"Si la pauta se replica este año, la votación del domingo 11 correspondiente a blanco y nulo podría estar muy cercana al 30%". (Ilustración: El Comercio)
"Si la pauta se replica este año, la votación del domingo 11 correspondiente a blanco y nulo podría estar muy cercana al 30%". (Ilustración: El Comercio)
José Carlos Requena

Analista político y socio de la consultora Público

jcrequena@yahoo.com

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A solo diez días de , la última encuesta en ser difundida (IEP, “La República”, 28/3/2021) grafica un final ajustado. Serán fundamentales las pequeñas diferencias que se logren en estos últimos días, incluyendo el desempeño en los (poblados) debates y los eventuales aciertos o tropiezos, que seguramente se verán en los próximos sondeos.

Debe resaltarse, además, el anuncio de una alta votación nula o blanca. Mauricio Saravia identifica un patrón en las dos últimas elecciones presidenciales: la intención de votar por “ninguno” en enero y marzo se traduce en votos nulos o viciados en abril (Sudaca, 29/3/2021). Si la pauta se replica este año, la votación del domingo 11 correspondiente a blanco y nulo podría estar muy cercana al 30%.

En el , las evaluaciones tienen como único referente la intención de voto por agrupaciones políticas. Si el 2016 causó gran sorpresa el peso de Fuerza Popular, fue precisamente porque se tenía poca información confiable del avance naranja en la totalidad de regiones, además de desconocer la realidad de las otras agrupaciones.

¿Qué lección quedará de esta atípica contienda, en que el entusiasmo que despiertan algunos candidatos termina siendo tan débil como efímero? Por lo pronto, pareciera que la vieja aspiración de regionalizar al país hubiera tomado un pervertido destino: no aquel de dotar de sólidos bloques regionales al Perú, sino un aterrizaje de la escena regional a la política nacional.

Es gráfico, por ejemplo, que se haya tenido que partir el debate presidencial en tres para poder tener algún intercambio al menos civilizado. Algo de ello ya se había tenido en la contienda municipal capitalina del 2018 y en las anodinas elecciones congresales del 2020. Pero el 2021 es el debut en la escena presidencial. ¿Habrá que acostumbrarse a situaciones similares en adelante?

Si sirve como antecedente, las elecciones regionales del 2018 en Arequipa tuvieron un cariz que vale la pena mirar. Fueron 19 candidatos. El abstencionismo llegó a 16,6%, mientras 22,2% del electorado votó blanco o viciado: 38,8% del electorado no eligió. La segunda vuelta fue definida por dos opciones de caudal exiguo: el primer lugar obtuvo 14,4% de los votos emitidos, mientras el segundo lugar a las justas llegó a los dos dígitos (10,2%).

Durante los sucesos de noviembre, en que la fuerte convulsión social fue reprimida con inusual dureza, un acucioso observador de la política regional comentaba en privado que lo que se vio en Lima como novedad era un patrón recurrente en las protestas en las regiones. Protesta encendida, a veces fuera de control de los dirigentes, era controlada de una manera que, inevitablemente, causaba pérdidas humanas.

Algo de ello también parece estar dándose en la escena electoral nacional, que ya graficaba Carlos Meléndez leyendo al Martín Vizcarra posdisolución en “30-S: Anatomía de una disolución”: un solitario de la política planteando patrones a la escena nacional. Hoy esos patrones están en los comicios.

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