(Ilustración: Giovanni Tazza / El Comercio)
(Ilustración: Giovanni Tazza / El Comercio)
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

He aquí un ismo tardío. Era raro que algo de tanto impacto como la minería, con economías enteras girando a su alrededor y ciudadanos enardecidos, no tuviera una etiqueta despectiva. Así que, a fines de los 90, la palabreja ‘extractivismo’, que se solía usar en asociada a la tala de árboles, pasó al terreno de la minería y los hidrocarburos.

A los pocos años, ya no era extractivismo a secas, sino ‘nuevo’ o ‘neo’ extractivismo. El uruguayo Eduardo Gudynas, entre otros teóricos y militantes de la preocupación ambiental, vivieron un dilema: muchos de sus correligionarios se enrolaron en gobiernos de izquierda o progresistas, como los de Rafael Correa en Ecuador, en Bolivia o el propio Hugo Chávez en Venezuela y hasta Cristina Fernández en Argentina, a gestionar economías en gran medida dependientes de recursos naturales extraídos intensivamente para la exportación.

Que fuera petróleo como en Venezuela y Ecuador, gas natural como en Bolivia o soya como en Argentina, no cambiaba la valoración negativa de esos extractivismos y obligaba a una redefinición. Eran nuevos porque entrañaban el afán de los gobiernos progresistas de capturar la renta para usarla en sus programas sociales.

Frente a ese nuevo extractivismo, Gudynas, junto a otros intelectuales y militantes ambientalistas como el ecuatoriano Alberto Acosta (fue ministro de Energía y Minas de Correa) y el peruano Carlos Monge, postuló un posextractivismo, que diversificara la producción y las fuentes de recaudación fiscal. Hasta rescataron un lema prehispánico, el ‘sumak kawsay’ o ‘buen vivir’, que postula explotar solo lo necesario en armonía con la naturaleza y con las urgencias reales de la sociedad.

—Quiero plata—
desafía todas estas estrategias y convicciones. Si en Conga la resistencia de Máxima Acuña, la tradición agraria, la sugerencia del turismo vivencial se plantearon como símbolos de ese buen vivir alternativo, aquí la minería se acepta.

En el Apurímac y el Cusco de Las Bambas no se discute. El pleito es otro y tiene que ver con pagos y reparaciones. Ellos están en el discurso de los dirigentes antes que los reclamos ambientales y de desarrollo comunal. Esto puede explicar por qué la prédica de Marco Arana y el Frente Amplio no caló por allí como sí lo hicieron la asesoría y la aritmética de los hermanos Frank y Jorge Chávez Sotelo.

Los pobladores de la zona de influencia de la mina, antes que les sugieran alternativas ecoamigables pero poco rentables, prefieren oír a abogados que les digan cuánto y cómo sacarle a MMG. Cooperacción, ONG ambientalista con presencia en la zona, ha acompañado el proceso a cierta distancia, tratando de sonar más prominera de lo que su inspiración ambientalista manda.

Llamé a Gudynas a Montevideo. Me contó, risueño, que está prendido todos los días de los medios peruanos. Las Bambas es crucial para todos los bandos. ¿Qué le molesta más?: “La mercantilización de la política. Hacer creer que todo se resuelve con plata es una ilusión de la política peruana”, me dice. Le digo que ello también se puede achacar a los comuneros y a su defensa. “No los culpemos, han sido entrenados y orientados a pensar de esa manera. Si el Estado, la mina, todos hablan en polaco, la comunidad hablará en polaco”.

No todo se puede resolver con plata. Sí, pues. No se puede pagar por contaminar o por poner en riesgo la salud, pues allí el Estado tiene un mandato protector. No se puede pagar a la comunidad, tampoco, por emprender obras de envergadura que corresponden al Estado o a los gobiernos locales.

¿Pero cuál es el problema de que la comunidad negocie y regatee con la mina pagos de servidumbre de paso o reparación por terrenos tomados y campos arrasados? Gudynas insiste en deplorar la mercantilización: “La política atraviesa una seria crisis de confianza, el acuerdo mercantil degrada aun más la crisis”. Yo creo que la negociación puede involucrar varias capas, pero Gudynas es firme en su punto.

Le pregunto si con Las Bambas y la ausencia de discusión ambiental estamos en una suerte de ‘pos-posextractivismo’, pero no recibe de buen modo mi invitación a jugar a costa de sus palabras. Rehuyendo la etiqueta, me dice que, más bien, ve en Las Bambas “la acentuación del extractivismo clásico”.

Es sintomático que un ex frenteamplista y hoy congresista de Nuevo Perú por Apurímac, Richard Arce, haya estado cerca de las negociaciones y hablado amigablemente del esfuerzo dialogante.

Después de todo, sí soplan otros vientos que no refrescan a todos por igual. Y ha habido avances en las políticas ambientales del Estado y los estándares a que las mineras están obligadas. Las preocupaciones ambientales ya no son solo de un extremo, y la renta minera no es algo que pueda excluir a las comunidades y zonas de influencia, aunque cueste tanto ponerse de acuerdo.