Carmen McEvoy está entusiasta con los nuevos sentidos que adquiere la celebración del Bicentenario. (Foto: César Campos/GEC)
Carmen McEvoy está entusiasta con los nuevos sentidos que adquiere la celebración del Bicentenario. (Foto: César Campos/GEC)
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

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Está en Sewanee, Tennessee, cumpliendo con su cátedra de historia en The University of the South. “Trabajo en EE.UU. pero vivo mentalmente en el Perú”, ríe , pero es en serio porque preside la Comisión Consultiva del Proyecto Especial Bicentenario y tiene constantes reuniones con historiadores que están levantando, para difundirla, la memoria de 200 años de república.

— ¿Lo sucedido en las últimas semanas te hace sentir que ya estamos en compás de espera del Bicentenario, que se están produciendo muchos significados en torno a él? ¿Esto te entusiasma?

Muchísimo. El ahora tiene un sentido. Estábamos en esta vorágine de vacancia, pandemia y caos y no se encontraba una narrativa. Nos habíamos propuesto en la comisión difundir entre maestros y escolares cuáles eran los nudos que habían imposibilitado que esta república despegara. Porque vemos el presente y la república no ha terminado de despegar. Tenemos dos ministros en la comisión [participan en la colección nudos de la república], antes de que fueran nombrados, Ricardo Cuenca [Minedu] y Waldo Mendoza [MEF]. Entonces aparece este momento de viraje, inesperado. El Perú tiene eso, los que trabajamos con la historia sabemos que el Perú nos va a dar sorpresas, porque el Perú busca su camino, lo encuentra y nosotros nos desviamos, como hace 20 años que encontramos el camino con Paniagua.

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—Hablando de transiciones, ¿recuerdas en nuestra historia otros momentos como éste y el de Paniagua? David Samanez Ocampo, que presidió una junta de gobierno antes de las elecciones que ganó Sánchez Cerro es un antecedente?

Antes, quiero decir que los jóvenes plantean una segunda independencia que no solo se quede en lo político sino que vaya a lo económico y a lo social. Lo que dijo el presidente [Sagasti] en su discurso de Huaura: una república de oportunidades. Porque esto está amenazado. Sobre tu pregunta, lo de Samanez es un antecedente, pero veo un momento parecido, aunque con la violencia del sXIX en el asesinato de José Balta [en 1872], que significa un quiebre y la implosión del estado guanero, de un estado demencial. Creo que ese momento es muy parecido aunque no hay un gobierno de transición, lo que hay es un proceso electoral que se va a definir en la política de la calle. Salen 15 mil personas cuando se enteran de que Balta ha sido asesinado por los hermanos Gutiérrez, que apostaban a ese sistema prebendario que Balta había dicho que tenía que terminar. Balta dice hay que aceptar la realidad, que es la elección de Manuel Pardo. Hay una conexión fascinante. El 16 de noviembre es una fecha que muchos han recordado últimamente [ese mismo día se elige a Paniagua presidente del Congreso igual que a Sagasti]. Pardo es un gobierno civil después de 50 años de gobiernos militares y llega este hombre brillante y rompe con la tendencia. El 16 de noviembre de 1878 es asesinado en la puerta del Congreso y el abuelo del presidente [estaba en el batallón Lima 8, que surgió del batallón Pichincha tras la disolución de este por haber estado involucrado en el asesinato] podría haber presenciado el crimen del gran reformista del sXIX. Si esto es así habría un montón de claves.

—Una clave es que Paniagua tenga un libro póstumo sobre Pardo, que tú presentaste.

Fue el que más admiró de los políticos del sXIX. Son los caminos que se encuentran. Entonces, si hay tantas coincidencias ojalá que esta transición sea exitosa. El problema es esta frustración de apostar por el cambio, porque los gángsters no sigan manejando la política y siempre perdemos.

—¿Tras nuestras crisis observas resiliencia? Es un factor universal, ¿pero tiene un acento peruano?

Creo que sí. Pardo decía, “Perú, país de impresionantes convalescencias”. El problema es curar a este enfermo que resiste todo. Estabilicémonos para no vivir en una permanente enfermedad y que cada 20 años regrese la crisis. Tenemos una gran energía vital. Lo que cuenta la madre de Inti [Sotelo], que le dijo “me voy a defender a la patria”, cuando se fue de la casa, me conmueve. Inti significa sol, en la energía solar que adoraban los incas.

—Alguna vez me hablaste del voluntario como un héroe de nuestro tiempo. ¿Lo confirmas ahora?

Sí, es la voluntad puesta al servicio del bien común, es un cambio de paradigma que va a tardar, hay mucho aferrarse a mi metro cuadrado. Pero por otro lado hay una nueva generación que habla de una entrega de tu tiempo a los demás. En la comisión del bicentenario le damos mucha importancia a los voluntarios que se preocupaban de los enfermos en la pandemia. Hay que mover estas energías juveniles.

—Y hay que reconocer sus diversas identidades de tribus, desde barristas hasta gamers, ese es un fenómeno nuevo.

El primer ministro Ántero Flores-Aráoz era como un extraterrestre caído de otra era. No le contestaba el teléfono el presidente, cuando todos estamos en la intensidad del tiempo de las nuevas tecnologías. Hay que entender a estas tribus urbanas con sus nuevos códigos. La política tiene que actualizarse y reinventarse. Pero esto no es una novedad. La política de la calle ha marcado la historia republicana. No hay que olvidarse de la caída del protectorado, de Bernardo Monteagudo que estaba interviniendo las elecciones y quería imponer su modelo de monarquía constitucional. La gente salió a las calles. Luego salió en el 33, cuando Gamarra quiso controlar la sucesión presidencial. La política de la calle está muy asociada con el republicanismo, es consustancial a él. Ahora, las redes, la tecnología, las tribus la potencian.

