(Ilustración: Giovanni Tazza/ El Comercio)
(Ilustración: Giovanni Tazza/ El Comercio)
Fernando Vivas

Columnista, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Este es el escalafón de la política limeña: de regidor se salta a alcalde de distrito (o a congresista o a ministro), de ahí a alcalde de la (MML) y de ahí viene el gran salto de la rana hasta la Presidencia de la República. Nadie está obligado a seguir el escalafón, tampoco a abandonarlo. ¿Pero es leal a su cargo de alcalde quien lo ostenta anhelando ser presidente? ¿Acaso esa magna ambición no afectará su agenda y sus esfuerzos en la causa para la que se lo eligió?

La historia limeña, desde 1964, cuando la alcaldía se decidió por sufragio universal (hasta entonces fue designación del Gobierno Central o fruto de un sufragio muy segmentario), ha resuelto dramáticamente ese par de preguntas: el alcalde metropolitano que siguió con la viada ascendente –porque tuvo éxito en su gestión y porque demostró que, en todo caso, el afán presidencial no fue una razón de distracción, sino motivo de doble empeño– no llega, no la hace.

Vea estos cinco ejemplos de popularísimos alcaldes: Luis Bedoya Reyes, Alfonso Barrantes, Ricardo Belmont, Alberto Andrade y Luis Castañeda Lossio quisieron, pero no pudieron. Bedoya, el primer y exitoso alcalde elegido por todos y todas los limeños (las mujeres recién votaron a partir de 1956 ), quedó tercero las dos veces que postuló a la presidencia, en 1980 y 1985. Había sido ministro del primer gobierno de Belaunde y fundador de un partido nacional, el PPC, mientras postulaba a su segundo y exitoso mandato. O sea, tenía las credenciales de obra (el zanjón), de partido y de carisma para postular, pero fue sobrepasado por Fernando Belaunde y por el aprista Armando Villanueva.

Alfonso Barrantes estuvo más cerca que Bedoya, pues llegó, raspando, a la segunda vuelta con Alan García en 1985. Ante la perspectiva de una abrumadora votación y coalición ‘proalanista’, renunció para ahorrar al país el costo de una elección inútil. Volvió a acabar su período municipal.

El tercer caso es el de Ricardo Belmont, dos veces alcalde, entre 1990 y 1995, cuando se lanzó para presidente en una campaña en la que Fujimori arrasó en primera vuelta. Quedó en quinto lugar detrás del ‘Chino’, de Javier Pérez de Cuéllar, de Mercedes Cabanillas y de Alejandro Toledo. El cuarto caso es el de Alberto Andrade, quien mantuvo su popularidad a pesar de la enemistad con el gobierno fujimorista (circunstancia fatal para cualquier alcalde, pues del Ejecutivo dependen grandes obras) y fue licuado en las urnas en el 2000.

Castañeda también fue licuado junto a Andrade en su primera intentona presidencial en el 2000. Luego tuvo un doble mandato de alcalde, del 2003 al 2009, con niveles envidiables de aprobación mientras el staff de la política tradicional se venía abajo. Sin embargo, al apostar su fama municipal limeña en las presidenciales del 2011 tuvo tristes resultados. Se resignó a volver a Lima tras el ‘intermezzo’ de Susana Villarán. La debacle de la primera mujer elegida en la MML y casi revocada permitió a Castañeda el retorno que sí le fue negado al histórico Bedoya cuando, fracasadas sus dos intentonas presidenciales, quiso volver al redil en 1987.

