El recientemente aprobado TLC con la Unión Europea (UE), como cada vez que se acuerda liberalizar el comercio con algún país, ha sacado a la luz los típicos argumentos en contra de estos tratados. Por ejemplo, Alejandra Alayza, de la Red Peruana por una Globalización con Equidad (RedGe), menciona que el TLC tendrá un impacto negativo al permitir que empresas extranjeras desplacen a algunos productores peruanos y que se sustituyan nuestros productos por los importados.

Estas críticas no son nuevas. Muchas personas creen que sería deseable que todos los productos se elaboraran en el país para que de esta forma las empresas peruanas siempre tuviesen qué producir y sus empleados en qué trabajar. Así, el miedo que despierta la liberalización del comercio internacional es que ponga en riesgo a la industria peruana y a sus trabajadores al enfrentarlos a empresas más competitivas.

Sin embargo, por concentrarse en un solo árbol, los críticos suelen perder de vista el bosque completo. Para empezar, hay muchos productos y servicios que pueden ser elaborados en el extranjero a menor precio y con mayor calidad. Por ello, restringir la posibilidad de que estos ingresen libremente al país significa privar a todos los ciudadanos de la posibilidad de comprar en mejores condiciones, solo para beneficiar a una industria local.

Las economía de los países, después de todo, se parece mucho a las de los hogares (de hecho, se trata de la suma de millones de ellos). Si cada familia intentara producir su propia ropa, alimentos, electrodomésticos o automóviles, sin duda, todos estaríamos empleados. Pero probablemente seríamos muy pobres, ya que nadie lograría producir todos los bienes que requiere. Por eso termina siendo más conveniente que cada individuo se especialice en producir un bien o servicio, que lo venda en el mercado y que con el dinero obtenido satisfaga el resto de sus necesidades. Con las naciones sucede algo similar: es más eficiente que las empresas de un país se concentren en producir los bienes que pueden hacer mejor y a menor costo que el resto, y que los ciudadanos adquieran los demás bienes de empresas extranjeras que tengan una ventaja comparativa en su producción.

Esto, en efecto, es lo que ya viene sucediendo en alguna medida desde antes de firmar el TLC con la UE: nosotros, principalmente, les exportábamos minerales, productos pesqueros y productos agrícolas, e importábamos bienes de capital, otras materias primas y bienes de consumo. Y con el tratado lo que se espera es que esta relación se profundice y que sean más los bienes que podamos intercambiar y en mejores términos.

Por lo demás, hay que tener en cuenta que los puestos de trabajo que se perderán en algunas industrias al no poder competir con productos importados serán reemplazados por nuevos empleos que se crearán en las industrias eficientes. Para empezar, al abrirse nuevos mercados en el extranjero, las exportadoras necesitarán más capital humano. Además, muchas empresas peruanas podrán conseguir insumos a menor costo y abaratarán su producción, lo que les permitirá ampliar sus actividades y contratar más personal. Y, finalmente, como los consumidores pagarán menos por los bienes que ahora comprarán del exterior, tendrán más dinero disponible para gastarlo en otros bienes para cuya producción será necesario contratar a más empleados.

Por último, es importante darnos cuenta de que para volver mejores a las empresas peruanas es necesario hacer que se enfrenten a mayor competencia. ¿O es que estamos dispuestos a engañarnos creyéndonos peces grandes olvidando que nadamos en un pequeño estanque? Si lo que queremos es que nuestros empresarios crezcan, se tecnifiquen e inviertan más en capacitar a su personal, tenemos que seguir enfrentándolos a la competencia mundial.

Lo que se gana con los TLC, entonces, es mucho más de lo que se pierde. Y habría que ser miope para concentrarse en un árbol marchito teniendo al frente un bosque de posibilidades.