Oscar García

Redactor en la revista Somos

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Hace años, el trabajador del campo tenía una forma sencilla de anticiparse a los eventos climáticos: miraba el calendario y listo. Ese trozo de papel le permitía al campesino alistarse para las temporadas de lluvia, estiaje o las heladas. Todo eso ha cambiado en una generación. “No sabemos cuándo cosechar o sembrar. Ya no nos fijamos en el calendario, ahora solo miramos el cielo y rezamos”. Las palabras son de Samuel Luna, un campesino de Ocongate (Cusco) que un martes de mayo del año pasado vio sus cultivos destrozados por una severa granizada que llegó, como toda ahora, fuera de tiempo.

La semana pasada, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, retiró a su país del Acuerdo de París, la más grande iniciativa mundial para reducir las emisiones de carbono, causantes del calentamiento global. El acuerdo es tan abarcante y la realidad que combate tan urgente que hasta Israel y Palestina se han dado un abrazo simbólico, en pos de un mismo norte. También ha despertado la poco conocida sensatez de Kim Jong-un, líder de Corea del Norte, ese mismo que el ingenio de los tabloides peruanos ha bautizado como ‘el chino loco’, que se ha encargado de que su país sea parte del tratado, marcando así una distancia con ‘el gringo loco’.

A 3.500 metros de altura, ajena a este ajedrez geopolítico, Brígida Huallpa (49) está convencida de que el calentamiento es real. “Cuando era una niña, el nevado Ausangate estaba mucho más blanco, ahora apenas tiene nieve [...]. El cambio climático nos afecta a todos. Ahora no podemos producir chuño porque nos cae la helada, también llueve cuando no debe y hace sol cuando necesitamos lluvia. Estamos preocupados”. Brígida se levanta todos los días a las cinco de la mañana para dar consejos a 32 familias de la comunidad de Lahua Lahua sobre cómo adaptarse a los cambios del clima. Siente que es su misión. Les enseña a conservar la avena con técnicas antiguas. En su comunidad es respetada y la llaman yachachiq, una palabra quechua que designa a aquellos que saben algún conocimiento y lo comparten con el resto. Son como modernos superhéroes, porque lo hacen con desprendimiento y gratis.

Otro de ellos es Teodoro Ccolqque (47), llamado el yachachiq de las praderas, porque es común verlo recorrer extensas porciones de terrenos cercanos al Ausangate en su moto Fortte de 150 centímetros cúbicos. Ccolqque les ha enseñado a 117 familias a ‘sembrar y cosechar agua’. La técnica suena rara pero es posible y les permite guardar este elemento bajo suelo para que luego aflore como manantiales que bañen la tierra y los prepare para lo periodos de escasez, cada vez más caprichosos. “El calentamiento global es verdad: los bofedales se secan y no queda otra que adaptarnos”, advierte.

Los testimonios señalados de Samuel Luna, Brígida Huallpa y Samuel Ccolqque están recogidos en el libro Yachay Ruwanapaq (2017), que resume el trabajo de capacitación a campesinos de zonas empobrecidas del proyecto Haku Wiñay/Noa Jayatai, que en quechua y shipibo significa ‘vamos a crecer’. Este fue hecho por el Programa de Adaptación al Cambio Climático (PACC-Perú), una cooperación entre el Ministerio del Ambiente y la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación (Cosude), en coordinación con el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social.

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