—Sagasti ha sido aprobado de alguna manera por la calle.

Primero que nada, es un presidente que escribe libros. Estos son los virajes de montaña rusa peruana. De un personaje que con las justas articula algunas ideas como Merino a uno superarticulado comoque desde hace 50 años estudia al Perú. En algún momento se dio cuenta de que tenía que entrar a la política. Tiene todo el instrumental teórico y práctico para poder recibir la pelota. No hemos explorado tanto el azar como en este libro fantástico de Basadre, “El azar en la historia”. Es como que el Perú dice ‘bueno ahora te toca a ti personaje ilustrado, demuéstrame que estás a la altura de las circunstancias’. Hay también una tradición ilustrada en el Perú. Hay de donde agarrarse, vamos a salir porque tenemos de donde agarrarnos. Ahora también hay que tener sentido de la realidad y no tener esa inocencia de pensar que con las buenas maneras se va a desactivar una mafia que sigue conspirando.

—Vizcarra te suscitó, en una columna, una reflexión sobre el caudillismo y la traición en la historia de la república.

Es un producto de la política provinciana en la que para sobrevivir tienes que ser como Zelig, el personaje de Woody Allen, que está cambiando para sobrevivir. Es parte del viejo orden, no nos trae nada nuevo, es una extensión del tradicional caudillismo, con sus redes, su sinuosidad, una mirada poco elaborada sobre el proyecto nacional y el bien común. El caudillo siempre piensa en su pequeña localidad, por eso estaba rodeado de moqueguanos. Lo que se necesita son estadistas con una mente moderna que entienda los cambios tecnológicos y el nuevo paradigma.

—Es un caudillo sin partido, ¿eso lo hace más propenso a la traición del entorno?

Y a la traición a la institucionalidad. Hay que paralelamente explorar estas nuevas energías. Alberto Vergara ha dicho que hay una suerte de transfusión de sangre. No hay que olvidar que al final el conflicto se resolvió en el Congreso de la república. El protocolo institucional es importantísimo.

—Vizcarra será candidato al Congreso del partido en el que Daniel Salaverry es candidato presidencial. Uno traicionó a PPK, el otro a Keiko. ¿Qué dice la historiadora, son signos o casualidades?

¡Son signos! Es como si hubiera un dramaturgo, Pedro Camacho escribiendo libretos, creando estas historias, a los vacadores, los traidores, como diría mi mama ‘Dios los cría y ellos se juntan’. Y el partido se llama Somos Perú, es como un guiño al auditorio, esto es la traición pura que hay que erradicar. Hay que leer los signos y tener el realismo para decir este sainete tiene que terminar. Tenemos que vivir en paz y conversar de construcciones, de salud pública, de tecnología de punta, y no de estas radionovelas en las que los protagonistas solo quieren sobrevivir y les importa un pepino el proyecto nacional. Se apoderan de la narrativa como si no fuéramos capaces de crear una propia. Pero mira este símbolo: unos días después del levantamiento, Susana Baca gana un Grammy con un disco de pura esperanza en que, cuando parece que todo está perdido, ella viene a ofrecer su corazón. Hay que dejar atrás la comedia de errores, el teatro de lo absurdo que estamos cansados de vivir. Hay que dejarlo atrás como si fuera la prehistoria de la república y entrar a la república en sí, de oportunidades, de igualdad, de justicia, de felicidad.

Los héroes colectivos

— Los jóvenes que esgrimen su propia definición, ‘generación del bicentenario, tiene héroes juveniles surgidos casi por accidente. ¿Qué tan distinto a la generación del centenario con ilustres prohombres?

Es impresionante seguir la pista de las conmemoraciones. 50 años después de 1821, en 1871, estábamos al borde del asesinato de Balta, o sea nos acompaña esa suerte de tarea no cumplida que te lleva al desorden. Después, el centenario es Leguía con la patria nueva, sus intelectuales orgánicos. ¿Pero cómo termina? Con golpe de estado y muere en un hospital. En 1971 viene Velasco, trae la figura de Túpac Amaru, la reforma agraria, y acaba enfermo con una contrarrevolución en su seno. Ahora, lo fascinante de este momento es que vemos actores colectivos. Las figuras representativas son estos dos chicos vilmente asesinados. Los chicos en la calle dicen ‘tu no me representas’. El tema de la representación ha primado. Me ha conmovido la presencia de la bandera peruana con su escudo, es un nacionalismo sano en búsqueda de una identidad que aún no podemos definir. Y es conmovedor ver rituales en las esquinas con velas y flores. Basadre decía, “Perú, país dulce y cruel”. La lucha de los jóvenes es por la democracia pero también por la participación y el reconocimiento de una generación que salvo a Paniagua, que probablemente no recuerden, no han conocido presidentes que no estén envueltos en denuncias y delitos.

—Se han producido muchos significados estas semanas. Uno es el de la ‘generación que desactiva bombas’, dando a entender que las anteriores fueron destructivas.

Es una generación con sentido del humor, que hace rituales festivos, con alegría y batucada. Otro elemento que la caracteriza es la solidaridad. Hay que ponerlo en la agenda del gran diálogo que debemos tener: que estamos en un cambio de era, que caminamos hacia un nuevo paradigma, los libros de historia van a hablar de este momento. Y está en nuestras manos que coincida nuestro bicentenario con esta gran ola que se está dando en el mundo, de sed de democratización, de provisión de servicios, de felicidad para las mayorías.

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