Liliana Michelena

Si la campaña presidencial en curso se le antoja un concurso de egos, es más que una coincidencia. La competencia por liderar el país durante los próximos cinco años es solo la iteración republicana de la lucha primitiva por ser el macho alfa de la manada. “Los humanos podemos estar en la cumbre de la filogenia, pero nuestro comportamiento sigue siendo muy similar al de un primate”, afirma Miguel Figueroa, psicobiólogo y director creativo de la consultora de neurocomunicación La Neurona Reina.

Como miembros honorarios del reino animal, transmitimos nuestros mensajes con el cuerpo, una forma de comunicación innata y, a veces, involuntaria. “Nuestro inconsciente asimila tan rápido que nuestros gestos pueden llevar una conversación paralela incluso cuando la racionalidad no lo ha notado”, apunta Figueroa.

Las expresiones o movimientos que apuntan hacia arriba, como la sonrisa o los brazos elevados, son siempre positivos y llaman a la acción. Mostrar lados blandos (como el cuello o el interior de los antebrazos) genera simpatía en el otro y proyecta la idea de que no hay nada que ocultar. Al contrario, mostrar lados duros, pegar las extremidades al cuerpo o taparse los ojos o la boca con las manos transmite incomodidad y deseos de protección.

Gestos que consideramos como parte del circo, como disfrazarse a la usanza local o repartir besos y abrazos al por mayor, también pertenecen a este espectro elemental de comunicación: lucir parecido al otro (isopraxis) y saber acercarse al público (proxemia).

El especialista recalca que el éxito de uno u otro estilo tiene mucho que ver con el destinatario. “El arquetipo de autoridad puede ser positivo cuando corresponde con lo que la gente necesita; ahora, al contrario, el público busca novedad y alternativas”. Y es eso, más que las propuestas por escrito, lo que podría definir esta contienda.

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