Ilustración: Giovanni Tazza
Ilustración: Giovanni Tazza
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Luego de semanas de ‘comisionitis’, tragando sapos, soportando los cambios de humor y de ritmo en el fujimorismo; la bancada oficialista creyó que el 4 de octubre había logrado un producto decoroso para llevar a referéndum.

No se aprobó la paridad, pero tampoco el vizcarrismo se desvivió por ella. Les quedaba el consuelo de que se puede legislar al respecto sin reforma constitucional de por medio, pues de género no habla la Constitución. Lo de la cuestión de confianza (CdC) disminuida por inspiración de los apristas Mulder y Velásquez Quesquén y de 'Vitocho' García Belaunde, más los votos fujimoristas, les dolió. Pero no hicieron cuestión de Estado por un asunto que no es crucial para la bicameralidad. Tenían otro consuelo respecto a la CdC: pronto el TC responderá a una demanda planteada por la bancada ppkausa cuando se introdujo al reglamento del Congreso un cambio que la limitó. Gilbert Violeta, portavoz de esa bancada, me dijo que creía que se resolverá a su favor y, aunque puede tener efecto directo sobre un reglamento pero no sobre la Constitución reformada, alentaría un futuro debate y corrección. A fin de cuentas, el efecto del referéndum sobre la CdC recién se aplicará en el 2021.

Quizá pesó más para Vizcarra que la no reelección no fuera absoluta pues, según el fraseo votado en el pleno, no se aplicará a los actuales congresistas. Esa fue una idea palaciega que la bancada oficialista se tragó con la misma resignación que los fujimoristas. Y fue un logro, vaya que sí, que las otras bancadas decidieran aumentar el número de 130 congresistas a un combo de 130 diputados y 50 senadores, con un candado presupuestal para no asustar al elector con el cuco de 'más gasto en otorongos'.

Por todo eso, a los congresistas propios y a los ajenos les pareció justo y necesario que el jueves 4 el presidente apareciera entrevistado en TV Perú agradeciendo al Congreso. Sin embargo, un refunfuño interior, un afán de pinchaglobos, ya se maceraba en él.

—Eso no es así—
Pasado el fin de semana y luego de los deplorables resultados electorales del fujimorismo, el presidente cambió de opinión. El martes en la mañana apareció dando el giro espectacular. No sabemos –vaya hermetismo palaciego que cuesta penetrar– si el presidente decidió solo o en compañía, pero el “a esto le decimos sí, a esto le decimos sí [...], pero a esto le decimos no” es fina dramaturgia con suspenso en la que podría haber participado el asesor en comunicación Maximiliano Aguiar.

Pero el giro en sí mismo parece ser puro Vizcarra. Es más, hace recordar cuando fue entusiasta titular del proyecto de Chinchero y luego se apartó de él. Pero aquello a lo que ahora dice que “no” es de mayor trascendencia que Chinchero. En la reunión que el martes tuvo con su bancada, me cuentan que Carlos Bruce se lo dijo muy claro: la bicameralidad sería la primera gran reforma que cambia el diseño político que impuso el fujimorismo tras disolver el Congreso en 1992. Pero el presidente estaba decidido.

—Quien cambia primero—
Tras el “no” del estribo, la bancada no solo estaba desconcertada, estaba molesta. Algunos, como Juan Sheput y Violeta, alegaron excusas para no ir a la convocatoria a Palacio. No les hace gracia ir a que simplemente se les notifiquen de hechos consumados sin haberlos oído.

Alguien que estuvo en la reunión me contó que varios se mostraron ariscos con el presidente y que a Villanueva se lo notaba tan incómodo que parecía ajeno al giro, a diferencia del ministro Vicente Zeballos. Vizcarra se dedicó a convencerlos. Cuando algunos le recordaron la entrevista en la que agradeció al Congreso, este les confesó que se sintió forzado a hacerlo, pues si en ese momento ponía objeciones, se hubiera interpretado como un afán de buscar el cierre del Congreso y no es lo que quería.

Aunque el presidente no se lo dijo a los congresistas, algunos de estos sí creen que la debacle electoral de Keiko fue tomada en cuenta en el giro de Vizcarra. Lo que no sabía, me aseguran, es que la detendrían. La seguridad con la que hablaba de su “no” parecía estar anclada en ‘focus groups’ evaluados por su equipo. Y vaya que su “no” tiene respaldo popular: la bicameralidad bajó de 53% a 35% de aprobación en el sondeo Ipsos del fin de semana. De todos modos, su bancada no pierde la esperanza de doblarle el brazo.