"En la actualidad, no parece existir algún nivel de acercamiento o diálogo entre Ejecutivo y Legislativo. La desconfianza iniciada con Martín Vizcarra en Palacio de Gobierno ha sido sostenida por el actual gobierno de Francisco Sagasti". (Ilustración: El Comercio)
"En la actualidad, no parece existir algún nivel de acercamiento o diálogo entre Ejecutivo y Legislativo. La desconfianza iniciada con Martín Vizcarra en Palacio de Gobierno ha sido sostenida por el actual gobierno de Francisco Sagasti". (Ilustración: El Comercio)
José Carlos Requena

Analista político y socio de la consultora Público

jcrequena@yahoo.com

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Se avecina una gran fragmentación política. Con candidatos presidenciales que podrían llegar a la segunda vuelta arañando los dos dígitos y una cantidad de bancadas que difícilmente sea menor a aquella con la que se inició el actual (9), la necesidad de alcanzar algún acuerdo se hace indispensable.

A pocos días de los comicios, tal expectativa empieza a oírse con más frecuencia. Alberto Vergara resume tal expectativa de manera directa, aspirando más a contener que a proponer: no vacar (la presidencia), no disolver (el Congreso), no violar el principio de que los parlamentarios no tienen iniciativa de gasto ().

Tomando la propuesta, Juan Carlos Tafur habla de un “superpacto a partir del 28”, que tendría que ser mayor a los que sostuvieron a (los mayormente impopulares) Toledo, García y Humala: además de una correlación mínima, debería tenerse un gabinete multipartidario (). Una posición similar tiene Santiago Pedraglio, quien cree necesario un “gobierno de coalición” (). Para todo ello, vale la pena acoger la propuesta de botar (despejar, se entiende) a los “carboneros” que plantea Fernando Vivas ().

Pero propiciar pactos es algo difícil en un entorno que privilegia la estridencia del enfrentamiento. La última vez que el país logró un pacto fue tras la caída del fujimorismo. El Acuerdo Nacional, forjado tras la transición, fue fruto de aquellas conversaciones. Se ha debido actualizar posteriormente y ha caído, lamentablemente, en la intrascendencia, aludido solamente como una fórmula recurrente en alguna legislación que se pretende consensual o convocado en situaciones de emergencia que quedan en la foto para los archivos.

Más recientemente, el diálogo ha sido tratado como si fuera algo pasible de denunciarse. En la coyuntura previa al 30 de setiembre, cuando se debatía el propuesto adelanto de elecciones, el entonces primer ministro Salvador del Solar sostuvo conversaciones con representantes de la oposición, que fueron saboteadas por los sectores más radicales del oficialismo y de la propia oposición.

En la actualidad, no parece existir algún nivel de acercamiento o diálogo entre Ejecutivo y Legislativo. La desconfianza iniciada con Martín Vizcarra en Palacio de Gobierno ha sido sostenida por el actual gobierno de Francisco Sagasti, a pesar de su promisoria y poética inauguración. Solo parece interrumpirse en períodos de emergencia extrema. Por su parte, el Congreso se mueve entre la estridencia y la falta de razonabilidad que a veces imponen minorías activas.

Abraham Lincoln solía valorar el rol de la opinión pública diciendo que esta era “todo”, que con ella “nada puede fallar; sin ella, nada puede tener éxito”. Salvando las distancias, el pacto que se busca debe ser entendido de la misma manera: como un aspecto imprescindible de la convivencia democrática futura. Parafraseando la manoseada frase de Ramiro Prialé, podría decirse que “gobernar es pactar”.

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