Elecciones llenas de grasa, harina y azúcar, por E. Pasquel
Elecciones llenas de grasa, harina y azúcar, por E. Pasquel
Enrique Pasquel

Por lo menos las ocho opciones presidenciales que encabezan las encuestas ofrecen propuestas que suponen un cierto giro hacia la izquierda económica, entendiendo por esto el crecimiento del Estado y una relativa mayor presencia del mismo en la vida de los ciudadanos.

Obviamente, existen extremos en el menú. , por ejemplo, desea derogar la Constitución de 1993, tirar al tacho cualquier reminiscencia de su capítulo económico y aplicar un plan de inspiración setentera. Otros candidatos como o solo proponen modificaciones marginales a las reglas que rigen actualmente nuestra economía. Pero, en ningún caso, existe la propuesta de reducir el tamaño neto del Estado.

Basta ver los planes de gobierno para verificar lo que estoy diciendo. Eche la mano a cualquiera de ellos y encontrará un programa repleto de ideas para nuevas agencias estatales (generalmente identificadas con palabras de un idioma autóctono), creativos subsidios a la población, enormes proyectos de infraestructura estatal cuya rentabilidad social se desconoce, aumentos del sueldo mínimo, expansión de empresas estatales “estratégicas”, entre otras muchas hierbas. Algunos incluso hablan expresamente de la creación de un “estado de bienestar” a la europea. Y esto ocurre, incluso, con los programas de aquellos candidatos que la izquierda local califica de “neoliberales”.

Es cierto que la mayoría de estos planes también incluye alguna mención a la necesidad de reducir las trabas burocráticas y las regulaciones excesivamente gravosas. Pero ninguno da una pista de cuáles son las que se reducirán o cómo se logrará podar esa maleza, lo que evidencia un interés fingido por el tema o, en el mejor de los casos, un desconocimiento de cómo abordarlo. Quizá la única propuesta solitaria en este tema sea la iniciativa de PPK de reducir el IGV.

Que prácticamente ninguno de estos señores y señoras aborde seriamente el tema del crecimiento del Estado no es un problema menor. En la última década, el presupuesto público se ha triplicado. No obstante, nadie puede afirmar con sustento que la calidad de los servicios estatales y de la burocracia hoy es tres veces mejor que hace diez años. Y, en los ránkings internacionales, seguimos manteniéndonos como un ejemplo del desperdicio de recursos estatales. De acuerdo con el Reporte Global de Competitividad, por poner un caso, ocupamos el puesto 117 de 140 economías en la categoría “desperdicio del gasto público”. Y, sin embargo, nuestros candidatos proponen seguir lanzando dinero por ese hoyo.

Por supuesto, con esto no quiero decir que estoy buscando un candidato que proponga cerrarle el caño a todos los programas estatales. Por ejemplo, como correctamente apuntó el ministro Saavedra hace una semana en este mismo Diario, “hasta el más liberal y antiestado de los analistas entendería que un psicólogo por cada 5.000 alumnos no es suficiente”. Pero que haya músculos que aún debamos fortalecer no significa negar que hay mucha grasa que aún podemos reducir en el cuerpo de este lento y obeso ser que es el Estado Peruano.

En los últimos veinticinco años hemos visto que lo que funcionó para reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida de la población como nunca antes en nuestra historia fue la apertura de los mercados y la reducción del peso del gobierno. En el exterior nos llegaron a denominar “el milagro peruano”, debido a todo lo que avanzamos en un tiempo relativamente corto. Pero, progresivamente con cada gobierno, hemos ido apartándonos de ese camino y reduciendo nuestra velocidad de crecimiento. Y, ahora, todos los candidatos punteros nos proponen caminar en la dirección opuesta, en contra de lo que dicta la experiencia. Cual médico que, teniendo en frente a un paciente obeso, no tiene mejor idea que recomendarle una dieta rica en grasa, harina y azúcar.

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