Czar Gutiérrez

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El viento barre el desierto formando médanos suaves y uniformes en un diálogo que la granulometría entiende, la velocidad de obturación mide y el sensor de imagen congela para la posteridad. En la otra foto tampoco hay carros ni transeúntes: las calles vacías, los vidrios reflejando bloques de cemento inerte, el tiempo paralizado sin piedad sobre esa grúa estacionada, esa oficina sin oficinistas y ese marco de ventana donde los días se repiten con pasmosa exactitud. Igual que en Matera, ese pueblito italiano del sur que no solo ya era una postal en sí misma debido a sus casas hechas con piedra caliza en pie desde hace 9 mil años sino porque fotografiarla en tiempos de pandemia era obtener la representación exacta del silencio y del miedo.

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Estas son solo un puñado de imágenes que el ojo avizor apostado tras el obturador fue capturando desde el encierro inapelable que supuso la pandemia. Apacibles paisajes de agua en el archipiélago de Chiloé, inmóviles molinos de viento hacia el sur de Inglaterra, el diálogo silente de una roca frente a la ciclópea monumentalidad de los apus en Ollaytaytambo. Un entramado de raíces arbóreas en Concepción, una súbita isla que aparece sobre el mar de Totoritas, algunos viandantes fantasmales sobre la Costa Verde del Callao. Cuando todos estábamos confinados en nuestros hogares, el cielo se hizo más claro que de costumbre. La insólita lentitud del tiempo. Y junto a esa inédita tranquilidad, algunos detalles de la vida que nunca vimos porque estábamos pasando por ella con exceso de velocidad.

Taller y mecánica

Luis Enrique Ishikawa (Lima, 1982), artista visual egresado del Centro de la Imagen y master latinoamericano en fotografía contemporánea, estaba sumido más o menos en el mismo sistema de contemplación cuando se decretó la inmovilidad general. Entonces se puso a revisar sus archivos. Y, con todo el tiempo a su favor, decidió entrar en contacto por WhatsApp con sus alumnos, exalumnos, compañeros de estudios, colegas de exposiciones y amigos que había encontrado en el mundo de la fotografía. Entonces decidió extender una red que los nucleara. Con tanto éxito que, de pronto, ese grupo se había convertido en todo un sistema fotográfico: estudiantes, críticos, curadores, coleccionistas y aficionados que habían encontrado en la fotografía un invaluable medio de expresión.

“A raíz de eso comenzamos a reunirnos todos los viernes en la noche por WhatsApp. Empezamos por invitar a amigos de todo el mundo para que muestren y compartan sus trabajos, de manera que no solo salían del encierro sino que podían conocer a muchos otros adeptos a lo mismo. Así llegamos a tener un calendario previamente establecido. Cada viernes teníamos un invitado, en un archivo se ponían los trabajos de muchos chicos que habían dejado de estudiar artes visuales y en el grupo podían seguir aprendiendo, además de contar con la valiosa opinión de connotados críticos y curadores que en otras circunstancias resultarían inalcanzables. Inclusive una fotógrafa chilena que expuso su obra antes de presentarla como su tesis de maestría”, dice Ishikawa.

Fue así como se formó Terapia Fotográfica, una comunidad compuesta por 400 artistas de la imagen procedentes de 15 países del mundo. La mecánica es sencilla y el dialogo horizontal: mientras alguien expone, el micro está abierto para la recepción de preguntas. Así que cada reunión se convierte en un taller en vivo donde ocurren desde revisiones de portafolio hasta preguntas sobre la profundidad de campo, la velocidad de obturación y cómo evitar el desenfoque de movimiento. Ganadores de Word Press Photo o del Reina Sofía, curadores de primer orden y fotógrafos reconocidos funcionan como nexo entre estudiantes y no iniciados. Y con diez meses de ejercicio calendarizado, su primera exposición internacional cayó de madura.

Nodo emocional

Así las cosas, 32 artistas latinoamericanos se disponen a convertir los muros del Hospital Larco Herrera —ubicados en la avenida del Ejército de Magdalena— en una gigantesca galería fotográfica al aire libre con imágenes que fluctúan entre dos y cuatro metros de superficie. Códigos QR guiarán a los visitantes hacia espacios virtuales de información biográfica y reseñas de las fotografías expuestas. El intercambio de conocimientos, el crecimiento horizontal y el constante desarrollo intelectual en torno a la fotografía y su ecosistema creativo convertirán a “Terapia Fotográfica Anticovid-19” un espacio de diálogo con los “Muros de la Bondad”, la colorida muestra de arte pictórico que ilumina los muros adyacentes del Puericultorio Pérez Araníbar.

Por no hablar de la potencia y eficacia que alberga la imagen fotográfica en la mejora y sanación de los trastornos mentales. Está comprobado: nada mejor que la imagen y su capacidad para conectar con el yo profundo y el subconsciente del ser humano especialmente dañado por demencia, amnesia, angustia y otras depresiones reactivas. Conceptos como fototerapia, fotoproyección, fotología y fotolenguaje estudian el nodo emocional que establece la fotografía con el subconsciente. Será en ese encuentro entre el pasado remoto y doloroso con el yo actual que se abran las puertas para el uso de la fotografía más allá del entretenimiento cultural: como una herramienta para profundizar vivencias pretéritas, reelaborarlas y reinterpretarlas en procesos psicoterapéuticos.

Dato

Inauguración: domingo 20 de diciembre.

Hora: 11 a.m.

Lugar: Puericultorio Pérez Araníbar.

Distrito: Magdalena.

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