Liliana Michelena

La mirada por el retrovisor –propio o ajeno– tiene un efecto humanizante. Las fotos antiguas tienen en común una esperanza que solo en ocasiones concuerda con los resultados. Es razonable imaginar que entre los políticos ocurra lo mismo. Siendo su profesión la frontera entre la persuasión y el embuste, mirarse a los ojos y mantener la conciencia tranquila debe demandar algunos extremos de racionalización. 

El autoengaño podría residir en la diferencia entre los ideales con iniciales y los que ahora persiguen –si alguno–, y no en las cualidades personales que ellos mismos crean poseer.

Estudioso de la moralidad y la mentira, el psicólogo cognitivo estadounidense Dan Ariely explica en “Por qué mentimos” (Ariel, 2012) cómo las personas viven ejecutando pequeños engaños, pero solo hasta un nivel que les permita conservar ante sí mismos la imagen de individuos razonablemente decentes.

 A menos que uno sea un sociópata –la posibilidad no está descartada–, los políticos van creyéndose sus propias historias, trampita por trampita. Los electores, que hacen el mismo ejercicio a la hora de votar, deberían saberlo mejor que nadie.  La medianoche de mañana, 11 de enero del 2016, se baja esa bandera.

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