Martín Vizcarra no planea hacer cambios en el Gabinete antes de la confianza. Ha demostrado que está cómodo con lo que tiene y que los ministros fusibles no son un problema para él. (Foto: GEC)
Martín Vizcarra no planea hacer cambios en el Gabinete antes de la confianza. Ha demostrado que está cómodo con lo que tiene y que los ministros fusibles no son un problema para él. (Foto: GEC)
Eduardo  Dargent

Politólogo, PUCP

Va quedando claro que el pedido de confianza del Gabinete no será un trámite ni un paseo. Hace unos meses, con un Ejecutivo triunfador, este escenario parecía irreal. Ahora se viene una sesión dura, donde políticos que debutan buscarán aprovechar las cámaras para posicionarse ante la opinión pública. Tienen muy poco tiempo para marcar una diferencia que les dé cierta visibilidad y la forma más fácil de lograrlo es golpear a un Gabinete que se percibe desordenado y con varios errores a cuestas.

ha roto la dinámica postransición de presidentes y gabinetes similarmente impopulares. Si bien las cifras de los ministros no son todas malas, hay una buena distancia entre sus números y los del presidente. No vemos un contagio de popularidad, como sí sucede en otros países en que el líder levanta a su gobierno. Una cosa es Vizcarra y su teflón; otra, sus ministros, varios chamuscados.

Una revolcada pública a ministros impopulares no necesariamente se asociará ya con obstruccionismo al Gobierno. El fujimorismo está diezmado y este no carga con la antipatía de los Becerril y las Vilcatoma. Los congresistas tienen los incentivos para golpear y sospecho que la población, según las evaluaciones que se recogen en las encuestas, disfrutará del espectáculo. Negar la confianza probablemente sí rompería ese límite, pero un Congreso que pecha parece ser la actitud que esperan las tribunas.

¿Pudo evitar este escenario el Ejecutivo? Creo que sí, pero eso requería algo que el presidente no ha mostrado en este tiempo: capacidad de construir una visión de gobierno y rodearse de figuras de peso que la implementen. Martín Vizcarra ha sido muy astuto para voltearle el juego a una mayoría parlamentaria agresiva y autosuficiente. Nadie le negará ese mérito. Pero no ha sido capaz de construir un mensaje político de cambio y mejora del Estado. Una dirección con un Gabinete de interés nacional.

Es decir, no ha aprovechado las oportunidades que ganó con su astucia. Desconfiado, prefirió en la mayoría de casos jugar a lo conocido. No utilizó los picos de popularidad para relanzar su gobierno. Si bien al inicio era difícil conseguir ministros por miedo a la aplanadora naranja, esa excusa se acabó después del 28 de julio del 2018. Hoy es claro que es una decisión, los casos distintos, que los hay, son la excepción.

Concuerdo con Mirko Lauer en que ya es muy tarde para hacer cambios y relanzar el Gabinete antes de la confianza. No creo, por todo lo dicho, que Vizcarra quiera hacerlo. Ha demostrado que está cómodo con lo que tiene y que los ministros fusibles no son un problema para él. Difícilmente veremos cambio de estilo en el Gobierno, pasado julio ya estaremos en campaña electoral para el 2021 y hablaremos poco de este.

En lo que sí podemos contribuir desde las tribunas es en promover que las demandas y críticas del Congreso vayan encaminadas hacia temas sensatos donde el Gobierno necesita mayor reacción. Un Congreso sin agenda clara es un peligro, pero también una oportunidad si desde otros espacios (prensa, sociedad civil, academia) se construyen ciertas urgencias y consensos. Difícil, pero hay que intentarlo para no perder el año en debates estériles.

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