Conclusión preliminar: Lima acoge el afán nacional –Barrantes era de San Miguel de Pallaques en Cajamarca; Castañeda es chiclayano e hijo de un ex alcalde de Chiclayo–, pero el electorado regional, esas dos terceras partes y razones para vencer o morir, quizá no percibe que la credencial capitalina convenga a sus intereses. El éxito en la Lima de todas las sangres y regiones mezcladas no se tiene, irónicamente, por garantía de representación nacional. El estigma centralista marcó a los mejores alcaldes limeños cuando quisieron dar el gran brinco a Palacio. Y si Barrantes fue el que más votos obtuvo de entre los cinco afanosos, es probable que a eso ayudaran su extracción pueblerina y la promoción que dio, durante su gestión, a las expresiones culturales de los migrantes en el Cercado.

—Pero los hubo—
Las excepciones a esa dramática regla son anteriores al sufragio de la Lima vasta y plural. Guillermo Billinghurst dejó la Alcaldía de Lima en 1912 para postular y ganar la presidencia en una época donde gestos populistas como los suyos, saneando algunas quintas de obreros y regulando precios de víveres emblemáticos, eran sinónimo de modernidad.

Antes de Billinghurst, Lizardo Montero había sido alcalde por poco tiempo en 1879 y fue presidente provisional durante la ocupación chilena, entre 1881 y 1883. Y Manuel Candamo, alcalde interino entre 1876 y 1879, fue presidente entre 1903 y 1904. Para empezar con la cronología y a la vez cerrar la cuenta, Manuel Pardo y Lavalle, el fundador del civilismo, fue alcalde de Lima entre 1869 y 1870. Lo eligió la llamada Junta de los 100, expresión de las extremas restricciones con las que por entonces se elegía al alcalde. Fue el primer civil en llegar a la presidencia en 1872, en arreglo a la Constitución.

—No fue el caso—
En cambio, Eduardo Orrego, alcalde por Acción Popular (AP) de 1980 a 1984, y Jorge del Castillo, del Apra, entre 1987 y 1990, se comieron sus afanes presidenciales, si los tuvieron. Por una sencilla razón: eran hombres de partido y, al haber obtenido el gran cargo de alcalde de Lima con el empuje de su organización, debían resignarse a que otros tomaran el podio de la ambición mayor. AP lanzó a Javier Alva Orlandini en 1985 y en 1990 se plegó al Fredemo, que postuló a Mario Vargas Llosa. En esa plancha, Orrego, eso sí, fue candidato a la primera vicepresidencia. Del Castillo, como otros apristas, se subordinó al retorno y reinvención de Alan García.

Existen los casos inversos de candidatos presidenciales que, frustrada su aspiración máxima, vieron en Lima un consuelo. Lourdes Flores, tras sus dos derrotas en la liga máxima, perdió por muy poco el chance limeño en el 2010 ante Susana Villarán, quien curiosamente había sido, sin fanfarria ni ilusiones, candidata presidencial en el 2006. Bajó la ambición, aumentó empeño y suerte, y ganó. Sin embargo, le espera un triste desenlace judicializado.

Por supuesto, hay casos de doble ambición frustrada que siguieron el escalafón sin pisar peldaños. Alfredo Barnechea candidateó por el Apra para Lima en 1983 y perdió ante Barrantes. Tardó quinquenios hasta cuajar, con otro partido, AP, la candidatura mayor.

Esta contienda valida el escalafón. Hay ex alcaldes distritales como Jorge Muñoz, Manuel Velarde, Roberto Gómez Baca y Enrique Ocrospoma que quieren dar el natural salto a la MML. Están Daniel Urresti, ex ministro y ex candidato presidencial nacionalista retirado de la lid el 2016, y Enrique Cornejo, ex ministro, que buscan un salto más pequeño, pues de lo que fueron a la MML no hay tanto trote . Y está Belmont, que ya pregonó que se lanzará al 2021.

El caso de Reggiardo es el súmmum de ambiciones cruzadas. Fue congresista fujimorista en el 2006, en el 2011 postuló por Solidaridad, el partido de Castañeda. Renunció a esa bancada y trabajó una candidatura presidencial en el 2016, a la que renunció tempranamente. Inseguridades y grandes ambiciones están a la orden del día y de Lima.