Ha quedado a la luz el evidente fracaso de los sistemas sanitario y político que el país parece haber abandonado a su suerte, condenando a su población a una muerte a plazos. (Foto:GEC)
Ha quedado a la luz el evidente fracaso de los sistemas sanitario y político que el país parece haber abandonado a su suerte, condenando a su población a una muerte a plazos. (Foto:GEC)
José Carlos Requena

Analista político

Mientras el país sigue forzosamente parado, la continúa su devastador avance. Frente a este, se presenta, imperturbable, una lamentable constatación: el peso de todas las tareas largamente postergadas.

Sin duda, la principal es el abandono material en el que se ha hallado la salud, lo que contrasta con la calidad profesional del grueso del personal médico. La Comisión de Protección Social, que emitió su informe en el 2017, indicaba que el sistema de salud peruano se caracteriza, entre otros aspectos, por “una asignación insuficiente e ineficiente de financiamiento por parte del Estado”. La situación no ha variado desde entonces.

Al declarar el 2020 como Año de la Universalización de la Salud, la gestión de quiso enfrentar el abandono presupuestario con un gesto audaz, si se consideran los factores estructurales existentes. Como cruel ironía, en el 2020 lo que se ha universalizado en el país es el impacto de una pandemia.

Acompañó la audacia con nombramientos que no parecían estar a la altura de los objetivos planteados. El reciente y plural reclutamiento –remunerado o ad honórem– de autoridades pasadas parece querer contrarrestar el frente político, pero hace poco por atender la emergencia en sí.

Cierto es que muchas cabezas piensan mejor que una, pero es necesario dotar de poder real ante la pandemia. Por ejemplo, el acertado nombramiento de Pilar Mazzetti para liderar un comando de operaciones contra el debería tener correlato en la disposición real de todos los centros de salud del país a seguir su liderazgo.

Si en el frente sanitario el panorama no es alentador, en el frente político el liderazgo se ve poblado por actores que hacen primar egos e intereses particulares, y tienen como eje aquel manoseado aforismo de “Poder que no se usa se desprestigia”. ¿Cómo explicar de otra manera la irresponsable tozudez del Parlamento por sostener reuniones presenciales en medio de la pandemia? ¿O el rol de alcaldes, gobernadores o directores de diversos organismos buscando figuración a la hora de atender la desgracia?

La noche del Viernes Santo, al ser preguntado sobre el protocolo que se seguiría cuando los fallecimientos se incrementen, el ministro de Salud, , graficaba con crudeza el pavoroso panorama que se viene: “Un grupo va a morir en el hospital; otro, en la calle, en albergues o en sus casas” (RPP, 10/4/2020).

Al hacerlo, ilustraba también el evidente fracaso de los sistemas sanitario y político que el país parece haber abandonado a su suerte, condenando a su población a una muerte a plazos.

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