobreza. Y por eso, porque el mundo tiene esos desajustes explosivos, es que la educación cobra, en su cabezota, un sentido urgente, imperioso, imponderable.  

NATURE VS. NURTURE
Me preparé para conversar con un tecnócrata cortante, de poca palabra y mucha cifra; pero me envolvió en un tono pedagógico cunda. Después de todo, la escuelita sí se perdió un profe. ¿Cómo hiciste clic con la educación?, le pregunto, sorprendido de la confianza que me lleva a tutearlo. 

“Me interesó la economía del desarrollo, de la inequidad. Era un interés académico por entender las diferencias de ingresos, por qué a unos les va mejor que a otros en la vida, nature versus nurture, cuánto por ti mismo y cuánto por la suerte de donde caíste en este mundo”. Intentar responder esa pregunta ha llevado a muchos al activismo político, le digo.

“En mi caso fue a la investigación y luego a la tecnocracia. He tenido suerte, trabajando en el BM, viendo proyectos de igualación de oportunidades para que tu lugar de nacimiento, tus padres y el color de tu piel sean menos determinantes de a dónde puedas llegar”. Pregunta obligada: ¿El Perú es desigual? “El Perú es un país muy desigual todavía, pero estamos avanzando”. Conclusión preliminar: “El gran mecanismo igualador de oportunidades en el mundo y en los países industrializados es la educación pública. Si nos resignamos a una educación pública de baja calidad, nos resignamos a no crecer, a no desarrollarnos”.

El 3,5% del PBI es la miseria que dedicamos a educarnos. El Acuerdo Nacional, en el 2002, planteó que llegáramos al 6% del PBI, subiendo un cuarto de punto por año. ¿Vamos a seguir rezagados? “Hemos estado muy rezagados por mucho tiempo. Estuvimos en 3% durante décadas, y es difícil subir rápidamente. El año pasado se decidió con el presidente aumentarlo de 3% a 3,5%. La idea es hacer otro aumento el próximo año”.

A propósito de la voluntad política de gastar más plata en educación y de las facultades legislativas solicitadas por Cateriano, le pregunto qué proyectos de ley estarían incluidos en las facultades. “Podría estar la ley de educación superior técnica [no universitaria] y temas de infraestructura. Hay cosas que pueden seguir la ruta normal del Congreso y otras más urgentes. Eso lo evaluaremos”.

El ministro no se queda en el colegio. La universidad también le compete y le complica la vida. Y ponerse de acuerdo sobre ella es polémico como no lo es el pensar en el colegio. Defiende la Ley Universitaria que fue un parto de los montes para el gobierno y para su aliado, el congresista Daniel Mora. Y me lanza su visión crítica de la mistificada autonomía universitaria: “Por primera vez vamos a tener la posibilidad de generar una política sobre educación universitaria. Nunca la ha habido. ¿Adónde va la universidad peruana pública? ¿Cuál es su rol? Como estábamos acostumbrados a decir que la universidad es autónoma, no nos hacíamos esas preguntas. No habíamos dicho, por ejemplo, si queremos, como política pública, que la universidad enfatice la investigación y la formación de ciudadanos en tales carreras que se necesitan más”. Todavía le queda al ministro la pelea por ver esa ley reglamentada. Acostumbrado a los consensos del colegio, tendrá que pisar los callos del campus.

“JAIMITO, NO ESTÁ MADURO”
Cuando le repito que no es educador de formación, el ministro se pone evocativo. Resulta que, en casa, sí hubo una maestra de escuela, de las de mota y tiza, María Esther Chanduví: “Mi mamá fue profesora de colegio público y me preguntaba por las tareas, me tomaba la lección y me decía: ‘sí lo sabes pero no está maduro, tienes que madurarlo’. Mi abuela también fue profesora y mi tía fue una de las primeras doctoras en Pedagogía en la PUCP en 1947. Mi padre [José María Saavedra] era médico pediatra. Mi papá y mi mamá son una excelente combinación. Ella con esto de la excelencia y él, siendo médico pediatra, con este tema de ayudar a los demás, de la solidaridad. Era médico en el Hospital Militar y tenía fama de que hacía pasar a la esposa del soldadito y no importaba que estuviera esperando la esposa del general”.

Ahora que habla de sus padres, veo otro rasgo marcarse en su perfil: no es el del tecnócrata rígido, porque se preocupa en no proyectar esa frialdad. Tampoco es, ya me quedó clarísimo, el del pedagogo que llegó al Minedu como al último peldaño de su escalafón. Es, ahora lo veo, el del pediatra que hizo un diagnóstico –acertado, que para eso se ha preparado– y muestra su mejor semblante para comunicar a los padres qué es lo necesario para su hijo.

El doctor puede equivocarse o prescribir sin la certeza de que el remedio surtirá efectos. La economía del desarrollo y del capital humano tampoco es una ciencia exacta. Simplemente, te da las herramientas para confiar que estás haciendo lo correcto. Por eso, Jaime Saavedra no promete ni profetiza. Ni siquiera lo hace cuando le toco el roche de la prueba PISA. Pero se lo lanzo de forma proactiva: ¿fue útil enterarnos de que éramos los últimos? “Pasó un mes después de entrar [a su gestión]. Últimos no es lo mismo que penúltimos. Es un símbolo, un mensaje muy importante para alinear los intereses de la gente, para darse cuenta de que tenemos un problema. Fue una cachetada a la sociedad peruana. A fines de este año habrá otra prueba”. ¡Pero no vamos a ser últimos! “No sabemos quiénes participarán. Si fuéramos últimos, el ministro seguro sería interpelado [ríe]. Creo que no vamos a salir últimos, pero el punto central es mejorar”.

Claro que merecíamos la cachetada. Sirvió, además, para una toma de conciencia que el ministro considera crucial: “Ha habido un cambio importante en esa resignación de que la educación pública fue, es y será siempre un desastre. Eso es absolutamente falso. Y lo que hay que hacer no es física nuclear. El 75% de los colegios son públicos, hay que invertir en educación pública y lo estamos haciendo”. Quiero absolver una duda. ¿Es bueno ampliar las horas de estudio o es mejor preocuparse por los contenidos? ¿Cantidad o calidad? “Las dos cosas. La cobertura de educación inicial todavía no llega al 100% y en secundaria tenemos 12% de deserción [principal variable asociada a la delincuencia]. A mediados de los 70 se tomó la decisión incorrecta de reducir el horario escolar, y se hicieron turnos. El colegio debe seguir siendo parte de la vida del chico por más tiempo. Tenemos un déficit de infraestructura de 63 mil millones, una monstruosidad, 10% del PBI, y lo estamos reduciendo lentamente”. ¿Y hay que abrumar a los chicos con tareas? “Si es investigar, reflexionar, responder preguntas complicadas, es una buena tarea. Si es larga y aburrida, entonces es una mala tarea”.

El ministro asegura que Humala se ha hecho cargo de las urgencias del sector. Que lo más difícil fue hacerle entender que había que corregir el retraso histórico en los salarios de los maestros. Pero coincidió con él en la importancia del inglés como segunda lengua y en los colegios para becarios: “Le dije: ‘hay que hacer 5 colegios más’, y me dijo, ‘¿por qué 5?, hay que hacerlos en todas las regiones’. Un colegio [como el Colegio Mayor, ¡Alan, chúpate esa!] es muy poco, es una anécdota. Más colegios sí son una política”. Su agenda está cargada y la lección se acaba. No hay tiempo para más preguntas. Me llevo tarea a casa.

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