No solo se trata entonces de considerar escenarios con un Castillo moderado o uno radical. Igual de importante será el comportamiento de la oposición. (Foto: GEC)
No solo se trata entonces de considerar escenarios con un Castillo moderado o uno radical. Igual de importante será el comportamiento de la oposición. (Foto: GEC)
Omar Awapara

Director de la carrera de Ciencias Políticas de la UPC

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Desde las semanas previas a la segunda vuelta, y con mayor razón estos días, el análisis prospectivo sobre un eventual gobierno de partía de dos posibles escenarios, en función del ímpetu que mostrara en sacudir el statu quo. Del ideario original de , de la pluma de Vladimir Cerrón, surge el Castillo radical, mientras que del compromiso firmado con y la incorporación de figuras como Pedro Francke, surgiría un Castillo moderado.

No obstante, si algo hemos aprendido de nuestra experiencia reciente, pero también de la historia de otros caudillos en la región, es que se necesitan dos para bailar un tango y que los bríos de la oposición son igual de importantes para anticipar el rumbo que un futuro gobierno pueda tener.

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Incluso sin las hasta ahora sustentadas y peligrosas acusaciones de fraude que se vienen deslizando desde el lunes posterior a las elecciones, la oposición fujimorista en el 2016 fue desleal y prepotente, desde el primer día. Es cierto que hubo un discurso de concesión, tan solo una semana después de la elección (y con actas aún por resolver), pero entonces adujo que los resultados eran “confusos”, cobijada bajo una narrativa similar a la actual (incluyendo la presencia de actores extranjeros manipulando el proceso, como la supuesta visita de la funcionaria venezolana Tibisay Lucena en aquella ocasión). El propio 28 de julio del 2016, la bancada fujimorista hacía vivas por “Keiko presidenta” tras el discurso de PPK en el Congreso, dejando en claro el mensaje de su lideresa cuando dijo que “en estos cinco años se sentirá aún más la presencia política de nuestro partido”. Y vaya que se sintió.

En ese sentido, aunque la bancada fujimorista no tenga la mayoría en esta ocasión, sí hay un grupo importante de congresistas de Avanza País y Renovación Nacional que comulga con su discurso, en el que se exige a las autoridades electorales cumplir ciertos procedimientos como condición para dotar de legitimidad al proceso. Hasta ahora, el Congreso parece reflejar mejor una composición en línea con lo vivido en el 2016.

Desconocer los resultados o hacer un reconocimiento fáctico del triunfo del rival abre una vía extrainstitucional por la cual la oposición puede terminar jugando en pared para que un presidente elegido en las urnas transforme la democracia en dictadura. Como lo ha demostrado la politóloga Laura Gamboa en un conocido artículo, ante intentos similares de Hugo Chávez y Álvaro Uribe por socavar la democracia desde dentro, solo el primero triunfó, mientras que el segundo fracasó en su intento de alcanzar una tercera e ilegal reelección ante el peso de unas cortes constitucionales fuertes e independientes. La diferencia en ambos casos fue la respuesta de la oposición.

Con estos precedentes, no solo se trata entonces de considerar escenarios con un Castillo moderado o uno radical. Igual de importante será el comportamiento de la oposición. Las disputas internas entre Castillo y Cerrón estarán influenciadas por la respuesta que puedan esperar de la oposición. No hablemos ya de autoridad moral, sino simplemente de recursos y estrategias institucionales que puedan permitir a la oposición enfrentar a un potencial autócrata. Si repetimos dinámicas del pasado, o de países vecinos, le estaríamos extendiendo una alfombra roja a quien intente erosionar la democracia desde el poder.

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Jorge Luis Salas Arenas, presidente del JNE, rechazó que se hable de fraude en las decisiones del ente electoral. (Fuente: JNE)
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