Logos vemos, caras no sabemos [INFORME]
Logos vemos, caras no sabemos [INFORME]
Liliana Michelena

Durante el último cuarto de siglo, los candidatos a cualquier cargo público supieron llenar las cédulas de votación de figuras y colores que apelaban, por lo menos, a una efímera recordación. Lapicero en mano, muchos indecisos realizaron a última hora la triangulación entre un símbolo, un personaje y –de vez en cuando– una propuesta convincente. El ejercicio nemotécnico será más sencillo el próximo 10 de abril, cuando los candidatos principales se presenten en la cámara secreta con una K, un PPK multicolor, una A y una T. Solitaria, la estrella es rezago de otros tiempos, y hasta de otro partido.

En las elecciones peruanas no se consignaron símbolos partidarios en las cédulas hasta 1980, primera votación que incluía a la población analfabeta. Para entonces, la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) contaba desde hacía décadas con un símbolo inspirado en la estrella soviética. “El Apra se empieza a organizar en 1924 y en 1925 termina de afianzarse como alianza continental en París”, explicó Carlos Roca a El Comercio en el 2010. “Ahí se aprobó el programa máximo que constó de cinco puntos, los cuales quedaron representados en la estrella con el mismo número de puntas”.

Se desconoce quién fue el autor del dibujo original y de la tipografía de regla y compás, pero su creación es uno de los últimos logos portadores de cierta identidad y personalidad partidaria vigente. A pesar del giro ideológico, que dejó sin sentido la figura y el color, la estrella perduró a pesar de un gobierno desastroso, se ha modernizado hasta bailar reggaetón y ha sobrevivido a ser barrida por las escobitas del Frente Independiente Moralizador (FIM) en un spot televisivo de las del 2006.

Marca con un aspa
Otro partido que estrenó su abreviatura gráfica en 1980 fue Acción Popular. Diseñada por Miguel Alva Orlandini (hermano de Javier, ex presidente del Senado), la lampa con el fondo de una bandera peruana inclinada tiene sus orígenes en 1963, cuando el presidente Fernando Belaunde acopiara estas herramientas en Palacio de Gobierno para el programa de Cooperación Popular. Su peregrinaje por todo el país le había ganado el favor de los campesinos, y el partido supo recogerlo con una imagen que lo devolvió a la presidencia después de la dictadura militar.

“Si el objetivo final es que el electorado acierte al marcar, las características de un logo tienen que ser rápidamente reconocibles, porque compiten unas contra otras y con el ruido mediático que rodea una elección”, explica Humberto Polar, CEO de la agencia de publicidad FCBMayo. Más allá del contenido ideológico que pueda cargar, un logo es efectivo si logra la recordación esperada con cada repetición. En los últimos años, distintos candidatos han cortado camino a través del juego fonético (la olla de Ollanta en el 2006) o un emblema nuevo para cada ocasión (Cambio 90, Perú 2000, Fuerza 2011), hasta llegar a la sopa de letras de la próxima cédula.

Yo mismo soy
La muerte de los partidos queda en evidencia por la cantidad de iniciales que funcionarán como logos en las próximas elecciones. “Demuestra que somos un país presidencialista y que los candidatos son más egocéntricos que ideólogos”, afirma Jorge Salmón, publicista veterano de la campaña del Fredemo en 1990.

Para Polar, un emblema de estas características es mucho más directo y no desvía la atención de la lección principal: que las personas no se relacionan con un discurso en general, sino con una persona. “Un símbolo gana cuando todo el mundo lo identifica, como la K de Keiko o el colorido de PPK, que se ganan un lugar en el cerebro del elector”.

“Los logos como trabajo profesional están buenos”, comenta. “Lo que está pésimo es la política”.

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