"Uno de sus componentes era un afiche que rezaba: “La victoria está en la cocina”, en referencia a cómo la capacidad de las familias para adaptar su alimentación y resistir la escasez iba a ayudar al Gobierno a ganar la guerra". (Foto: Museo Imperial de Guerra del Reino Unido)
"Uno de sus componentes era un afiche que rezaba: “La victoria está en la cocina”, en referencia a cómo la capacidad de las familias para adaptar su alimentación y resistir la escasez iba a ayudar al Gobierno a ganar la guerra". (Foto: Museo Imperial de Guerra del Reino Unido)
María Alejandra Campos

Durante la , la escasez de comida en Europa se volvió parte de la nueva normalidad en la que tuvo que acostumbrarse a vivir la población.

En esa coyuntura, el Gobierno Británico se vio obligado a racionalizar la comida, entregando cupones y limitando la venta por familia.

Como complemento a esta medida, se lanzaron diversas campañas comunicacionales para ayudar a los ciudadanos a adaptarse a esa dura realidad. Uno de sus componentes era un afiche que rezaba: “La victoria está en la cocina”, en referencia a cómo la capacidad de las familias para adaptar su alimentación y resistir la escasez iba a ayudar al Gobierno a ganar la guerra.

Una guerra mundial y la pandemia del tienen una cosa en común: para vencer se requiere cambiar de hábitos. Cosas tan sencillas como lavarse las manos, mantener un par de metros de distancia de otras personas o salir a comprar solo una vez por semana serán claves para poder retomar la vida luego de la cuarentena.

Sin embargo, lograr que la población cambie de comportamiento no es una tarea sencilla. Por un lado, cada uno tiene las costumbres que tiene por alguna buena razón. Por ejemplo, las personas no salen a comprar todos los días solo para pasear, lo hacen porque muchos reciben ingresos diarios y no tienen capacidad de hacer grandes mercados.

Por otro, se requiere un buen argumento para decidir hacer las cosas de una manera distinta, pues sin información suficiente, es posible que la persona en cuestión esté convencida de que la manera en la que se maneja no tiene nada de malo. Basta con ver algunas de las personas entrevistadas en los medios de comunicación para saber que no todos –muchas veces ni los mismos periodistas– tienen claro para qué sirve una mascarilla.

Finalmente, se requiere mucha insistencia para modificar un comportamiento instalado. Algo tan natural como tocarse la cara no va a dejar de ocurrir porque algún funcionario lo menciona de vez en cuando en un canal de cable.

Hasta ahora el Gobierno ha optado por dos estrategias para conseguir que la población modifique su comportamiento en el contexto del coronavirus. Una es la del presidente como vocero del Gobierno casi todos los días en todos los medios de comunicación. La otra es la de las medidas restrictivas: policía, militares y ahora multas, que buscan evitar que la gente salga de sus casas sin ningún motivo.

Sin embargo, falta una zanahoria entre tanto palo. Sin una comunicación proactiva del Gobierno enfocada en el cambio de comportamiento de la ciudadanía, salir de la cuarentena se hace inviable.

Imaginen el 27 de abril: las calles repletas, las personas tocando metales, plásticos y papeles sin desinfectar; los buses llenos, los mercados repletos. ¿Cuánto tiempo tomaría el coronavirus en repuntar en la curva en ese terreno fértil?

Desde la Primera Guerra Mundial hasta hoy, la ciencia ha hecho grandes avances en el estudio del comportamiento humano. De hecho, la economía del comportamiento es una disciplina que no existía hace cien años y hoy es sumamente relevante. Tal vez sería bueno que el Gobierno eche mano de un poco de ese conocimiento para complementar el trabajo que realiza hasta ahora.

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