Ilustración de Alejandro Toledo en la audiencia de ayer. El exmandatario aparece con su abogado Graham Archer y el profesor Martin Carnoy. (Ilustración: Vicki Behringer en exclusiva para El Comercio)
Ilustración de Alejandro Toledo en la audiencia de ayer. El exmandatario aparece con su abogado Graham Archer y el profesor Martin Carnoy. (Ilustración: Vicki Behringer en exclusiva para El Comercio)
Liliana Michelena

“Sus derechos humanos”, requintaba Eliane Karp. “Están violando sus derechos humanos”. Cinco horas y cuarto después del inicio de la audiencia, –a través de su abogado Graham Archer– tuvo que interrumpir la exposición del Gobierno Estadounidense. Tenía que ir al baño.

Apretando los puños, Karp se puso de pie. Se dio media vuelta, en dirección a los guardias. Se agarró de la barra. Toledo volvió del receso cuando ella aún mascullaba; le dedicó un guiño y una media sonrisa. No funcionó.

“Bájale”, articuló Alejandro Toledo con los labios, mientras gesticulaba con la mano. “Es una mierda”, continuó Karp. “No existen derechos humanos en este país”.

—La soledad—

La jornada fue larga y, para impaciencia de las partes, sin decisión al final. Por seis horas y media, la defensa de Toledo y la fiscalía de EE.UU. presentaron testimonios y evidencias para determinar dónde tener al expresidente mientras dure el proceso de extradición que se le sigue.

En octubre pasado, el juez federal Vince Chhabria había determinado que Toledo no podía continuar en encierro solitario en la prisión de Santa Rita. Si no, tendría que ser liberado bajo fianza. Casi inmediatamente después de haber sido trasladado a Maguire, en el condado de San Mateo, Toledo compartió un espacio más amplio hasta hace dos semanas, y podría recibir nuevos compañeros tarde o temprano. Para la defensa, estar solo en un lugar más grande no resulta mucho mejor. Así cuente con circulación libre en un salón de TV y uso casi irrestricto del teléfono.

“Las condiciones de encierro, por su edad y su estado de salud, configuran una condición extraordinaria para su liberación”, recalcó Archer.

Quizá por el paseo a San Francisco, o por la amplitud de la sala, comparada con su celda, Toledo parecía contento. Llevaba el pelo corto, como en sus años de presidente, y una polera naranja sobre el uniforme rojo de siempre. Encorvado y de párpados cansados, pero sonriente y animado cuando conversaba con Archer y cuando miraba a la tribuna.

Difícil evaluar los ánimos de un preso en sus minutos de libertad. Por eso, la defensa convocó al psicólogo social Craig Haney, experto en el impacto del confinamiento solitario. Haney, quien entrevistó a Toledo el 16 y 28 de enero, determinó que Toledo está “bajo una forma severa de aislamiento social” que le causa depresión, ansiedad, deterioro cognitivo y pleno sufrimiento. “Tengo gran preocupación por su bienestar, incluso entre las dos fechas que conversamos lo vi deteriorarse”, explicó.

Para el psicólogo, la medicación que recibe para la ansiedad y la depresión no lo alivia, como no lo alivió el cambio de Santa Rita a Maguire. Entre los síntomas ha notado temblor en las manos y los labios, olvidos y confusión al hablar. “‘Estoy solo, estoy solo’, me repetía, y me decía que se sentía al final de la línea”, agregó. “La prisión causa tensión, pero el aislamiento lo duplica”.

El profesor Martin Carnoy, viejo amigo y colega de los años en Stanford, fue llamado a testificar sobre su parte de la fianza, pero también respondió por su salud. Carnoy, quien patrocinara el regreso de Toledo a su alma máter tras la elección del 2016, asesoró al expresidente en su próximo libro que, con Toledo en la cárcel, tuvieron que terminar juntos, por teléfono. “Recibí, además, notas pasadas por usted [Archer], que no eran ni de cerca tan coherentes como lo había sido todo el trabajo previo”, indicó Carnoy.

Carnoy, al igual que Karp, también había sido entrevistado por Haney para su evaluación. “¿Por qué no el personal de la cárcel?”, preguntó la fiscal Elise LaPunzina.

—La sorpresa—

La fiscal se tomó un rato debatiendo con Haney las condiciones de Maguire que le hacían pensar en una situación de aislamiento. ¿Las ventanas tenían vista para afuera? ¿Tenía cable la televisión? ¿No eran las llamadas telefónicas una suerte de contacto social?

Bufando ante tales preguntas, Karp prefirió el celular. Llamó su atención la portada del diario “Expreso”, que titulaba con el pedido de retirar a los fiscales Rafael Vela y José Domingo Pérez del equipo especial Lava Jato.

Del otro lado del salón, LaPunzina tenía noticias para el psicólogo. Constaba en un reporte médico que el 20 de enero Toledo visitó al psiquiatra de Maguire. “Calmado, cooperativo y bien aseado”, le dijo que no está ni ansioso ni deprimido cuando toma sus medicinas. Además, LaPunzina tenía un reporte escrito por un miembro no nombrado del personal penitenciario, que indicaba que Toledo “cambia su comportamiento cuando tiene visitas como la de usted, se pone encorvado y triste, de una forma en que no lo está en el día a día”.

“¿Ha visto usted presos que cambian su presentación según quien los ve?” preguntó LaPunzina. Haney no tuvo respuesta. Karp solo resopló.

Los testigos de la fiscalía –otros sargentos y oficiales de la cárcel– dijeron menos que aquellas revelaciones. Por lo demás, Archer insistió en que Toledo no debía seguir en prisión. Chhabria sugirió que se evaluara cambiar las condiciones actuales por custodia protegida, con mayor interacción social pero sin teléfono casi exclusivo. LaPunzina, por su parte, esgrimió que si Toledo mintió en su declaración jurada inicial, como lo ha determinado el juez Hixson, podría haberlo hecho también con Haney.

La decisión sobre la detención, tan entrampada como el proceso de extradición, requiere ahora una evidencia más: el reporte prejudicial que esclarezca, de una vez por todas, el riesgo de fuga. Solo entonces podrá comenzar el camino de regreso al Perú.

-Datos-

1. Toledo se encuentra actualmente en una celda de 3 x 3.5 metros, la más grande en la correccional de Maguire, según el sargento James Gilletti. Además, tiene acceso exclusivo a un salón más amplio, con televisor, DVD y teléfono, que solía compartir con otro reo.

2. Su compañero anterior, un expolicía acusado de violación, fue sentenciado hace dos semanas, y trasladado a otro centro penitenciario. Según Haney, era incompatible con Toledo, y un motivo más de tensión.

3. Toledo tiene recreo todos los días de 3:30 a 5 p.m. Durante este tiempo, puede acceder –siempre solo- a las otras dos áreas comunes en la unidad de vivienda protegida de Maguire. Una de ellas tiene acceso al aire libre.

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